Comunicación y economía: el reto de llamar a las cosas por su nombre

La clase política procura evitar en los medios palabras como ‘crisis’ o ‘pobreza’ y las sustituye por perífrasis o eufemismos

El lenguaje de la Economía en los medios de comunicación da la impresión de ser cada vez menos neutro, recto y objetivo. Es como si éstos se hubieran contagiado de la creciente polarización política que soporta el país.

El lenguaje de los medios es un arma política y de control –o intento de control- social de primera magnitud. Siempre ha sido así, pero, desde la crisis económica de 2008, lo está siendo de forma más perceptible.

En el plano económico la palabra “crisis” se procura evitar por parte de la clase política, sobre todo cuando están en el poder, y se la sustituye por “desaceleración económica”, “enfriamiento de la economía” o “contracción de la actividad económica”, entre otras perífrasis. Al decrecimiento económico se le llama frecuentemente “crecimiento económico negativo de la economía”, olvidando -oxímoron donde los haya- que el crecimiento no puede ser nunca negativo, ni siquiera el crecimiento cero.

De otra parte, llaman “amnistía fiscal” al proceso de regularización o tributación de las rentas no declaradas, cuando esto significa para otros, sencilla y llanamente, perdonar los delitos económicos de un individuo o una empresa a cambio de que este ingrese sus impuestos a la Hacienda pública. Los impuestos para unos decrecen, mientras que para otros se incrementan (habría que analizar cuáles). A las subidas de impuestos cuando se producen han llegado a llamarse “cambios en la pondrración fiscal", o “modificación de la imposición al consumo" cuando en realidad supone, significa y se traduce en un incremento del IVA en toda regla. Para referirse a los bancos malos (o entidades financiera creados que compran los llamados activos tóxicos) se han utilizado perífrasis tan complejas como “vehículos de liquidación de activos tóxicos a largo plazo”. Y mientras unos hablan de “insertar liquidez, de sanear y recapitalizar el sistema bancario”, otros dicen que a esa alternativa sencillamente debería llamarse “dar dinero público a los bancos privados”, lo que se traduce en que la población paga los costos y asume el riesgo, mientras se privatizan las ganancias.

Los crecimientos económicos pueden ser firmes, pero también desiguales en plano social y territorial: unos pondrán el acento en la palabra “crecimiento” y otros en la palabra “desigualdad”. Lo que para unos es “impacto asimétrico de la crisis” para otros es aumento flagrante de las desigualdades económicas, sociales y territoriales. Unos inciden en lo económico otros en lo social, por más que lo económico si no es social no es, porque la razón de ser de la Economía es ser, ante todo y, sobre todo, una ciencia social.

En el plano laboral, lo que unos llaman “ajustes en el mercado laboral”, otros lo llaman directamente recortes. Unos se refieren a la “reducción de los incentivos salariales ligados a la inflación” o a la “devaluación competitiva de los salarios” (así es como se refieren a ello el Banco Central Europeo), lo que para otros es o significa, de facto, bajada o descenso de los sueldos de los trabajadores

La “flexibilidad laboral” de unos, significa para otros, de facto, despidos indirectos. En relación a la este concepto: “flexibilidad laboral”, unos ponen el acento en sus ventajas (de marcado carácter económico: incremento de la productividad, reducción absentismo, retención del talento joven, reducción de los costos…) y otros, en sus desventajas (que son casi siempre sociales: aparición del síndrome burnoute o “trabajador quemado”, aumento del estrés, subida de los costes para el empleado en el teletrabajo, desvinculación con la empresa por el trabajo en remoto…). Algunos políticos justifican que se recorten las prestaciones de desempleo a fin de “estimular a búsqueda activa de trabajo”. De otra parte, se llama frecuentemente de “moderación salarial” lo que, de facto, es descenso o congelación de los salarios. Los socorridos “expedientes de regulación de empleo” (EREs) conllevan, para otros, despidos masivos y reducciones de plantilla más o menos encubiertos.

En el plano social la pobreza queda maquillada si se habla para referirse a ella de “sectores desfavorecidos”, de “personas o colectivos en riesgo de exclusión social” o más crípticamente de “receptores de renta activa de reinserción”. La infravivienda alguien la erradicó de principal área metropolitana española definiendo a las chabolas como “módulos horizontales de tipología especial”. En el campo de las prestaciones sociales, unos hablan de “copago” o de “ticket sanitario” y otros señalan que en realidad es un “re-pago” encubierto de los medicamentos.

Finalmente, y en este contexto, a vieja táctica del “fear, uncertainty and doubt” (FAD), esto es, del “miedo, incertidumbre y duda”, un siglo después de ser formulada en los años 20 del pasado siglo en Estados Unidos, sigue siendo una estrategia útil para quienes ostentan el poder económico.

La pregunta retórica que cabe hacerse es ¿no es posible llamar a los fenómenos de la realidad económica y social por su nombre? Esto es, llamar crisis a lo que es una crisis, paro o desempleo lo que es paro o desempleo, recortes lo que son recortes, desigualdades (económica, sociales, de género, o territoriales…) lo que son desigualdades, pobreza lo que pobreza… porque no es de lo que se informa y se visibiliza es de como se informa de lo que se informa y como esto se visibiliza o se invisibililiza.

Si enmascaráramos y dejamos enmascarar con intencionales y complejos perífrasis y eufemismos económicos la realidad social, la Economía deje de ser una ciencia social para convertirse en un arma de ocultación, en una maniobra de distracción en manos del poder económico. El llamado segundo sector de la comunicación (es decir los canales comerciales: las televisiones, la radio, la prensa escrita…) no debemos participar en esta ceremonia de la confusión; el primer sector de la comunicación: los medios estatales, con mayor razón, nunca deberían hacerlo.

Pedro Reques Velasco es Catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria