Cómo podrían salir por la culata las sanciones a Rusia

Si hay un país que ha demostrado poder resistir es ese, ya hace un siglo con los bolcheviques

Desde la nefasta invasión de Ucrania por parte de Vladímir Putin, Rusia ha sido expulsada del sistema financiero occidental y castigada con diversas sanciones internacionales. Los políticos suelen considerar estas medidas como una forma relativamente rápida e indolora de penalizar a los transgresores por parte de los países respetuosos con la ley. Pero la historia demuestra que su eficacia es dudosa y, a veces, pueden resultar gravemente contraproducentes. Además, si hay un país que ha demostrado que puede resistir, es Rusia.

 

Según el nuevo y oportuno libro de Nicholas Mulder, The Economic Weapon (El arma económica), las sanciones las aplicó por vez primera Atenas, que impuso un veto comercial contra la ciudad portuaria griega de Megara en el 432 a.C. Pero su uso no despegó hasta la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña y Francia desarrollaron un amplio bloqueo económico contra Alemania y sus aliados. Después de la guerra, las sanciones se consideraron una herramienta para mantener en paz las naciones. El presidente de EE UU Woodrow Wilson creía que la amenaza era “un aislamiento absoluto... que hace entrar en razón a una nación”.

La Sociedad de Naciones se creó en 1920 con el poder de imponer sanciones a los países que infringieran el derecho internacional. En sus primeros años, hubo un par de éxitos: las posibles incursiones de Grecia y Yugoslavia en sus vecinos se pararon por la amenaza de la Sociedad de cerrar su comercio exterior. La verdadera prueba llegó en 1935, cuando Mussolini invadió Etiopía. Los 58 miembros de la Sociedad, excepto seis, impusieron sanciones a Italia. Redujeron las exportaciones para reducir su acceso a las reservas de divisas y limitar su capacidad de hacer la guerra. Pero tras varios meses de lucha, el ejército de Mussolini entró en Adís Abeba y se levantaron las sanciones.

Hay varias lecciones que aprender de aquel fracaso. Primero, las armas económicas son menos eficaces cuando se despliegan contra Estados grandes. Segundo, los primeros defensores de las sanciones, como Wilson, tenían una visión ingenua de la naturaleza humana. Creían que las poblaciones desistirían de ejecutar acciones agresivas cuando sus intereses materiales se vieran amenazados. La desafortunada verdad es que las naciones y sus gobernantes, especialmente los autocráticos, tienen a veces otras prioridades. Tercero, los bloqueos incompletos son ineficaces. Tanto EE UU como Alemania se mantuvieron neutrales durante la guerra ítalo-abisinia, y la Liga de Naciones no consiguió cortar los suministros de petróleo de Italia.

El aislamiento de Mussolini le empujó a los brazos de Hitler. Alemania y Japón, temiendo que el arma económica se desplegara luego contra ellos, aceleraron su búsqueda de la autosuficiencia en materias primas. En el caso de Alemania, eso significó adentrarse más en Europa Central, anexionando Austria en 1938 y toda Checoslovaquia al año siguiente. Hitler llegó a decir a un diplomático extranjero en 1939 que necesitaba Ucrania para que los alemanes no volvieran a pasar hambre. La desesperada necesidad de crudo de Japón acabó por llevarle a un conflicto con EE UU. Así, las sanciones contra Italia aceleraron el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, Rusia es el paria internacional. A diferencia de Italia, sus abundantes recursos naturales lo hacen extraordinariamente resistente a la presión externa. De hecho, las sanciones se usaron por primera vez contra Rusia tras tomar los bolcheviques el poder en 1917, en lo que Mulder llama una forma de “contrarrevolución barata”. El nuevo régimen resistió el asedio e incluso usó su monopolio comercial para retener los productos básicos de Europa, igual que hoy Rusia impide que el trigo ucranio llegue a los mercados extranjeros. A principios de los treinta, cuando los soviéticos cesaron casi todo el comercio con el exterior, la autarquía era completa.

La oposición a Putin tampoco es unánime. Según el experto en comercio internacional Simon Evenett, por cada país que sanciona a Moscú hay tres que no lo hacen, como China e India. En torno a la mitad de las exportaciones rusas van a estos países. Además, Europa sigue dependiendo de la energía rusa. En los últimos tres meses, las importaciones de dicho país han caído más rápido que las exportaciones, produciendo un superávit comercial récord. Aunque Occidente se ha apoderado de sus reservas de divisas, el rublo se ha fortalecido frente al dólar. Evenett calcula que una prohibición europea de las importaciones de energía rusa reduciría permanentemente su PIB en apenas un 1%.

Al comienzo de la Gran Guerra, Rusia suponía un cuarto de las inversiones francesas en el extranjero. El presidente Georges Clemenceau impuso sanciones en un intento desesperado de conseguir que los bolcheviques cumplieran las obligaciones acordadas con los zares. Los tiempos han cambiado. Ahora, Washington está forzando activamente un impago ruso al prohibir a los bancos occidentales recibir dinero de Moscú. Las acciones y bonos rusos propiedad de extranjeros se han reducido a cero. Las multinacionales están vendiendo sus negocios rusos a precios de saldo.

Es difícil ver cómo la cancelación de cientos de miles de millones de dólares de inversiones extranjeras en Rusia va a persuadir a Putin para que cambie su comportamiento. Pero estos hechos notables ponen de relieve otra característica no deseada de las sanciones: eliminan las protecciones legales tradicionales concedidas a la propiedad privada, exponiendo a los inversores a las depredaciones arbitrarias del Estado. Los primeros críticos de las restricciones económicas tenían una preocupación aún mayor. Las sanciones, decían, difuminan la línea entre el estado de guerra y el de paz. No está claro en qué momento una nación sancionada considerará un castigo adicional como un acto de guerra. George Soros ha dicho que, en su opinión, la Tercera Guerra Mundial ya está en marcha.

El peligro a largo plazo es que la invasión de Ucrania y las sanciones a Rusia, como las impuestas a Italia hace un siglo, den un nuevo impulso a la desglobalización, llevando a Moscú al campo de Pekín y poniendo en peligro el sistema basado en el dólar. Evenett advierte de que el advenimiento de un mundo multipolar podría dar lugar a más activos varados para los inversores occidentales. No es un resultado deseable, pero se ha puesto en marcha una cadena de acontecimientos que puede hacerlo inevitable.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías