‘Borisexit’: el viaje sin retorno de Johnson

La pandemia y los problemas provocados por el Brexit le impidieron expresar abiertamente su populismo y su optimismo

Alexander Boris de Pfeffel Johnson (1964), Al para su familia y amigos, Boris para todos los demás, nació para ser líder, o así lo entendió él desde pequeño. Su entorno claramente favorecía esas aspiraciones. Parece que todo le vino fácil en su vida, desde su trabajo como periodista en The Daily Telegraph o redactor jefe de The Spectator, o como alcalde de Londres durante ocho años. A Boris todo le llegaba relativamente fácil: había nacido para ello, ¿o no?

En 2019 consiguió algo que hacía tiempo no ocurría en el Reino Unido: una mayoría absoluta en las urnas. Ni David Cameron, ni Theresa May tuvieron tantos votos. Boris, con su estilo despreocupado, su Get Brexit Done! (¡Saquemos el Brexit adelante!) y su particular histrionismo, ganó 365 escaños, el mayor número desde 1987 y el mayor porcentaje del voto popular desde 1979. La confluencia del nuevo patriotismo, la soberanía pos-Brexit y la añoranza de un imperio británico pasado caló en el votante, sobre todo no urbanita. El pensamiento general tras esas elecciones fue que con una mayoría así teníamos –como mínimo– dos legislaturas completas de Boris y compañía… Craso error. En vez de diez años de Boris, nos hemos quedado con menos de tres. Nadie se esperaba esto, especialmente él. Tras el Brexit ahora nos ha dado el Borisexit.

Boris es un político a la vieja usanza, alguien que utiliza su carisma para convencer al votante: soy uno de vosotros, cuando en realidad es todo lo contrario. Educado en la prestigiosa y exclusiva Eton, como tantos otros primeros ministros, siempre ha vivido en el privilegio. Su reino no es de este mundo, y así su populismo se quedó en eslóganes fáciles y carentes de contenido. La exageración y la mentira no le quedaban grandes y así convenció a muchos de que el Brexit –y por extensión él mismo como líder– era lo mejor para el país. Ni siquiera él lo creía, me atrevo a decir, pero convenció a la mayoría en su partido y en las urnas. En el fondo, él quería emular a su ídolo Winston Churchill, pero el Reino Unido no estaba en una guerra y a él le vino bien la cuasi guerra cultural contra la Unión Europea. Me recuerda a ese personaje que observa al pueblo desde fuera, esperando su momento, y cuando finalmente ve hacia dónde se dirige la gente, él corre y se pone a la cabeza de la muchedumbre gritando “¡Seguidme!”. Así usurpa el papel del líder de un movimiento y a partir de ese momento asume todo el protagonismo. Que se lo digan a Nigel Farage o Michael Gove.

El Brexit fue su éxito y su fracaso y el Covid lo remató. Su famosa partygate, en la que él y su equipo directo se saltaron sus propias reglas, fue un duro golpe que culminó en una multa de la policía para él y para más de 80 miembros de su Gobierno. Una vergüenza que intentó pasar por alto, pero que sus detractores y sus colegas en el Partido Conservador no perdonaron.

Tampoco perdonaron a su mano derecha, Dominic Cummings, el gurú del cambio que iba a dotar a la nueva Gran Bretaña con planes revolucionarios de inversión en ciencia y tecnología, además de llevar la riqueza de Londres –tan envidiada– al resto del país como por arte de magia. Pero todo se quedó en agua de borrajas cuando el Covid azotó a todo el mundo por igual y los recursos se tuvieron que usar para luchar contra la pandemia. Arrasó con todo. Y también empezó a arrasar con la simpatía de los votantes.

El Covid no le dejó llevar a cabo sus ambiciosos planes, ni vender su nueva Gran Bretaña. Su populismo y su optimismo no podían salir a la luz cuando todo eran desgracias a su alrededor. Su actitud de payaso en las fiestas ya no hacía reír. La gente tenía miedo por su futuro, su salud, la economía. Él seguía hablando de la soberanía y del excepcionalismo británico. Pero esto ya no sonaba como en los días del Brexit. Miles de personas en hospitales, muchos muertos en los tanatorios, medidas restrictivas a la población y una economía que no podía despegar. Todo esto, añadido a las consecuencias inmediatas del Brexit, los problemas con el tratado de la UE respecto a Irlanda del Norte y la falta de personal cualificado, agravada por una emigración masiva de europeos forzados por el Brexit.

Pero él seguía a su aire, dándose fiestas prohibidas, nombrado a amigos en puestos políticos y haciendo la vista gorda con nombramientos como el de Chris Pincher –acusado de acoso a dos mujeres–, que terminó de sepultarle. La dimisión de su ministro de Finanzas, Rishi Sunak, candidato número 1 a sustituirle al frente del partido y del Gobierno, y su ministro de Sanidad, Sajid Javid, fue secundada por más de 30 miembros del Gobierno, lo que hizo imposible su continuidad. Semanas atrás había ganado, por poco, un voto de no-confianza. Esta vez ya no había escapatoria. En frente del número 10 de Downing Street dijo adiós, en un discurso de apenas seis minutos en los que repasó sus “éxitos”: el Brexit y la habilidad de hacer sus propias leyes al margen de la UE; la distribución de la vacuna del Covid más rápida de Occidente, así como la salida de los cierres más rápida, y liderar la respuesta a Putin en defensa de Ucrania.

Lo que sucederá en el Partido Conservador a la larga nadie lo sabe. Tras 12 años convulsos en el poder, siguen al mando sin una oposición que pueda plantarles cara. Ahora tan solo 200.000 personas (sus afiliados) van a elegir al siguiente primer ministro. Así es la ley. Así se escribe la historia.

Boris nos deja un legado que recuerda en parte a Trump, con su populismo e histrionismo, sus mentiras y su actitud arrogante. Boris nunca creyó que las reglas del juego tuvieran que ver con él. Como Trump, siempre se sintió por encima de las leyes de los meros mortales. Boris siempre se ha creído diferente, con esa superioridad nacida de instituciones académicas como Eton y Oxford. Es el gobierno del aristócrata un tanto déspota que gobierna para el pueblo, pero sin el pueblo, que se cree más apto, más inteligente y por supuesto, más digno del cargo. Boris siempre esperaba la adulación y la risa cómplice de sus colegas y del pueblo en general. Su necesidad de agradar retrata un fallo en su personalidad: su inseguridad. Porque a pesar de tantos privilegios en su vida, su educación, su familia, su trabajo de periodista y editor, alcalde y primer ministro, en el fondo siempre se sintió como un impostor.

Julio Bruno es empresario internacional, inversor y presentador del podcast www.theinternationalist.fm