¿Qué va a pasar con las petroleras europeas?

Europa se afana en perseguir a este sector, que no solo es avanzado con las energías limpias, sino en operar en pozos tradicionales con calidad y eficacia

Desde hace unos años a esta parte se ha venido observando el fenómeno de la migración del capital desde los mercados públicos hacia los privados. Entre una variedad de causas, destacan y se citan el incremento de la presión sobre las empresas cotizadas en cuanto a requerimientos y costes de información, junto a una mayor atención de los inversores a consideraciones no-financieras. La coincidencia con una era de estímulos monetarios históricamente altos, ha facilitado el acceso al capital a emprendedores y compañías de inversión en mercados privados.

No cabe duda de que todo esto obedece a fines nobles, como el incremento de la protección de los inversores, así como a una mayor integridad y estabilidad de los propios mercados. El problema es si estas políticas terminan impactando negativamente en la competitividad y la seguridad de ciertas industrias estratégicas, que podrían migrar a países con políticas más laxas o a mercados privados menos regulados.

Así, sin advertirlo, se disminuiría la proporción del sector empresarial sujeto a los más altos estándares de transparencia, incrementando con ello la fragilidad y los riesgos sistémicos de la economía en su conjunto. Esta situación afectaría especialmente al Viejo Continente, debido a su complejo sistema regulatorio, y a las presiones políticas y sociales que van más allá de los aspectos financieros.

En este sentido es interesarte preguntarse cómo afecta la situación descrita a industrias como la petrolera. Repasemos algunos datos. Según Bloomberg New Energy Finance, las cinco compañías petroleras en el mundo que cuentan con un mayor volumen de inversiones en tecnologías de baja emisión de carbono en el periodo 2015-2021 fueron Total Energies, Equinor, Shell, BP y Repsol, todas ellas europeas. Su inversión conjunta en este apartado alcanzó casi los 50.000 millones de dólares en dicho periodo, mientras que sus emisiones de CO2 en el año 2020 sumaron poco más de 200 millones de toneladas métricas.

Estos datos contrastan con los publicados por cinco de las mayores petroleras del mundo con sede en Rusia, China y EEUU, todas ellas geografías con regulaciones más flexibles. El volumen de emisiones de CO2 registrado en 2020 por Gazprom, PetroChina, Sinopec, ExxonMobil y Rosneft superó los 750 millones de toneladas métricas.

Por otro lado, en el periodo 2015-2021, la suma de las inversiones conjuntas que llevaron a cabo estas cinco compañías en energías limpias no alcanzaron ni tan siquiera las realizadas por Repsol, que es la quinta del ranking.

Paradójicamente, Europa se afana en perseguir a su industria petrolera, un sector puntero no solo en inversiones en energías de menor intensidad de carbono, sino también en la operación de pozos tradicionales llevada a cabo con los últimos estándares de calidad y eficiencia.

Las consecuencias de esta situación son diversas, la más directa de ellas es la falta de inversión en nuevos yacimientos de petróleo y gas. La presión ejercida sobre las petroleras europeas las ha llevado a disminuir considerablemente los niveles de inversión, por lo que son principalmente las compañías que provienen de otras latitudes y algunas domésticas no cotizadas las que han desarrollado nuevos proyectos, aunque lo han hecho a un nivel insuficiente para compensar el declive de los pozos existentes. El resultado, evidente en nuestros días, es el incremento de los precios de la energía, que genera problemas económicos, como el de la inflación, que finalmente sufre la sociedad.

Otra consecuencia se encuentra en el cuidado del medioambiente. El consumo de petróleo y gas no solo no ha mermado, sino que la demanda mundial ya ha recuperado los niveles previos a la pandemia de Covid-19 y se espera que siga subiendo. La falta de inversión traslada la producción a países que hacen poco por disminuir la intensidad de sus emisiones y mucho menos por invertir en tecnologías más sostenibles. Europa sigue en este terreno la estrategia de “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Por último, la presión regulatoria incrementa el coste del capital de las petroleras de nuestro continente, que sí hacen un esfuerzo importante para reinvertir recursos en energías más limpias. Esta tendencia podría inclinarlas, en un futuro no muy lejano, a desinvertir o a separar sus operaciones de petróleo y gas hacia sociedades privadas para aprovechar el menor escrutinio de este mercado.

Es evidente que los efectos de las políticas actuales hacia una industria tan necesaria, como la de la energía, son diversos, relevantes y, sobre todo, nos afectan a todos.

Alirio Sendrea es CFA, miembro de CFA Society Spain y Responsable de Análisis de Invexcel