La respuesta a la crisis: a cada cual, su inflación

Muchas medidas supuestamente paliativas de los efectos de las subidas de precios no están haciendo otra cosa que estimularlas

Ciudadanos, empresas y bancos centrales siguen los datos de inflación que van actualizándose con cierto pesar. Sorpresas en los registros que van surgiendo, pero pocas veces positivas. El pesar cunde, pero el comportamiento de la demanda no acaba de reflejarlo porque la inflación subyacente (descontada energía y alimentos no elaborados) sigue siendo muy elevada. En España el dato revisado de agosto situó el crecimiento de los precios en el 10,5%, una décima más que la del dato adelantado. Entre tanto, los principales institutos de análisis y previsión económica elevan la proyección de la inflación para el final de 2022. Funcas lo acaba de hacer hasta el 9,1%.

En Estados Unidos, el debate es parecido y la pregunta recurrente es: ¿hemos llegado ya al pico de inflación? El registro de agosto muestra una caída de dos décimas hasta el 8,3%, pero se esperaba más. Por un lado, es posible que sí que se haya alcanzado esa cota superior y haya comenzado la bajada. Por otro lado, hay cierta sensación de que los precios pueden quedarse aún descansado en la cumbre o cerca de ella durante un tiempo. El mismo caso aplica a Reino Unido, donde la tasa de variación ha pasado del 10,1% de julio al 9,9% de agosto. Sin motivos para celebrar. También en un país referente en cuanto al control de la inflación, Alemania, esta no solo no bajó en agosto, sino que subió cuatro décimas, hasta el 7,9%.

Todas son cifras que se comen el poder adquisitivo y parte de la moral. Que asustan ante la posibilidad de traer efectos de segunda ronda (espirales salarios-precios, revisiones en crudo de contratos conforme a datos coyunturales de inflación) que empeoren aún más la situación. Sucede justo ahora, encarando el otoño, cuando empresas, gobiernos y otras instituciones deben realizar sus proyecciones para el próximo año, lo que en sí es un reflejo de sus expectativas.

En este entorno, los bancos centrales están en el ojo del huracán. Las dos principales referencias han optado por la vía de fuertes subidas de tipos de interés en poco tiempo. Los mercados lo han digerido regular, aunque últimamente asimilan peor los datos macroeconómicos que se van publicando, porque también apuntan cada vez más a una posible recesión. En este punto, cada cual ve la inflación a su modo y, lo que es casi peor, a los bancos centrales a su modo. Así, por ejemplo, algunos economistas sugieren que la Reserva Federal debería tentarse la ropa un poco más antes de realizar nuevas elevaciones de tipos de interés. Piden a la Fed que espere y vea, porque consideran que aún no se han visto las negativas consecuencias que la subida del precio del dinero puede tener en el empleo (véase, por ejemplo, Stiglitz y Baker en Project Syndicate: “The Fed Should Wait and See” 12 Sep 2022). Básicamente, consideran que la autoridad monetaria norteamericana se está pasando de frenada. El caso, no obstante, es que los datos siguen invitando a la Fed a mantener su mano dura. Incluso aunque pueda hacer poco por la parte de la inflación explicada por la energía y problemas de oferta, debe intentar contrarrestar una demanda que es también muy inflacionaria.

En otros lares se toman los incrementos de tipos también a mal, pero por razones distintas. En China se habla muy críticamente de las “subidas de tipos competitivas” de Estados Unidos, realizadas con la intención de favorecer al dólar (en menor medida, al euro) frente a otras divisas y, con ello, aumentar el riesgo de recesión global. Considero que es difícil comprar la idea de que la Fed sube tipos para fortalecer la moneda estadounidense. Las consecuencias son las que son. Curiosamente, en otras ocasiones se acusaba a la Fed de lo contrario: de favorecer las exportaciones de Estados Unidos con un dólar débil. El problema es que estas tensiones no parece que vayan a ir a menos. Lo que no necesitamos de cara a 2023 son nuevas tensiones geopolíticas o acusaciones de proteccionismo de diversa índole, pero en esas estamos y el riesgo es muy evidente.

Desde los bancos centrales, la respuesta implícita a estas críticas es doble. En primer lugar, una respuesta evidente a su mandato. Hace tiempo que nadie puede negar que esta inflación no es transitoria y el esfuerzo está en reducir su amenaza de permanencia. En segundo lugar, la política monetaria ahora en marcha se considera claramente adaptativa a las circunstancias conforme se vayan produciendo. Esto quiere decir que ya no se mira tanto a largo plazo, sino que se decide sobre el terreno. Hay menos claridad sobre el panorama futuro, pero más margen de maniobra en el día a día.

También hay una inflación para cada cual en lo que respecta a las políticas fiscales. En tiempo debido habrá que estudiar hasta qué punto están siendo inflacionarias. Muchas medidas supuestamente paliativas de los efectos de las subidas de precios no hacen otra cosa que estimularlas. Subvencionar el consumo energético para todos (en lugar de hacerlo para los que lo precisan para trabajar o por necesidades más imperiosas) es el caso más claro. En general, la concurrencia de políticas de recuperación pospandemia no van a ayudar a paliar la situación. Hay que ser muy cuidadoso con las propuestas de medidas que se realizan: debe protegerse a sectores vulnerables y no a todos en general. La inflación es el problema más grave al que nos enfrentamos de cara al otoño-invierno y puede que buena parte de 2023. Requiere seriedad y sacrificio para evitar males mayores.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada y Director de Estudios Financieros de Funcas