Cuando el líder deja la empresa con el proyecto a medias

El caso del entrenador Unai Emery sucede muy a menudo en el mundo empresarial

Los currículos con muchos movimientos ya no son tan valorados en las organizaciones

Unai Emery, durante un partido con el Villarreal, equipo que acaba de abandonar.
Unai Emery, durante un partido con el Villarreal, equipo que acaba de abandonar. GETTY IMAGES

Su caso y su mentalidad ganadora se estudia en las escuelas de negocio, incluso hay libros que glosan sus hazañas como entrenador, donde ha conseguido grandes logros y donde nunca le ha faltado equipo. Unai Emery (Hondarribia, Guipúzcoa, 1971) siempre ha sido admirado por su método de trabajo, pero la última decisión que ha tomado –abandonar al Villarreal, con el que ganó la Europa League y al que metió en semifinales de la Liga de Campeones, en plena temporada para fichar por la Premier League y entrenar al Aston Villa–, no se entiende bien desde el punto de vista empresarial.

Detrás del fichaje hay siete millones de euros –el equipo amarillo se llevará seis millones por la cláusula de rescisión–, por cada una de las cuatro temporadas para las que se ha comprometido pasar en Birmingham (Reino Unido), frente a los 2,5 millones de euros que cobraba desde hace dos años y medio en el que equipo que preside Fernando Roig, que paró el año pasado otro intento de contratación del míster a golpe de talonario, en aquella ocasión, era el Newcastle, propiedad de un fondo de Arabia Saudí, Public Investment Fund (PIF). Si alguien le echa un vistazo al currículo de Emery sorprende la cantidad de equipos a los que ha dirigido como entrenador desde 2004: Lorca Deportiva, Almería, Valencia, Spartak de Moscú, Sevilla, París Saint Germain, el Arsenal, Villarrreal y ahora Aston Villa.

Es lo que se conoce en el mundo empresarial como gente inquieta, mercenarios, gente que deja un proyecto sin finalizar porque le surge otra oportunidad, asegura el profesor de desarrollo de personas y gestión del cambio en Deusto Business School, Jon Segovia. Se trata de profesionales a los que les mueven razones extrínsecas, esto es, la remuneración que se percibe, para cambiar de proyecto, “y dejar tirado a todo el equipo a mitad de temporada”. Y pasa no solo en el fútbol sino en el mundo de la empresa, algo que se empieza a ver con normalidad, “y no se debería ver con tan buenos ojos”, porque demuestra falta de compromiso y que solo lo material genera felicidad.

“Ese tipo de motivaciones extrínsecas motivan a corto plazo, ya que una vez que se consigue siempre se quiere más. Ocurre al contrario que las motivaciones intrínsecas, aquellas que surgen del interior y que buscan alcanzar la mejor versión de uno mismo, o las trascendentales, que persiguen el bien para terceros”, añade el docente, que califica hacer uso solo de la primera motivación como peligrosa. “Siempre se tiene la sensación de que le pagan poco por lo que hace, y siempre quieren tener más, aunque es honorable querer ganar más”.
Si hace unos pocos años tener un currículo nutrido de experiencias era reconocido y bien valorado por las empresas –en plena explosión tecnológica, esto era sinónimo de inquietud y de hambre de conocimiento–, ahora mismo ya no es tan considerado.

“Es algo que se empieza a normalizar y no es bueno. Además del salario, debe haber otra motivación y es la del valor que se puede aportar, y la de que los proyectos deben ser vistos a medio y largo plazo. No es bueno dejar tirados los proyectos, eso es lo que dicen algunos currículos”, apunta Segovia.

En este sentido también se manifiesta el profesor del IESE Santiago Álvarez de Mon, quien cree que muchas veces la gente se deja cegar más por un cheque en blanco que por un proyecto profesional. “Los mercenarios dan saltos cada tres o cuatro años, están más pendientes de su blindaje que del proyecto, están de paso, y eso es preocupante”. Para este docente, el motivo de abandono siempre puede ser la falta de crecimiento profesional o que el proyecto no esté acorde con las expectativas, pero tampoco hay que dejar de lado que “hay gente a la que le mueve el poder y el dinero, y que no son conscientes de ello”.

El mundo directivo no es ajeno a estos movimientos. “Parece que el que se mueve de empresa cada dos o tres años es el que hace un carrerón, pero el hecho de que se mueva tanto tampoco es bueno, porque no le ha dado tiempo a hacer carrera en una institución, no sabe lo que es vestir la camiseta de esa organización”, añade Álvarez de Mon, quien cree que el que salta de un lado a otro, está más pendiente del mapa que del territorio. “No es que de profesión sean nómadas, es que son mercenarios”, concluye el docente.

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