Ucrania reivindica Europa frente al parricidio de Rusia

Putin y la pandemia van a hacer avanzar la construcción de la UE más que las décadas de crecimiento y prosperidad

La desgraciada invasión de Ucrania por el ejército de Rusia quizás constituya la mayor reivindicación histórica de la cultura europea, del régimen de derechos y libertades que gozamos los ciudadanos de la Unión Europea. El parte de guerra de este miércoles resumía el marco mental en el que estamos: Rusia bombardea una maternidad en Mariupol mientras niños ucranianos entran en escuelas españolas. El extremo occidental de Europa ofrece el futuro que les arrebata su país vecino, el que nació de las propias entrañas de Ucrania.

El origen de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, el gran aliado de Vladimir Putin en esta guerra, parte del mismo tronco, la fundación de la Rus de Kiev en el 867 por el vikingo Oleg de Nóvgorod. Unas raíces milenarias que han llegado hasta hace cuatro días, hasta el 8 de diciembre de 1991. Ese día, los presidentes de las repúblicas soviéticas de Rusia (Boris Yelsin), Ucrania ( Leonid Kravchuk) y Bielorrusia (Stanislav Shushkévich) se reunieron en secreto y firmaron el pacto de Belavezha que supuso el fin de la URSS.

Aunque parezca increíble, la URSS creada diciembre de 1922 por estas mismas regiones y la Transcaucasia sobre las bases de la revolución rusa de 1917, fue disuelta con una llamada de teléfono del presidente Bielorruso a Mijail Gorbachov. El padre de la perestroika lo calificó de golpe, pero terminó dimitiendo pocos días después, el 25 de diciembre.

Vladimir Putín, que dicen es un estudioso de la historia de su país, debió pensar que podía anexionar Ucrania de la misma manera que disolvieron la URSS, sin un disparo, con una llamada de teléfono. Sin embargo, todo ese pasado en común entre las dos ex repúblicas, toda la sangre mezclada entre las familias rusas y ucranianas han sido un argumento insuficiente para que el gobierno de Ucrania y sus ciudadanos se rindan ante la oferta del pariente Putin. Han preferido lanzarse al exilio y a las armas antes que dejarse arropar por el negro manto de la dictadura rusa.

El 25 de diciembre pasado se cumplió el 30 aniversario de la independencia de Ucrania. En ese tiempo, los ucranianos han ido viendo las ventajas de Occidente, a donde han migrado millones de sus conciudadanos en estas décadas, y las desgracias que le provoca el Oriente ruso, con ocupaciones, como la de Crimea, o fomentando enfrentamientos armados como la guerra del Dombáss.

Vladimir Putin, en cambio, no tenía nada que celebrar el pasado diciembre, por eso ya había acumulado fuerzas militares en la frontera con Ucrania. Sigue sin entender quién empujaba el muro de Berlín cuando cayó el 9 de noviembre de 1989. No le cabe en la cabeza que los que se sintieran liberados fueran los alemanes de la mal llamada República Democrática Alemana, la del Este, donde él vivía entonces trabajando para el KGB. Con la caída del muro se puso fin a la guerra fría entre los países integrantes de la OTAN y los del Pacto de Varsovia, los clubs liderados por Estados Unidos y la URSS, pero con consecuencias muy diferentes en ambos lados.

Los hechos han demostrado que aquel muro de alambre y espino que partía Alemania en dos era el anclaje del llamado Telón de Acero, de los regímenes comunistas que gobernaban los países al este de Alemania y la propia URSS. En menos de dos años quedó desmontado todo el entramado soviético y para sorpresa del Kremlin, sus antiguos socios del Pacto de Varsovia se pasaban en un goteo sin fin a la OTAN. En 1999, diez años después de caer el muro, Polonia, Hungría y República Checa, se incorporaban a la alianza; Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y las tres repúblicas bálticas, en 2004; Albania y Croacia, en 2009; Montenegro, en 2017, y Macedonia del Norte en 2020. En paralelo, se iban integrando en la Unión Europea. En 2004, Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia y Lituania; en 2007, Rumanía y Bulgaria, y en 2013 Croacia.

Vladimir Putin sigue sin entender que este movimiento imparable de rechazo del modelo cultural ruso y abrazo de la civilización occidental se está construyendo desde la propia voluntad de los ciudadanos y sus gobiernos. ¡Si los propios jerarcas rusos enriquecidos por Putin no quieren vivir en su país!

El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, rechazó la oferta de su colega ruso, conociendo los deseos de su pueblo, e inmediatamente no sólo ha pedido el amparo de la OTAN si no la integración en la Unión Europea. Sabe, que la paz y la prosperidad van de la mano de Europa y lejos de esta Rusia. Europa no es sólo la cuna de la civilización occidental y de la democracia, es la zona del mundo con menor desigualdad social, con mayor estado del bienestar, con más derechos y libertades, en definitiva.

El órdago lanzado por Putin ha puesto en armas a los ucranianos y ha unido más que nunca a los europeos, que ahora ven cómo la teórica amenaza rusa trae muerte y cómo la ayuda de Estados Unidos es insuficiente, aun siendo determinante. Polonia y Hungría, que se habían convertido en dolor de cabeza para Bruselas, están volcadas en ayudar a los exiliados de Ucrania, algo impensable hace semanas.

La respuesta a la pandemia del coronavirus de 2020 supuso un salto cualitativo en la integración económica de la UE. Dejó atrás el palo y tente tieso de la crisis de 2008 con el sur y trajo la generosidad de los países más ricos y un respaldo impensable del BCE. Ahora, la respuesta al parricidio en masa de Putin va a provocar un avance en la creación de un sistema de defensa europeo. Países que tenían a gala su neutralidad y un cierto antimilitarismo, porque ese era el espíritu de sus ciudadanos, como Suecia y Finlandia, quieren entrar en la OTAN. La historia reciente demuestra que la construcción de la UE da sus mayores avances en respuesta a los grandes retos.

 Aurelio Medel es Doctor en Ciencias de la Información. Profesor de la Universidad Complutense