No perdamos la oportunidad del teletrabajo

España exhibe cifras modestas, que quedan muy por debajo de las que ofrecían algunos países antes de la pandemia

La repentina limitación de movilidad que trajo consigo la pandemia nos hizo ser optimistas con el avance del teletrabajo en España. De hecho, incluso le pusimos un lema: el teletrabajo ha venido para quedarse. El confinamiento de actividades no esenciales, las limitaciones de aforos en instalaciones, en medios de transporte y, en general, la prevención para minimizar el riesgo de contagio hizo despegar los datos de utilización de esta forma de trabajo a distancia, aunque menos de lo que a menudo podemos imaginar y lejos de su potencial. En el segundo trimestre de 2020 pasamos del 2,50% al 16,20% de personas empleadas que habitualmente trabajaban desde su domicilio –más de la mitad de la jornada semanal–, mientras que las que lo hacían ocasionalmente –menos de la mitad– se mantuvo en el 2,90%. Los que no lo hacían ningún día pasaron del 94,60% al 80,40%. Sin duda, cifras relevantes.

Sin embargo, vamos camino de perder la gran oportunidad que puede significar este sistema de organización del trabajo. Gran oportunidad porque es bueno para las personas que pueden llevarlo a cabo, las acerca al entorno donde viven, les permite socializarse en él y además evitar sus desplazamientos a menudo absurdos para sentarse delante de una pantalla de ordenador, como la que tendrían en su casa. Es bueno también para las empresas, porque permite revisar procesos de trabajo mejorándolos, ganando eficiencia y productividad, además de optimizar espacios y costes, mejorando el bienestar de sus colaboradores. También la salud laboral mejora cuando se limitan los días de trabajo en ciudades con alto índice de contaminación, además de reducirse la siniestralidad laboral in itinere. Pero también es bueno para la sociedad y nuestro planeta porque nos permite reducir la huella de carbono de las personas que lo pueden utilizar, minimizando la contaminación, además de conllevar ahorro energético. Trae consigo, también, un mejor equilibrio territorial porque permite que las personas puedan vivir en entornos rurales, o pasar tiempo en sus municipios de residencia participando de su vida social, asociativa, cultural o comercial. En definitiva, efectos positivos que sería absurdo dejar perder.

Y los datos nos dicen que lo estamos desaprovechando. Si bien su morfología ha evolucionado, transitando una parte del teletrabajo habitual al ocasional y mayoritariamente híbrido, este último no ha recogido la intensidad con que se expresó en 2020. Así, en los datos de la EPA del pasado trimestre hemos visto cómo el habitual se ha situado en el 6,9% y el ocasional en un 6,2% de personas empleadas, cifras modestas que quedan muy por debajo de los que tenían algunos países antes de la crisis sanitaria. Otros países tienen cifras mucho mayores, por ejemplo, en Finlandia y Países Bajos el teletrabajo habitual supone un 14%; en Suecia el ocasional es del 31%; del 28% en Suiza; del 24% en Islandia, y del 22% en el Reino Unido; datos que evidencian que se diluye el uso del teletrabajo en España al mismo tiempo que perdemos oportunidades.

Cuando analizamos las causas de esa reducción constatamos que son diversas, pero la que resulta fundamental la encontramos en su base. El teletrabajo no debería ser una forma simple de trabajo asíncrono y ubicuo o, como sucedió durante muchos años, un beneficio social en muchas compañías que se instala en las condiciones generales. El teletrabajo debe ser visto como una forma de organizar el trabajo y su perímetro, desde el punto de vista de los procesos, de la tecnología, de la productividad, de cómo se organizan las personas y sus cometidos. Se trata de una nueva forma de pensar que abarca, no solo lo que se hace desde un puesto de trabajo, sino cómo se hace.

Además, debe ser visto con la máxima flexibilidad porque no existen puestos teletrabajables sin más y a ciencia exacta. La posibilidad e intensidad de realizarlo dependerá del sector y del tipo de empresa, del puesto concreto, de la tecnología que se utilice, y sí, también de la persona que lo ocupe. No verlo así e intentar introducir rigideces en la negociación colectiva conlleva que se aplique el criterio de prudencia en su uso, y con ello, que no se maximicen sus posibilidades. La regulación legal introdujo aspectos imprescindibles, cuestión distinta es que la filosofía que lo impulsó se pervierta ahora cuando se intentan colectivizar condiciones.

Es cierto que la repentina imposición del teletrabajo como solución en los inicios de la pandemia explica que solo una de cada cuatro empresas planificaran mínimamente su despliegue, pero no justificaría que llegados a este momento no planifiquen a conciencia cómo podría consolidarse. Hace falta autocrítica para explicar dónde estamos, pero optimismo responsable para proyectar ahora más y mejores soluciones. Se debe realizar el análisis de los factores que intervienen en el teletrabajo, cómo organizaremos la fuerza del trabajo, la productividad, la rendición de cuentas y el análisis del desempeño, cómo se liderará, cómo se garantizarán unas condiciones de trabajo razonables, y por supuesto, cómo se llevarán a cabo adecuados planes de ciberseguridad. Lo que podría parecer un coste, si se planifica y se piensa, lo convertimos rápidamente en una inversión rentable.

En definitiva, pensar a conciencia cómo podemos aprovechar esa gran oportunidad que nos ofrecen las nuevas tecnologías para progresar mejor en el mundo del trabajo, en nuestra economía y en la sociedad en general. Haciendo más eficiente el trabajo de las personas al mismo tiempo que más cómodas sus vidas. Productividad y compromiso son las respuestas más frecuentes que se dan acerca de lo que representa el teletrabajo para empresas y personas. Pero si además añadimos un factor positivo más a nuestro desarrollo sostenible, porque es bueno para nosotros, las empresas, la sociedad, y también para nuestro planeta, estaremos haciendo que nuestro futuro sea un poco más apacible.

Josep Ginesta es Secretario general de Pimec y colaborador de OBS Business School