La quiebra de FTX y la urgencia de gobierno corporativo en las cripto

Afortunadamente, la plataforma de Bankam-Fried hoy no es Lehman Brothers en 2008, pero constituye un pésimo ejemplo de gobernanza

Show me the money!”, gritaba Tom Cruise interpretando a Jerry Maguire en la famosa escena de la película del mismo título. De manera parecida, un millón de clientes de FTX, la quebrada plataforma de intercambio de criptomonedas, preguntan dónde está su dinero, invertido en el que fue niño bonito de Silicon Valley, Sam Bankman-Fried (SBF) –con sede en Bahamas– y hoy es villano por hacer tambalearse uno de los negocios emergentes de la nueva economía de la digitalización: blockchain y las criptomonedas. Blockchain, la infraestructura tecnológica, no se ha visto afectada, pero las plataformas de cripto-trading sí, y mucho.

Unos 50 acreedores, todos ellos inversores institucionales, exigen 3.000 millones de dólares a FTX, a su Trading Sister Company Alameda y al chaval que ha generado la bancarrota más grande del negocio cripto, cuyo emporio de 32.000 millones de dólares en criptoactivos, se esfumó como Houdini en noviembre.

“Show me the money!” gritan un millón de clientes no asegurados por falta de regulación. ¿Dónde están los 32.000 millones? ¿Y los 58.000 millones de colateral? WSJ, Blomberg, Reuter y las agencias de rating Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch ignoran dónde está el dinero y los clientes temen que jamás lo recuperarán. ¿Cómo es posible que se venga abajo un negocio tan prometedor, en manos del segundo mayor donante al Partido Demócrata, tras George Soros? Aunque SBF tiene una imagen mejorable (siempre en shorts y camiseta), su formación en MIT, sus padres, profesores de Derecho en Stanford ,y su relación con docenas de políticos y ex reguladores del sistema financiero, de la época de Obama, parecían darle un aire de respetabilidad. Esta se ha esfumado, como el beso al aire que Maxime Waters, congresista demócrata, le lanzó recientemente en el Capitolio.

FTX y su trading fund Alameda Research perdían dinero desde su nacimiento. El Departamento de Justicia, la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC), la Comisión Federal de Comercio (FTC), la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), los juzgados de Delaware (donde se presentó la bancarrota) y las autoridades de Bahamas, donde la compañía tiene su sede, están investigando para saber qué ha pasado. El juzgado de Delaware se vio desbordado ante la aglomeración de cientos de entidades que forman FTX, donde no se sabe qué pertenece a quién. Los fiscales del Departamento de Justicia investigan el colapso, pero, ante la falta de regulación de las cripto, tampoco se sabe a quién corresponde investigar y qué investigar.

Mientras, se ha producido el efecto contagio en el sector: el pasado lunes 21 de noviembre, Moody’s advirtió de que consideraba bajar la calificación de Coinbase, otra plataforma de intercambio de criptomonedas. Y habló de “crecientes problemas para todas las firmas que operan en el sector: fuerte reducción del volumen de negociación de cripto y huida de clientes”. Como cnsecuencia, las empresas se depreciaron rápidamente: BlockFi, Galaxy Digital, Genesis, Gemini, Voyager…

Afortunadamente, el riesgo está acotado al mundo cripto y no afectará ni al sistema financiero ni a la economía americanos. En otras palabras, FTX hoy no es Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008, cuya caída provocó un efecto dominó que derivó en la Gran Recesión. No, FTX no es una entidad financiera “too big to fail”. Pero sí es un muy mal ejemplo de gobernanza y gobierno corporativo. John J. Ray III –nombrado CEO de FTX cuando la compañía se acogió al capítulo 11 de la Ley de Quiebras– dijo que FTX sufrió “un fallo completo de controles corporativos que culminaron en una debacle sin precedentes”. Ray tiene mucha autoridad, porque ha gestionado las mayores bancarrotas de EEUU, entre ellas, en 2001, el famoso hundimiento de la energética Enron.

El legislador estadounidense sugiere abiertamente la posible comisión de delitos (fraude, robo, etc) y el Senado ha convocado al fundador de FTX (aparentemente ha perdido su fortuna de 26.000 millones de dólares, por lo que se declara insolvente) a Washington, para que dé explicaciones. Porque, de lo poco que se sabe que hizo Sam Bankman-Fried con el dinero, es que prometió una fortuna para obras de caridad a ONG concretas; donó millones a campañas electorales demócratas; compró propiedades de lujo en Bahamas por 300 millones de dólares y regaló una vivienda de lujo a sus padres en Bahamas por 121 millones…; hoy se sabe que, para hacer esas compras, SBF utilizó el dinero de sus clientes y no el suyo propio. Es lo que Michael Douglas, en la película Wall Street, de Oliver Stone, denomina moral hazard, aunque la expresión tenga otros significados adicionales, ningún positivo.

Deportistas famosos, como Tom Brady o Stephen Curry y otras celebrities están siendo investigadas por haber promocionado FTX violando presuntamente la ley. SBF eligió Bahamas como sede para FTX por su laxitud y manga ancha en su trato con entidades financieras. La gracia del asunto es que Sam Bankman-Fried compraba y especulaba con dólares en beneficio propio, pero los activos (desaparecidos) de los clientes eran criptos…, lo que lleva a preguntarse si se ha producido un efecto contagio a las criptomonedas, pero no: Bitcoin, Ethereum, Binance, Solana, Tether, apenas han sido afectadas por la bancarrota de FTX. ¿Por qué? Por estar apoyadas por poderosos padrinos, como Cathie Wood, CEO de ARK Investment Management, quien, cuando quebró FTX, reiteró públicamente su “fe en los criptoactivos”.

Jorge Díaz Cardiel es Socio de Advice Strategic Consultants y autor de ‘Digitalización y Éxito Empresarial’