La factura de la guerra de Ucrania

El conflicto hace la transformación del modelo económico de Europa más urgente y pertinente que nunca

Tras dos años de Covid-19, Ucrania, un país de 45 millones de habitantes, es invadido por Rusia; tres veces más poblado y doce veces con mayor prepuesto militar, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres. Ante esta dramática situación, en la oscuridad de un conflicto bélico es difícil ver la luz que nos permita encontrar el camino correcto, el análisis económico razonable del coste de la guerra. Por ello, resulta complicado predecir, en medio de un escenario con un alto nivel de incertidumbre, un futuro con confianza. Todos los informes realizados por organismos públicos y privados cambian en función de los resultados de la guerra y con las nuevas sanciones aplicadas al gobierno de Putin.

En este contexto la citada invasión tiene sus consecuencias económicas debido a que a medida que la guerra se larga en el tiempo, el conflicto militar se convierte en una guerra económica. La guerra, además de crear muerte y destrucción, es desastrosa para la economía al destruir infraestructuras físicas y capital humano. De este modo, reduce la capacidad de crecimiento de las economías y provoca un aumento de la incertidumbre que paraliza la inversión y el consumo. Además, hay que añadirle la tensión que ya se está produciendo en los mercados energéticos y de materias primas para Europa.

Tras haber impuesto sanciones económicas sin precedentes a Rusia, los europeos continuamos financiando la invasión rusa mediante el pago de unos 640 millones de euros diarios para garantizarnos el suministro de gas. La economía rusa representa el 1,8 % del PIB mundial, es la 11ª más grande del mundo, de un tamaño entre España e Italia.

Vladimir Putin ha impuesto un conflicto bélico asimétrico. Sin embargo, en el ámbito económico las consecuencias de las numerosas sanciones de Occidente contra Rusia, centradas en el sistema financiero (los bancos son la principal fuente de financiación de la economía rusa y el sistema bancario está muy concentrado), son enormes y junto a las debilidades estructurales de su economía crean las condiciones adecuadas para una crisis económica. El valor de la moneda rusa se ha depreciado, en los últimos ocho días, del orden del 60%, y la Bolsa cerró al inicio de la invasión y aún no ha reabierto. El objetivo de las sanciones consiste en deteriorar y asfixiar la economía rusa y frenar las fuentes de financiación para la guerra. En definitiva, se trata de aislar a Rusia del sistema financiero y comercial internacional.

Todo ello, a pesar de ser el primer exportador mundial de trigo y gas, el segundo mayor exportador de petróleo crudo y de beneficiarse de los altos precios y la dependencia de Europa de los hidrocarburos. Moscú exporta el 40% del gas y el 26% del petróleo que consume la UE.

Sin embargo, los efectos económicos no serán solo para Rusia, sino también, para la economía mundial, ya que provocará un menor crecimiento y una mayor inflación y lo mismo se puede decir de la UE donde la paulatina disminución de las relaciones económicas tendrá un coste importante, y, en función de su exposición comercial a Rusia según países, en una recesión.

El caso de España no es ajeno a este conflicto bélico, aunque tendrá un impacto reducido en nuestra economía debido a la débil presencia de los intercambios comerciales, según ha manifestado recientemente la vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y para la Transformación Digital, Nadia Calviño. Por ejemplo, las exportaciones a ambos países no representan, de forma conjunta, ni el 1 % del valor total de las ventas españolas en el exterior. Rusia supone el 0,7 % y Ucrania el 0,2 %, según los datos del Instituto de Comercio Exterior (ICEX).

Todo esto no significa, sin embargo, que España no sea vulnerable. La guerra puede afectar por el aumento de los costes de las materias primas y de los carburantes, en concreto gas y petróleo, lo que provocará aumentos en la inflación debido a que el principal canal de transmisión a la economía está siendo los precios de la energía; lo que, con toda seguridad, ello va a repercutir en un deterioro en la recuperación económica.

En cuanto a los precios, la tasa de variación anual del IPC de febrero se sitúa en el 7,6 %. Y lo que es peor, han aumentado diversos productos básicos que tienen un gran peso específico en la cesta de la compra. En concreto, en los últimos doce meses, se incrementa la luz un 80%, la gasolina el 52 %, y el butano el 30%. Además, destaca el incremento de la alimentación (5,6%) que en los hogares españoles es más importante que los energéticos sobre todo en las rentas de menor nivel adquisitivo, y, por contrapartida, en los hogares de mayor nivel adquisitivo es relativamente menos importante.

En conclusión, la situación actual puede ser un buen punto de partida y una oportunidad para replantearse nuestro actual modelo energético y de alimentación. “Europa ha cambiado bajo el impacto de la pandemia. Cambiará más rápido y más fuerte bajo el impacto de la guerra”. Con estas palabras, Emmanuel Macron inició la cumbre informal de dos días de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, en Versalles, los días 10 y 11 de marzo. No le falta razón, la invasión de Ucrania hace la transformación del modelo económico en Europa más urgente y más pertinente que nunca.

Vicente Castelló Roselló es Profesor Universidad Jaume I y miembro del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local