La guerra tecnológica de EEUU a China, un duro golpe a la confianza

Todo el universo de semiconductores, desde consumidores a fabricantes, se verá afectado por estos nuevos y severos controles de exportación

El Departamento de Comercio de EEUU ha justificado los nuevos controles a la exportación de productos de computación avanzada y de semiconductores a la República Popular China justificado al señalar que estos son utilizados por Pekín “para producir sistemas militares avanzados, incluyendo armas de destrucción masiva; mejora de la velocidad y precisión de su toma de decisiones militares, planificación y logística, así como sistemas militares autónomos y cometer abusos contra los derechos humanos”.

Estas nuevas medidas hacen uso de los marcos legales que permiten a EEUU restringir vínculos comerciales con entidades extranjeras, generalmente por motivos de seguridad nacional. En particular, aprovechan el Reglamento de Administración de Exportaciones (RAE) y las listas de entidades en restricciones comerciales. La RAE se aplica a los productos y a la propiedad intelectual en cuanto a exportación y reexportación de doble uso, civil y militar. Además, incluye las transacciones en el extranjero con tecnología estadounidense, así como las actividades de personas y empresas estadounidenses en el mundo.

Más allá del objetivo evidente de frenar el progreso de China en semiconductores, está cada vez más claro que EEUU ha pasado de intentar estar un par de generaciones de chips por delante a mantener “la mayor ventaja posible” en términos absolutos. El caso es que todo el universo de semiconductores, desde consumidores a fabricantes de chips avanzados y equipos de fabricación, puede verse afectado por estos nuevos controles de exportación.

Las nuevas restricciones incluyen controles a la exportación de chips avanzados y equipos de fabricación de semiconductores, sobre todo si van a utilizarse o instalarse en China. Se requerirá licencia para los destinados a superordenadores y para equipos de producción. Las instalaciones locales, a diferencia de las multinacionales, pueden esperar la denegación de cualquier solicitud. Además, hay restricciones a los ciudadanos estadounidenses respecto a apoyar el desarrollo o la producción de circuitos integrados en instalaciones de fabricación de semiconductores en China sin licencia, incluyendo el envío, transmisión o transferencia que contribuya a la producción de circuitos integrados. Adicionalmente, se han añadido entidades chinas a las listas de usuarios no verificados y de entidades, y aclarado y acelerado el procedimiento para estar en ellas. La primera desencadena informes adicionales y la segunda prohíbe a las entidades incluidas recibir productos sujetos a RAE sin licencia de exportación, que es difícil de obtener.

De manera que las empresas chinas, que consumen 40% de los chips fabricados a nivel mundial, en gran parte para sus exportaciones electrónicas masivas y, especialmente aquellas con vínculos gubernamentales o militares, tendrán más dificultades para obtener productos de vanguardia. Los fabricantes de chips avanzados o de equipos para su producción se enfrentan a obstáculos adicionales para vender o fabricar en China.

Hay que tener en cuenta que China no es un productor importante de semiconductores, con un 8% de las ventas mundiales en 2019. Aunque tiene significativa capacidad de producción, sus fabricantes nacionales son relativamente débiles. Las empresas extranjeras representan la mayor parte del valor añadido en semiconductores en China, especialmente en los de alta gama. Además, los fabricantes de chips chinos dependen en gran medida de proveedores extranjeros para equipos, software y materiales. Han progresado en envasado, test, grabado y procesos fotorresistentes, pero la brecha tecnológica con los principales actores del mundo es amplia y con escasa perspectiva de que se cierre a corto plazo, especialmente con estos nuevos controles de EEUU.

El caso es que no hay mucho que el Gobierno chino pueda hacer. Algunos especulan que Pekin puede restringir las operaciones de las empresas estadounidenses en China o imponer restricciones de exportación de algunos materiales estratégicos. En nuestra opinión, no son probables, al menos a corto plazo, pues no pueden revertir las decisiones de EEUU y carecen de un propósito estratégico.

Por el contrario, lo probable es que el Gobierno chino continúe alentando a las empresas extranjeras, incluidas las estadounidenses, a invertir en China. Al menos en teoría, aquellas con fuertes intereses en industrias chinas pueden presionar contra las nuevas restricciones. Es lo que el Ejecutivo chino ha hecho desde que empezó la guerra comercial con EEUU en 2018. Mientras, es probable que Pekín continúe invirtiendo fuertemente en I+D de semiconductores, con la esperanza de lograr autonomía.

Xi Jinping, su presidente, en el reciente 20º Congreso del Partido Comunista Chino, ha enfatizado la importancia de la ciencia y la tecnología, prometiendo que China “se centrará en necesidades estratégicas nacionales, reunirá fuerzas para llevar a cabo investigaciones científicas y tecnológicas autóctonas líderes y ganará la batalla en tecnologías centrales clave”. Pero las nuevas restricciones hacen este esfuerzo más difícil.Así que puede decirse que las relaciones entre las dos economías más grandes del mundo, deterioradas desde que comenzó la guerra comercial en 2018, han alcanzado su punto más bajo desde que establecieran relaciones diplomáticas en 1979. Ahora, la administración Biden, en su estrategia de seguridad nacional este octubre, ha etiquetado a China como “el único competidor con intención de remodelar el orden internacional y, cada vez más, con poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo”.

Por tanto, la escalada de restricciones tecnológicas es solo una parte de una amplia competencia estratégica. Ambos países están tomando medidas para reducir dependencia mutua en áreas estratégicas y este movimiento no será el último ni único. De manera que las relaciones entre China y EE UU –y posiblemente sus aliados– pueden verse afectadas, con profundas implicaciones para la economía mundial. Estos movimientos tienden a ralentizar la innovación, dañan a la confianza y pueden generar una mayor probabilidad de conflicto a largo plazo. A ello se suma a la tendencia actual a la desglobalización, que puede suponer un menor crecimiento y una mayor inflación mundial a largo plazo.

Julien Holtz/ Dong Chen son Estratega/Economista. Pictet WM.