Ojo con el futuro: tecnología digital y componentes escasos

Las tierras raras, el litio y los microchips, esenciales para la economía digitalizada, pueden convertirse fácilmente en un arma geopolítica

La profusión de tecnologías digitales es una de las características de la vida cotidiana actual –tanto en la esfera laboral como en la lúdica– y para las empresas son una fuente clave de ventaja comparativa (… o una amenaza de desventaja frente a la competencia). La proliferación digital ha generado una vulnerabilidad importante, aunque de poca visibilidad para los usuarios: esas tecnologías tienen en común una gran dependencia en unos pocos componentes, que pueden ser recursos naturales (como tierras raras) o artificiales (como microchips).

Las tierras raras son elementos químicos que escasean de por sí, o por la dificultad de conseguirlos en forma pura. Junto con sus aleaciones se han convertido en componentes claves para muchas aplicaciones de tecnología digital. Se necesitan para ordenadores y teléfonos móviles, para iluminación LED, para equipamiento médico como resonancias magnéticas, para transporte (cada coche eléctrico incorpora fácilmente un kilogramo de tierras raras) y para mucho más. Según se incrementa la utilización de tierras raras en tecnologías digitales, su suministro juega un papel crítico. A nivel de países podrían convertirse en una fuente de poder geopolítico, porque las reservas de tierras raras están muy concentradas (el 73% se encuentra en China, Vietnam y Brasil). Una dinámica similar afecta a otras materias primas cuyas reservas también están muy concentradas y que se están convirtiendo en componentes requeridos por tecnologías digitales. En el caso del litio (usado no solo en pilas recargables y de larga duración, sino también en vehículos espaciales y otros muchos usos), por ejemplo, un 70% se extrae actualmente en solo dos países: Australia y Chile.

El abastecimiento de microchips (circuitos integrados en una oblea de silicio) se ha convertido en una vulnerabilidad porque son parte integral del centro operativo de muchos productos de la vida moderna. Esta vulnerabilidad no es nueva, porque su demanda ya llevaba años creciendo, pero se ha incrementado aún más como resultado de los confinamientos y otros problemas logísticos relacionados con la pertinaz pandemia. Los dos segmentos más grandes –ordenadores y aparatos audiovisuales– representan tres cuartas partes de la demanda total de microchips y, tanto el trabajo a distancia como otros efectos de los confinamientos han generado una gran subida en su demanda en los últimos dos años. Pero la demanda para otras manufacturas y usos industriales (incluyendo notablemente la producción de armamentos de nueva generación) también está creciendo rápidamente. Un ejemplo de esta dependencia creciente ha sido el impacto que la escasez de microchips está teniendo en la producción de automóviles (con muchas fábricas habiendo tenido que ralentizar o incluso parar la producción recientemente).

Los microchips han ido haciéndose cada vez más sofisticados y su valor competitivo se va incrementando cuanto más se consigue reducir su tamaño, tanto en el caso de microchips de memoria como procesadores. El resultado ha sido que su fabricación requiere plantas capaces de producción extraordinariamente compleja, precisa y purificada que suponen grandes inversiones (del orden de 10.000 millones de euros por planta). La geografía de las inversiones realizadas en las dos últimas décadas ha resultado en una gran concentración de la capacidad productiva de microchips: la mitad de la producción mundial está en Taiwan y Corea, países cuyas empresas han hecho grandes y persistentes esfuerzos para incrementar su capacidad de producir microchips de alta calidad y fiabilidad. Japón y Estados Unidos eran antes los mayores productores y siguen siendo importantes, aunque su producción está prácticamente estancada, mientras que China está incrementando rápidamente su capacidad, pero ha empezado relativamente tarde y va a la zaga de Corea y Taiwan.

Esta concentración geográfica no tiene nada que ver con la disponibilidad de recursos naturales (el silicio abunda en todo el mundo), sino que refleja la presión de la demanda de chips de alta calidad y fiabilidad a gran escala, que ha llevado a que sean los fabricantes por encargo los que hayan invertido en nueva capacidad productiva en lugar de los fabricantes de producción integrada, como Intel, que fueron los pioneros en microchips. El gran ganador en esta dinámica ha sido TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company), que ha conseguido una posición de mercado muy por delante de cualquier competidor, acaparando más de la mitad de los ingresos de todos los productores de microchips por encargo (en buena parte por los pedidos de Apple). Recientemente, se han adoptado, tanto en Europa como en Estados Unidos, incentivos para la inversión privada en fábricas de microchips, pero además de grandes inversiones se necesita tiempo para poner en marcha nueva capacidad productiva de alta calidad. Mientras tanto, TSMC sigue también invirtiendo en la expansión y mejora de su capacidad productiva y la dependencia mundial de muchas industrias en esta empresa, y en la delicada situación geopolítica de Taiwan, tardará muchos años en reducirse significativamente.

En este momento, en el que las implicaciones de la pandemia se solapan con las repercusiones de la invasión rusa de Ucrania, es fácil imaginar disrupciones y cuellos de botella en el suministro de microchips (o de tierras raras), o vislumbrar cómo estos componentes tan necesarios por doquier para tecnologías digitales podrían convertirse en un arma geopolítica.

Enrique Rueda es Investigador sénior de EsadeGeo, Centro de Economía Global y Geopolítica de Esade