China no es Rusia: la economía alemana ante el poder de Pekín

La respuesta de las empresas a la crisis geopolítica es más China. El ansia de negocio a corto plazo pesa más que el riesgo de crear dependencias peligrosas

Fin de la ingenuidad tras el trauma provocado por la invasión rusa? No, contestan los institutos de investigación. La respuesta de la economía alemana a los riesgos geopolíticos actuales es más China, critica el think tank IW, de Colonia. Nunca invirtieron las empresas alemanas tanto en China como en la primera mitad de 2022: unos 10.000 millones de euros (inversiones directas). Además, exportó un 2,9% más respecto al primer semestre del año anterior, pero también importó un 45,7% más. Es decir, la economía germana no compró nunca tantos productos chinos (el 8% de sus importaciones). De hecho, compra más de lo que vende. La balanza negativa asciendió a 41.000 millones de euros en la primera mitad de este año. El ansia de negocio a corto plazo pesa más que el riesgo de caer en dependencias peligrosas. Por eso, los pensadores económicos alemanes piden que Alemania pase del modelo just-in-time (el material llega cuando se necesita) al convencional just-in-case (se almacenan piezas para disponer de ellas cuando se precisan) y se cuestione su relación con China.

La economía germana depende más del gigante asiático que China de Alemania. “Eso nos hace chantajeables”, advierte Marcel Fratzscher, presidente del think tank DIW y el consejero económico más influyente del canciller Olaf Scholz. La relación es asimétrica. “Las empresas chinas tienen un mejor acceso al mercado europeo que las empresas alemanas y europeas a China, donde apenas se puede invertir en finanzas, infraestructuras y otros sectores.” La política europea ha cometido el error de permitirlo y los expertos alemanes exigen que se renegocien las relaciones económicas con China. Y hacerlo unidos. Fratzscher: “Europa y EEUU tienen suficiente poder juntos.”

Esa asimetría germano-china sorprende. Jürgen Matthes, de IW, la considera una seria amenaza porque se puede instrumentalizar en situaciones de conflictos geopolíticos, como el existente entre Taiwán y China. Tras las inversiones directas están un puñado de empresas que quieren trasladar su negocio a China. También los proveedores de las empresas alemanas en China son chinos. Aunque solo el 2,5% del empleo en Alemania depende de las exportaciones a China, existe una fuerte dependencia de importaciones.

En caso de colapso, Berlín sufriría un revés muy grave. China es por ejemplo el principal productor de tierras raras (un conjunto de elementos químicos claves para los sectores de la electrónica y de defensa, y para la transición energética) y, a corto plazo, no se puede sustituir por otro proveedor. Y China no es Rusia. China es un proveedor sistémico. De ahí la urgencia de diversificarse y reducir el peso chino. El Gobierno tripartito de Scholz está pidiendo a las empresas que operen con cautela y que calculen los riesgos para que no sean los contribuyentes quienes al final paguen por las eventuales quiebras. Propone también una reorientación hacia India e Indonesia. El mismo ministro de Economía, el verde Robert Habeck, quiere impedir que el consorcio estatal chino Cosco compre el puerto de Hamburgo. En ese sentido, el IW recomienda que si no se puede descartar sabotaje o espionaje técnico se debe impedir la inversión asiática. El IWD recomienda incluso que Berlín elimine las garantías estatales por inversiones ante riesgos políticos en China y que no ratifique el acuerdo bilateral de inversiones entre UE y China porque fomenta las inversiones en Asia.

También Fratzscher opina que no habrá desglobalización, sino una nueva globalización. Las empresas se replantearán sus estrategias para ser más resistentes en el mundo. La clave, dice, es diversificarse geográficamente tanto desde el punto de vista de los mercados a los que venden como de los proveedores de productos semielaborados. El profesor berlinés propone que la economía alemana pase del modelo just-in-time al just-in-case y que el Estado alemán intervenga más.

El mundo de la empresa lo dice con otras palabras: sí a reducir la dependencia de Asia; pero sin molestar a China, la segunda economía del mundo y un importante socio comercial de Alemania. El 7% de las inversiones alemanas directas va para China; pero el proyecto estatal Made in China 2025 tiene la intención de reorientar su economía hacia una mayor autonomía y reforzar la posición de empresas y actores estatales. Su estrategia Covid evidenció el riesgo de la dependencia económica de cadenas proveedoras de productos chinos. A ello se suma el riesgo político por la rivalidad estructural entre China y EE.UU. y, ahora, la guerra de Ucrania.

¿Qué implicaciones tiene para Europa la nueva economía de bloques, el nuevo pensamiento de bloques? En su capítulo La nueva Autonomía, de la serie Transformación del semanario Der Spiegel, se destaca la ventaja obtenida por Alemania en la globalización y el riesgo de que ahora cuando el mundo se parte en pedazos se convierta en uno de los grandes perdedores de la nueva era. “Durante 30 años los alemanes vivieron con la ilusión de que tras la caída del Muro serían los consorcios y las organizaciones globales, como el FMI, los que dirigirían el curso del mundo, en lugar de los Estados.” En ese sentido, Alemania apostó por el lema “cambio político (democrático) a través del comercio y el negocio.” Un error. También la UE está buscando estrategias para reducir su dependencia de materias primas claves como el gas ruso y las tierras raras chinas.

La patronal de la industria alemana (BDI) no quiere por ahora cuestionarse las relaciones comerciales con China a pesar del nuevo orden de competencia global, pero habla de prepararse ante escenarios extremos relacionados con Estados autocráticos. Parte de la solución, según BDI, es diversificar mercados e invertir en otros diferentes. Propone que a UE apueste por una política comercial proactiva en mercados dinámicos del pacífico asiático. Respecto a China, BDI pide igualdad de condiciones entre socios (las relaciones con China están marcadas por asimetrías y condiciones de competencia desiguales) y quiere que la UE actúe conjuntamente y que evalúe el riesgo de dependencia en caso de enfrentamiento. Se trata de defender los intereses de Alemania a largo plazo y de su industria global, que es el motor de bienestar económico y ocupación laboral.

Es un cambio de mentalidad. La economía alemana producía donde resultaba más barato. Por eso, el consumidor pagaba menos por la tele, el móvil y el ordenador. “No es que fuéramos ingenuos o tontos, sino que éramos avariciosos, denuncia Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia. ¿La apuesta por lo regional? Tendrá su precio. Según los expertos, regionalizar completamente el coche europeo costaría un 30% más.

 Lidia Conde es analista de política y economía alemana