Los límites del crecimiento económico: lo que hemos aprendido en 50 años

Medio siglo después del informe del Club de Roma, es indudable que el problema ambiental tiene una base económica, pero también de justicia social

Este año se cumple el cincuenta aniversario de la publicación por el Club de Roma de un informe interdisciplinar fundamental: The limits of the growth (Los límites el crecimiento), elaborado por el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts. Dicho informe ponía a los dirigentes del planeta en guardia sobre las consecuencias de un crecimiento económico ilimitado. En el Informe del Club de Roma se consideraron cinco variables: el crecimiento de la población, la producción de alimentos, la industrialización, el agotamiento de los recursos naturales y la contaminación, se analizaron, a partir de complejos modelos matemáticos, las interacciones de estas variables entre sí y se proyectaron hacia el futuro de cada una de ellas.

Las conclusiones eran tan controvertidas como preocupantes: de mantenerse de forma sostenida el aumento de la población mundial y los niveles de industrialización entonces vigentes, el mundo colapsaría antes de los próximos cien años (ya han pasado 50). Sin embargo, también abría la puerta a la posibilidad de modificar esas tendencias, estableciendo condiciones de estabilidad ecológica y económica que harían posible la satisfacción de las necesidades de toda la población en el mundo.

La población mundial cuando se redactaba el aquel trascendental informe era de 3.700 millones de habitantes, actualmente sobrepasamos los 8.000, si bien el crecimiento natural ha pasado del 2%, al 0,9%. El mundo en 1972 se hallaba en el año previo a la gran crisis del petróleo de 1973 y hoy podríamos estar a las puertas de una nueva crisis económica, energética y ambiental, agravada por la guerra en Ucrania. El mundo crecía económicamente, en 1972, un ritmo del 4% anual; en el año 2020 experimentó un decrecimiento del -3 % y en el año anterior había sido del -2,6 %.

En la actualidad, 50 años después, puede afirmarse que aquel ambicioso trabajo interdisciplinar no sirvió para alcanzar los objetivos que con él se perseguían, pues el impacto y la presión sobre medio ambiente son mucho mayores y las teorías e ideologías construidas alrededor del objetivo de crecimiento económico parecen asumidas, al tiempo que han salido a la luz las profundas y crecientes desigualdades socioeconómicas y territoriales.

Conocemos, asimismo, que el crecimiento del PIB no es el mejor instrumento para medir el desarrollo y hemos constatado, además, que muchos países en desarrollo su crecimiento económico no ha ido acompañado de desarrollo social.

También, de entonces a hoy, hemos aprendido a medir. Unos pocos datos: según el Banco Mundial, la actividad humana hace que en el mundo emita casi 50 millones de Kt. de gases de efecto invernadero. China aparece como la nación que más contamina con el 30% de esa cifra, le siguen Estados Unidos con 15% del total, la Unión Europea (UE) con el 10%, India con un 7 %, Rusia con el 6 %, y Japón con el 5. Pero si se considera la población de cada uno de esos territorios deducimos que la carga ambiental sobre el planeta, medible a través de la huella ecológica, es aún más desigual: la de un norteamericano, casi 10 hectáreas globales per capita, es casi el doble que la de un europeo y casi diez veces más que la de un africano. Junto a esa desigualdad por territorios hemos de considerar, asimismo, las grandes desigualdades por grupos sociales y así sabemos que el 10 % de la población del mundo es responsable de casi el 50 % de las emisiones de dióxido de carbono que la Tierra emite.

Contamos, asimismo, con datos más fiables que los de 1972; hemos teorizado sobre el desarrollo sostenible desde 1987 llegando a formular en 2025 los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) con el horizonte 2030; previamente e ellos en 2000 se formularon y se pusieron en marcha los indicadores del milenio (ODM); se calcula desde 2005 el famoso índice de desempeño del cambio climático (IPCC), hemos incorporado al medio ambiente en las consideraciones económicas; se ha desarrollado extraordinariamente la industria turística y se han estudiado sus consecuencias económicas y sociales –más que las ambientales–; tenemos un mayor conocimiento de los recursos del planeta; disfrutamos de un desarrollo tecnológico exponencialmente mayor que entonces, pero también sabemos que el consumo y la extracción de los recursos materiales nunca ha sido tan alto como ahora: en 2020 una persona, en promedio en el mundo, consume un 65% más que en 1972.

El principal objetivo la Cumbre del Clima COP 27 celebrada en Egipto es revisar la situación mundial y las medidas llevadas a cabo en todo el planeta para combatir la crisis del calentamiento global. Poco cabe esperar de ella. De momento conocemos un dato inquietante: esta edición anual, según El País, “reúne a más lobistas de los combustibles fósiles que la de Glasgow”, la del año pasado, lo que nos permite vislumbrar el enorme peso y el gran poder de las grandes corporaciones de este sector en las políticas energéticas del mundo.

Y es que el problema ambiental, aunque de base económica, no es solo económico, es sobre todo social, porque como señalaba hace medio siglo –aunque la reflexión es plenamente actual– el profesor Barry Commoner, fundador de la ecología moderna, “cuando investigamos el origen de cualquier problema ambiental, salta a la vista una verdad ineludible: la causa fundamental de la crisis [ecológica] no se encuentra en cómo los hombres interactúan con la naturaleza, sino en la forma en que interactúan entre sí. Esto es, que, para resolver la crisis medioambiental, hay que resolver los problemas de la pobreza, la injusticia racial y la guerra. Que la deuda que tenemos contraída con la naturaleza, que es la medida de la crisis ambiental, no se puede ser enjuagada, persona a persona, utilizando envases reciclables o poniendo en práctica hábitos ecológicamente sanos, sino que hay que dirimirla con la antigua moneda de la justicia social. En suma, a la paz con la naturaleza, debe anteponerse una paz entre los hombres”.

Pedro Reques es Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria