La inflación en España en 2022: cómo hemos llegado hasta aquí

Intuitivamente todos pronosticábamos que tras la pandemia veríamos llegar este escenario, que está siendo impulsado principalmente por la energía

En junio la inflación en España alcanzó los dos dígitos, un 10,2%, la cifra más alta desde 1985, superando a la inflación en la zona euro que fue del 8,6%. Analizar las causas no resulta fácil. A la inflación se le llama con razón el impuesto de los pobres, porque reduce la capacidad adquisitiva de los saldos monetarios. Se le tilda de impuesto porque tradicionalmente era causada por un incremento del gasto público financiado con la emisión de dinero. Y sobre los pobres, porque las personas con rentas más bajas son las más afectadas. La inflación compromete las economías de las familias, como demuestra el que el consumo privado en el primer trimestre del 2022 en España descendiera un 3,2%. También la inflación reduce los márgenes de las empresas y sus flujos de tesorería, lo que unido al encarecimiento del crédito previsiblemente reduzca la inversión empresarial.

En las cuentas públicas, la inflación actúa en dos sentidos. Por un lado aumenta la recaudación impositiva, sobre todo en España donde no se deflactan los impuestos –cada punto de inflación supone 2.000 millones de recaudación adicional para las arcas públicas–. Por otro lado, la reduce el valor real de las deudas. El sector público, con una deuda del 113% del PIB, resulta el gran beneficiado por la inflación, y eso a pesar de que suban los tipos de interés. Sin embargo, no todo es positivo para el sector público porque la inflación aumenta también los compromisos de gasto. Subir las pensiones con el IPC aumentará su factura en 13.000 millones de euros solo en 2023. También con esta hiperinflación se esperan presiones para subir los sueldos en general y los de los funcionarios en particular. Sin embargo, los sindicatos ya no son lo que eran en los 70 y la amenaza de una espiral inflacionaria de sueldos-precios parece estar bastante diluida, especialmente con un Gobierno social-comunista con quien siempre son menos beligerantes. El servicio de la deuda se verá incrementado por la subida de los tipos, que durante mucho tiempo habían sido negativos. Por otro lado, una inflación mayor en España que en el resto de la zona euro perjudica nuestra balanza comercial. Favorece las importaciones y perjudica las exportaciones. En relación con el resto del mundo, el diferencial de tipos de interés ha fortalecido al dólar frente al euro causando una mejora de nuestra posición competitiva, pero a costa también de unas importaciones energéticas más caras, más inflacionistas.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Intuitivamente todos pronosticábamos que tras la pandemia veríamos asomar la inflación. El BCE, con el programa de compras de emergencia frente a la pandemia (PEPP), inyectó 1.850.000 millones de euros, con el fin de ayudar a que los ciudadanos, las empresas y las administraciones públicas afrontaran la crisis. Por otro lado, la política de tipos de interés negativos seguía activa desde hacía casi 11 años. Y así, durante unos meses se mantuvieron las rentas pero no la producción, y aunque la demanda estaba en gran medida congelada debido al confinamiento, en cuanto se dio el pistoletazo de salida y pudimos salir a la calle, la demanda embalsada se enfrentaba a una oferta que seguía bloqueada, generando una subida de los precios. Sin embargo, hasta aquí todo era de esperar y había valido la pena, porque la pandemia se había hecho más llevadera gracias a que los bancos centrales habían dado el oxígeno que necesitaban familias y empresas para sobrevivir. Otros factores contribuían también a este previsible escenario inflacionista: los costes impuestos para acelerar la transición energética, con la subida del precio de los derechos de emisión de CO2 a los carburantes fósiles y la subida del salario mínimo interprofesional (SMI).

Los derechos de emisión de CO2 se han encarecido después de la decisión del Consejo Europeo que ponía como objetivo la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero hasta el 55% para 2030. De forma que el coste de los derechos de emisión de CO2 se duplicó en 2021 respecto de 2020, pasando de un precio medio en el mercado secundario de 25 euros por tonelada en 2020 a 53 euros en 2021. Alcanzando su máximo en febrero de 2022 con 90 euros la tonelada. No olvidemos que las empresas generadoras de electricidad que emiten gases de efecto invernadero tienden a trasladar la totalidad de la variación de los precios de los derechos de emisión a sus precios de oferta.

Las recientes subidas del SMI, hasta un 35% en 3 años, el mayor incremento de la historia reciente en un periodo tan corto de tiempo, que además ha coincidido con la caída de producción debido a la pandemia, tienen un efecto especialmente importante en el mercado agrícola –explicando en gran medida la subida del precio de los alimentos– y en el del turismo.

Y cuando la inflación había superado la tasa del 7%, a finales de febrero de 2022, estalló la guerra de Ucrania. Guerra que ha perjudicado aún más a los mercados energéticos y a los de materias primas agrícolas, disparando la inflación a los niveles actuales en los que nos encontramos. Un contexto hiperinflacionario, que a pesar de tener un componente importante de shock de oferta, aboca irremediablemente a una subida de los tipos de interés cuando los mismos están en negativo y a una reducción de la oferta monetaria. Se considera que el tipo de interés neutral se encontraría en torno al 1%.

La situación de España se ha visto especialmente comprometida por el hecho de que el 40% de la deuda pública está en manos del BCE. Cuando el BCE anunció en junio de 2022 que iba a proceder a su desinversión para retirar la liquidez oceánica en que había inmerso a los mercados, la prima de riesgo española escaló en pocos días a niveles preocupantes. Con el fin de evitar la fragmentación del euro, el BCE anunció el rescate de España e Italia.

Y, ¿qué pasará ahora? Los mercados anticipan que en los próximos meses la inflación disminuirá ligeramente. La energía seguirá siendo el principal impulsor de la inflación. Las medidas fiscales adoptadas por el gobierno han amortiguado muy levemente los precios de energía que pagan los hogares. En ausencia de nuevos shocks, la inflación de la energía comenzará a retroceder a finales de 2022 como anticipan la cotización de los futuros de petróleo y de los derechos de emisión de CO2. La inflación de los alimentos se espera que aumente aún más durante el verano para descender gradualmente hacia finales de año

También se espera que la inflación subyacente, excluida la energía y los alimentos, se mantenga en niveles elevados durante la mayor parte de 2022. Se proyecta que la inflación disminuya al 3.5% en 2023 y 2.1% en 2024. Se espera que la inflación subyacente comience a disminuir hacia finales de 2022. La normalización de la política monetaria también ejercerá un impacto moderador sobre la inflación. Hacia final de 2024 se espera que la contribución de la inflación energética sea insignificante.

Leticia Poole Derqui es Profesora de Economía y Hacienda Pública de la Universidad Europea de Valencia