Fondos para los que prestan por interés

Financiar empresas colectivamente minimiza las perdidas por impago, al poder dividir la inversión entre un gran número de emisores

Imagino que la idea de prestar pudo surgir poco después de que los humanos decidieran hacerse agricultores y establecerse. Aquellos que tuvieran excedente de grano, además de guardar para el mañana, podrían ofrecer a otros que, incluso no teniendo nada en ese momento con que pagar, lo devolvieran en un futuro. Por otro lado, el despreocupado cazador, según imagina Harari, debía pasarlo mal cuando no encontraba presa, ni que recolectar, ni refugio adecuado para descansar. Y algunos, solo de pensar que eso les podía pasar, supongo que sufrirían cierta ansiedad. Los humanos, en general, soportamos mal la incertidumbre, por lo que me cuesta creer la hipótesis del autor de Sapiens de que el cazador-recolector era más feliz que el planificador agricultor. En sociedades primitivas se podría prestar tranquilamente, pues todos se conocían.

En la historia se sabe que, desde la antigüedad, la financiación ha jugado un papel esencial en el progreso económico y en el desarrollo de los Estados. Pero si ahora pocos dudan de que países como Alemania, Japón o Estados Unidos devolverán su deuda, y empresas como Microsoft también lo harán, no siempre fue así. Algunos tiranos tomaron decisiones arbitrarias que perjudicaron a sus acreedores. En la antigua Grecia, allá por el siglo IV antes de Cristo, Dionisio de Siracusa solicitó crédito a sus ciudadanos y cuando estos reclamaron el pago, dobló el valor de sus dracmas y así pagó la mitad. El exceso de endeudamiento y la devaluación de su moneda pudo contribuir a la caída del imperio romano, aunque nunca hay una sola causa. Felipe II, en cuyo dominio no se ponía el sol, suspendió pagos poco después de subir al trono y dejó la Corona aún más endeudada al final de su reinado. Hasta el siglo XVI prestar a imperios y compañías, por grandes que fueran, conllevaba un altísimo riesgo. Así, los prestamistas desarrollaron mecanismos para protegerse. El primero fue agruparse, los bancos formaron sindicatos para prestar conjuntamente y así dispersar el riesgo y ser más fuertes a la hora de reclamar.

Los siglos XVII y XVIII marcan el inicio de la edad moderna de los mercados financieros. Los préstamos se titulizaron y se organizaron mercados secundarios de bonos (o bonus en latín que significa bueno). En Holanda y en Inglaterra se promulgaron leyes para proteger a los acreedores y limitar la deuda emitida por sus gobernantes. Este fue probablemente el hito más importante, la regulación y el control de la deuda por parte de los parlamentos de esas potencias económicas, germen de los países desarrollados. Los mercados de bonos están lejos de ser perfectos, pero sobreviven desde hace más de 500 años. Desde el siglo XX hay una profusa legislación en continua adaptación a las innovaciones financieras. Los emisores de los títulos que cotizan en mercados públicos han de cumplir una serie de requisitos de información, y auditoría, así como las entidades que prestan servicios financieros de asesoramiento y gestión.

Ahora que está tan de moda activos, mercados e intermediarios no regulados, no quería dejar pasar la ocasión para resaltar el papel que ha desempeñado el marco regulatorio para los que han financiado desde el siglo XIX el desarrollo económico. La edición española de Sapiens cuenta que en las sociedades modernas se pueden hacer negocios gracias a la creencia común en cosas inexistentes o mitos inventados por el hombre, entre ellos las leyes. Yo no las definiría como mitos, sino como normas acordadas en las que creemos, si a los timadores les cae encima el peso de la ley.

Invertir en un solo bono de una compañía o país puede requerir 100.000 euros. Un emisor de bonos con problemas de liquidez puede eventualmente no pagar intereses o, incluso peor, no devolver el principal si quiebra. El nivel de riesgo de impago varía enormemente en función de del tipo de empresa, institución o país. Actualmente solo los prestatarios con un riesgo relativamente elevado ofrecen intereses que superan la inflación esperada de dos a cinco años.

Para prestar a empresas o países menos confiables sigue siendo muy conveniente la idea, que ya en el siglo XVIII tuvo un holandés, de hacerlo a través de un vehículo de inversión colectiva que permita dividir entre cientos de emisores. Si invierte porcentajes muy pequeños en cada uno, aunque sean de alto riesgo, sufrirá más por los vaivenes de mercado que por los impagos. Eso sí, el comportamiento de los fondos de inversión abiertos es diferente a comprarse una cartera de bonos a vencimiento, de esto hablaré en el próximo artículo.

Puede invertir solo en deuda de gobiernos desarrollados, más segura que la de empresas. Por ejemplo, si compra ahora un bono del Estado español con vencimiento a unos diez años le ofrece un rendimiento de alrededor de un 2% anualizado, no hace mucho era cercano a cero. Si usted se fía del Estado español y se conforma con esa rentabilidad, aunque pueda perder poder adquisitivo al final, puede comprar incluso sin intermediarios, por internet, en las subastas del Tesoro y por cantidades pequeñas de dinero. Eso sí, no vería los cambios del valor de su posición, no informan, se llevaría la sorpresa positiva o negativa en caso de tener que vender por necesidad, como podría pasarle con un inmueble, que no es un mito porque se puede tocar, pero su valor varía como el de los bonos o más.

Marta Díaz-Bajo es Directora de soluciones de inversión de Atl Capital