China y el espejo de Evergrande

Las burbujas inmobiliarias proceden a menudo de invertir en producción sin mercado y en infraestructuras innecesarias

A todos nos viene ahora a la cabeza la crisis de una empresa conocida ahora, desconocida antes por la mayoría, –Evergrande–, con un problema de sobre endeudamiento producido por una burbuja inmobiliaria en el sector de la construcción e inmobiliario, y que está teniendo las consecuencias por todos conocidas que se derivan directamente hacia toda la cadena del valor del sector. Así su situación está afectando a proveedores de materiales de construcción, de ventanas, puertas, cableado, y de toda la red de subcontratación que realiza las obras, por no hablar de las conexiones con la comercialización de las viviendas o del ineficiente uso de los recursos financieros. Los créditos que serán fallidos y obligarán a inyecciones de capitales en las entidades financieras partícipes, que deberán aceptar las quitas reales, y en términos financieros, al final serán también reales, consecuencia del uso de dichos recursos en un sector que no daba los rendimientos esperados hace mucho tiempo, que ya no encontraba compradores, sino en la adquisición de vivienda con finalidad de inversión, o simplemente ni eso, quedando los inmuebles vacíos, fueran viviendas, oficinas o polígonos industriales, por el simple desarrollo urbanístico.

Todo ello, ha continuado, como suele pasar en estos casos, por inercia administrativa, empresarial y política, nada diferente –aunque el tamaño sea diferente– de determinadas crisis inmobiliarias que vivimos en algunos países de Europa, y todo con la vinculación a la financiación de las autoridades municipales, cantonales y provinciales, y los intereses espurios vinculados a las recalificaciones de terrenos, que se sobreentienden como propios de una “maquinaria de intereses creados que vincula sectores, partido y administraciones públicas”. Nos preguntamos de dónde proceden al final la formación de estas burbujas inmobiliarias: o de inversión en producción que no tiene mercados, ¿o quizá de invertir en infraestructuras innecesarias?

Estos desequilibrios se han ido acumulando, pero se podían haber manejado con mayor facilidad de lo que se puede en el presente y se podrá en el futuro. Mientras se obtenían tasas de crecimiento de dos dígitos, la emigración masiva de poblaciones del campo a la ciudad ponía a disposición de los fabricantes ingentes y casi inagotables fuentes de mano de obra, de forma que su retribución era muy insuficiente, pero constituyó la principal fuente de soporte del desarrollo de las últimas décadas; lo que se llamó el dividendo demográfico. Este efecto ha conllevado por extensión y conversión al envejecimiento de la población con sus costes asociados, lo que nos lleva a decir sin duda alguna que China será vieja antes de ser rica, aún y a pesar de sus mejoras en la renta en términos de paridad de poder adquisitivo, que no lo son tanto en términos reales.

El exceso de ahorro, que se traducía en depósitos escasamente retribuidos, en muchos casos negativos en términos reales, que la milenaria sabiduría del pueblo chino dejaba para su futura vejez, los estudios del hijo, la vivienda familiar, aunque fuera en la provincia de origen o necesarios para una futura enfermedad, tuvieron como consecuencia la falta de una provisión adecuada de bienes públicos, que aunque llegó a mejorar de forma impresionante, no alcanzó a todos los niveles, y llevó a hacer uso de ese ahorro con una imprevisible ligereza en la asignación del crédito.

Esa disponibilidad inmensa del componente ahorro del PIB y del factor trabajo, llevó a un exceso en otros tres componentes: la inversión, ya en muchos casos ineficiente en sectores productivos, infraestructuras e inmobiliario; la exportación, con excesiva dependencia de los mercados exteriores ante la falta del interior por la escasez del consumo que provocaba el exceso de ahorro; y las importaciones, que alimentan las necesidades de la cadena de producción exportadora, y que en muchos casos distorsionan los precios de las materias primas internacionales, hunden sectores enteros en los mercados exteriores por los bajos precios en las compras y por políticas de dumping y otras distorsiones del comercio internacional, con tal de conseguir las cuotas de mercado, alimentadas por políticas estatales.

Por tanto, los actores, consumidores, empresas, en particular las SOE, y administraciones públicas surfearon la ola de crecimiento que daba disponer de un país en las condiciones de China en estas décadas, con mercados internacionales abiertos, en particular desde su incorporación a la OMC, y con el interés de los inversores extranjeros, que daban capital con sus inversiones directas, tecnología y know how, haciendo buenos negocios, y prestando los mercados, hasta un punto en que los excesos, como pasa en economía siempre, se convirtieron en desequilibrios y los desequilibrios en problemas que gestionar, porque eran burbujas inmobiliarias, sobrecapacidad en muchos sectores productivos y exceso de desarrollo de infraestructuras.

Las administraciones públicas proveían la tierra, expropiada en condiciones ventajosas a los agricultores, previa recalificación y con las consiguientes consecuencias de enriquecimientos ilícitos y mala asignación en la distribución de la renta, hasta convertir China en uno de los países con mayores desigualdades del mundo. Mientras tanto, se dotaban de las infraestructuras necesarias en forma de puertos, aeropuertos, autopistas, metros, trenes de alta velocidad, recintos feriales, suelos urbanos sin límite, etc., que desde hace tiempo han dejado en muchos casos de ser eficientes en el uso de los recursos, fomentando una mala asignación, afectando a la baja a la productividad de los factores, distorsionando la relación de intercambio y consumiendo reservas acumuladas.

¿Y qué ocurrió para que China haya llegado a verse envuelta en las burbujas que se decía que no estallarían? Pues simplemente que la historia nos demuestra que la economía siempre tiende al equilibrio, busca el equilibrio corrigiendo los excesos que el ser humano genera, con un comportamiento en muchos casos adecuado, pero que se torna excesivo transcurrido un tiempo y cuya barrera es realmente difícil de delimitar.

Sería excelente poder destinar los esfuerzos de la sociedad china a su transición económica y social, alcanzando un nivel de vida razonable para una gran amplitud de su población, renunciando a objetivos innecesarios, y generando confianza en la comunidad internacional mediante la necesaria transformación social, que solo el admirable pueblo chino y sus autoridades deben guiar.

Rubén García-Quismondo es Socio director de Quabbala, abogados y economistas