¿Por qué sigue fracasando el teletrabajo en España?

Lo único que explica el retraso en la adopción del trabajo a distancia en nuestro país es la cultura presentista instalada en la mayoría de los empresarios

Hace dos años me pregunté en este mismo medio por qué fracasaba el teletrabajo en nuestro país. Desde aquella reflexión, publicada a escasas fechas de la explosión de una pandemia mundial, se ha generado alrededor del trabajo a distancia un debate institucional, empresarial, sindical, legal, laboral, económico y social que pocos hubiesen imaginado. Sin embargo, después de tsunamis de tinta y una panoplia inabarcable de debates, pocos responden con contundencia la pregunta clave: ¿está calando, de verdad y para siempre, el teletrabajo en España?

Un ojo inexperto podría decir que sí, que el teletrabajo está triunfando en nuestro país. Hay datos que confirmarían esta impresión. Se ha pasado del 8,3% de teletrabajo sobre el total de ocupados de 2019 al 13,6% de 2021; estaríamos ante algo más de un millón de nuevos trabajadores a distancia (aunque ya muy lejos de los 3,5 millones del periodo de confinamiento domiciliario de 2020). De hecho, el 55% de los nuevos teletrabajadores lo son a causa de la pandemia. Sin embargo, este análisis tan superficial ocultaría una realidad mucho menos prometedora.

La trayectoria que dibuja el teletrabajo desde el inicio de la pandemia en claramente a la baja. Tanto en porcentaje como en volumen, el trabajo a distancia ha ido perdiendo adeptos de forma paulatina. Hoy, teletrabajan casi un millón de personas menos que hace un año. Un descenso que se acentuará a medida que la pandemia se convierta en endemia, hasta el punto de amenazar con quedarse en niveles muy cercanos a los de 2019.

Otra muestra de cómo el teletrabajo continúa siendo una asignatura pendiente en nuestro país es la comparativa internacional. Antes del Covid, España se situaba en el puesto 21 en Europa, en cuanto a seguimiento de teletrabajo y nuestro diferencial con la media de la UE se cifraba en un 6% menos. Un año después, apenas nos situamos en el puesto 18 y hemos recortado medio punto con la media europea. La expectativa de que el teletrabajo había llegado para quedarse se diluye, se mire por donde se mire.

Toma así de nuevo protagonismo la pregunta inicial. ¿Qué motiva esta aversión al trabajo a distancia en España? Se podría argumentar que es una modalidad mal recibida por los trabajadores, pero los datos van en la dirección contraria: la valoración media del teletrabajo entre los empleados supera el 8 sobre 10 (INE). Es difícil encontrar algún elemento en nuestra sociedad que concite tal aprobación. El valor de esta nota es más sobresaliente, si cabe, si se tiene en cuenta que las personas trabajadoras reconocen sus desventajas –un 82% lamenta el aislamiento social que puede producir, un 61% denuncia la dificultad para desconectar y hasta casi la mitad critica la sobrecarga de trabajo– pero las sitúan por debajo de sus ventajas: evita desplazamientos innecesarios –95% de los preguntados– y facilita la autogestión del tiempo de trabajo y la conciliación –87%–.

Otro de los argumentos para justificar esta baja adopción del teletrabajo en España se relaciona con la fisonomía de nuestro tejido productivo, muy orientado a servicios de atención presencial (turismo, restauración u hostelería). Pero se trata de una explicación sesgada. El INE confirma que hasta un 35% de nuestra fuerza de trabajo podría teletrabajar, puesto que así se lo permitiría su actividad laboral. Tenemos un margen de mejora de más de veinte puntos, lo que sumaría otros cuatro millones de teletrabajadores a esta modalidad de prestación laboral. Cifras que, por gruesas que parezcan, son habituales entre nuestros vecinos europeos: Francia y Alemania superan ampliamente los ocho millones de personas trabajando a distancia; Portugal, Eslovenia o Malta, economías también con un PIB fuertemente vinculado al turismo, superan ampliamente nuestros porcentajes de teletrabajo.

El fracaso del teletrabajo, aunque nos incomode, proviene del mundo de la empresa, que muestra una resistencia numantina a su implantación. El INE vuelve a darnos la clave: a un 36% de los trabajadores se le prohíbe teletrabajar, a pesar de que su actividad laboral pueda realizarse a distancia. Un veto que las propias compañías confirman: la mitad de las empresas españolas no permiten el teletrabajo, una cifra que aumenta hasta el 79% en el caso de las firmas con menos de 10 empleados. Son tales los impedimentos que, puestos con teletrabajo nativo por definición, como el de los perfiles TIC, sufren hasta un 60% de presencialidad obligatoria. Un sinsentido que alcanza hasta el 18% de las empresas tecnológicas españolas.

Entonces, ¿qué motiva tal rechazo por parte de las empresas? Una de las alegaciones más repetidas es la de los costes que, en teoría, supone el teletrabajo. Otra muy recurrente es la que gira alrededor de la ley del trabajo a distancia, que algunas voces tildan de innecesaria. Dejando aparte la inconsistencia del primer argumento (mal futuro tiene una compañía a la que un ordenador portátil y un coste mensual asociado le supone un quebranto económico), la segunda contrae una incongruencia difícil de asimilar cuando se esgrime la inseguridad jurídica como aspecto clave para hacer negocios. Ni una ni la otra justifican el veto empresarial al teletrabajo.

En conclusión, lo único que parece explicar el retraso de España en la adopción del teletrabajo es la cultura presentista instalada en una gran mayoría de empresarios, típica de otra sociedad y siglo. Un hecho constatable por los datos y las percepciones de millones de trabajadores. Una forma de entender el mercado de trabajo que difícil casará con la retención y atracción del talento (especialmente el femenino en las empresas TIC), con la necesaria mejora de nuestra productividad y que empujará – otra vez– a nuestra juventud a buscar trabajo allende nuestras fronteras.

José Varela es Responsable de Digitalización de UGT