El 'rainmaker' Albert Rivera

El exdiputado trasladó el desencuentro con Martínez-Echevarría a los medios sin respetar los códigos del sector de la abogacía

 Una imagen de Albert Rivera, hasta ahora presidente ejecutivo del despacho Martínez-Echevarríarn
Una imagen de Albert Rivera, hasta ahora presidente ejecutivo del despacho Martínez-Echevarría

La semana pasada el sector legal recibió con cierta sorpresa la noticia de la precipitada marcha de Albert Rivera y de su segundo de a bordo, José Manuel Villegas, del bufete Martínez-Echavarría. Ambos habían recalado en el mismo tras su abrupta salida de Ciudadanos, consecuencia de la por todos bien conocida debacle sufrida por dicho partido en las elecciones generales celebradas el 10 de noviembre de 2019.

Y digo cierta sorpresa porque no creo que haya nadie en el sector jurídico que no percibiera en su día el elevado riesgo que el fichaje entrañaba para ambas partes. El aterrizaje de dos extraños sin experiencia relevante previa en el mundo jurídico, nula en lo que al particular y endogámico universo de los grandes despachos se refiere, no podía sino entrar de lleno en la categoría de órdago.

Cualquiera que haya formado parte durante el tiempo suficiente de una gran firma de abogados sabe a la perfección lo extremadamente difícil que resulta para los lateral hires, esto es, los socios ya experimentados que saltan de una firma a otra, conseguir ser aceptados por el nuevo ecosistema al que pretenden integrarse.

Por una parte, todos aquellos que ya estaban en la organización, en especial aquellos con cierta seniority (antigüedad), observarán con recelo al recién llegado. Dará lo mismo el renombre, la fama o los méritos previos. El socio recién llegado es un tapón. Tremendo doble tapón en este caso. Se truncarán se forma abrupta promociones esperadas y se alterarán dinámicas internas ya consolidadas, postergándose a quienes con derecho consideran que han sido ellos quienes han hecho crecer al bufete.

Por otra parte, los promotores del audaz movimiento necesitarán que de forma casi inmediata sus fichajes rindan. Al novato se lo juzgará de manera inmisericorde y sólo saldrá indemne si concurre una de las dos circunstancias siguientes: o bien demuestra ser una eminencia técnica (que no era el caso ni se pretendía que lo fuese), reforzando áreas de conocimiento necesitadas de ello; o el recién llegado resulta ser un magnífico generador de nueva facturación para la firma, de manera que todos se beneficiarán de su impulso.

Ésta era, a todas luces, la idea. No podía ser otra. Rivera fue fichado como rainmaker (persona que hace caer la lluvia econónica), capaz de atraer nuevos clientes y nuevos asuntos de tal calado que la apuesta fuera rentable y reforzara a su vez la imagen de marca de Martínez-Echevarría. Al parecer, no ha sido el caso. Pero ¿de verdad alguien pensaba que era posible que lo fuera, y, mucho menos, sin haber transcurrido ni dos años de andadura? No hace falta ser muy observador.

A cualquier fichaje en el ultra-competitivo sector de la abogacía de élite se le concede, como mínimo, un año de gracia y, en algunos casos, hasta dos y tres, hasta que consiga trasladar una previamente contrastada cartera de clientes a su nueva casa.

¿Cómo lo iba a lograr alguien que nunca antes había tenido cartera alguna? Seguro que en Martínez-Echevarría eran conscientes de ello y por eso suscribieron un acuerdo a cinco años, pero es ahí donde entran en juego las resistencias internas de aquellos abogados de la casa que ven valorado su desempeño de manera casi mensual y que observan cómo dos neófitos cobran mucho más que ellos produciendo menos.

Esta tensión resulta en un imparable efecto dominó que lleva a los responsables del fichaje a comenzar a pedirles a los fichados resultados tangibles, probablemente aplicándoles las típicas medidas de presión, tales como la no concesión de la remuneración variable. La tormenta perfecta estaba servida. Arrinconar a quienes no tienen posibilidad de cumplir con lo que les piden, al menos a corto plazo, no puede más que derivar en una reacción virulenta.

Sin embargo, el bufete no supo verla venir. Por rápida y por impropia del hábitat al que están acostumbrados. Originarios de un mundo, el de la política, en el que todo se analiza bajo la luz pública, Rivera y Villegas trasladaron el desencuentro a los medios en lugar de respetar los códigos de un sector que, salvo en contadas excepciones y con resultados negativos, siempre lava sus trapos sucios puertas adentro.

Lo que vaya a ocurrir a partir de ahora nadie lo sabe, pero no beneficiará a buen seguro a ninguna de las partes implicadas, que habrán hecho partícipes, otorgándoles calidad de fiscales y jueces, a personas desconocedoras de las circunstancias que rodean al caso e incluso ajenas al sector, empañando innecesariamente la imagen de alguien como Albert Rivera cuya “productividad muy por debajo de cualquier estándar razonable” le perseguirá durante un tiempo arrogándole una injusta imagen de vago cuando de lo que se trataba todo el tiempo era de hacer llover, no de meter horas.

Javier Vasserot, abogado y escritor. Autor de El Juego de las Élites

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