El mundo a diez años vista

Es importante centrar el análisis en los cambios de la próxima década para poder posicionarnos donde se producirá el crecimiento y la creación de valor

La mayoría de las personas sobreestiman lo que puede suceder en un año y subestiman lo que puede suceder en diez años. Esta frase de Bill Gates podría perfectamente aplicarse a la inversión en Bolsa y los retornos esperados de la misma. Cada año, a comienzos del ejercicio, a los gestores de fondos se nos pregunta por nuestras predicciones sobre lo que podrá pasar en los próximos 12 meses. Es una tarea útil para analizar la situación en la que nos encontramos y el ¿hacia dónde vamos? Sin embargo, probablemente sea más revelador e importante intentar hacer ese ejercicio para la próxima década. Pues solo de ese modo conseguiremos centrarnos en lo que realmente importa, los factores que van a determinar las grandes evoluciones y revoluciones, para abstraernos del ruido y de las dinámicas con patas cortas, y así saber posicionarnos donde se producirá el crecimiento y la creación de valor de forma sostenida en el tiempo.

¿Cómo será el mundo en 2032? Comenzando desde lo más preocupante, muchos analistas geopolíticos y reconocidos inversores cada vez dan más probabilidades a un escenario de desestabilización en Occidente. Esta visión se basa en una continuada polarización y fragmentación política de las democracias, dadas las injerencias de ciberataques y manipulación de la opinión mediante fake news en redes sociales. La cada vez mayor brecha social y desigualdad económica supondrá una retracción del liberalismo, sirviendo de pretexto para un mayor intervencionismo y planificación central. Sin embargo, los Estados no podrán seguir financiando un desenfrenado gasto público, pues los bancos centrales, quienes les compraban la deuda a comienzos de la década, habrán agotado todas sus bazas. Las economías desarrolladas se verán sumidas en una altísima deuda que hará de mecanismo desestabilizador, fomentando el declive económico y la inestabilidad financiera. Desmentidas las teorías del MMT y queriendo evitar una japonización, los países de Occidente se enfrentarán finalmente a la ineludible necesidad de respetar una disciplina presupuestaria y monetaria, que les permita no solo no seguir incrementando la deuda en su balance, sino incluso comenzar a reducirla, afectando de lleno al crecimiento económico potencial, ya de por sí duramente herido por las dinámicas demográficas.

El mundo habrá sido testigo del imparable ascenso de China al trono de la hegemonía mundial. La trampa de Tucídides se materializará en un cada vez mayor antagonismo chino-estadounidense. China habrá absorbido Hong Kong, Macao, parte de Bután y Taiwán, así como un control absoluto sobre el mar de China Meridional. Estados Unidos habrá perdido mucho peso en el tablero comercial internacional, en pro del aumento de la influencia de China. Poderes como Rusia aprovechan la debilidad de Occidente para subir la tensión geopolítica en cuanto al dominio de recursos naturales. La economía china dejará de considerarse una economía emergente, y como tal, normalizará sus tasas de crecimiento del PIB en niveles más moderados.

Sin embargo, dentro de este lúgubre panorama, Estados Unidos y Europa seguirán liderando el mundo en muchos campos de innovación y desarrollo. La digitalización, automatización y robotización será la nueva normalidad de una economía en la que solo podrán sobrevivir sin invertir en dichas megatendencias pequeños negocios estrictamente locales. El resto de los negocios tradicionales habrán quedado fuera de juego por no haber sabido adaptar a los nuevos tiempos. Las compañías norteamericanas seguirán dominando áreas tan importantes como el cloud computing o la inteligencia artificial, que unidos a la robótica, serán la única solución viable al grave problema de escasez de trabajadores al que se enfrentarán unas sociedades cada vez más envejecidas. La exponencialidad del crecimiento de tráfico de datos y de aparatos conectados a internet nos harán vivir en un mundo hiperconectado, en el que las máquinas serán capaces de realizar transacciones entre sí. La robótica entrará en los hogares para facilitarnos las tareas domésticas, y los vehículos estarán alta o totalmente automatizados; su componente más valioso habrá dejado de ser el motor, será el software que llevarán incorporado.

La realidad virtual y el metaverso serán el nuevo campo de juego para las comunicaciones, el consumo, el entretenimiento y el ocio. Esta evolución de las redes sociales creará un nuevo ecosistema, una completa nueva economía digital con cabida al comercio de bienes puramente digitales (criptoactivos tipo NFT), pero también de productos reales, como la ropa que recibiremos en casa vía ecommerce después de que un avatar con nuestras exactas medidas se la haya probado previamente en un probador virtual. Esta revolución dará un papel todavía más protagonista a los videojuegos, la publicidad online y a la ciberseguridad. Europa habrá liderado en el crecimiento de lo sostenible con el medio ambiente. Habremos dado pasos de gigante en la descarbonización de la generación eléctrica y el transporte. Seremos pioneros en iniciativas efectivas de economía circular. La investigación en novedosos nanomateriales y biomateriales habrá permitido una reducción significante en la fabricación de plásticos y otros residuos difíciles de reciclar. El desarrollo de baterías más duraderas y de pilas de hidrógeno acercará la posibilidad de descarbonizar sectores como el transporte aéreo o naval, así como la reducción de emisiones en refinerías, altos hornos y calderas industriales.

Otro sector en el que Europa tendrá mucho que decir es en el de la salud. Un evidente envejecimiento poblacional, sumado a la superación de la pandemia C-19 de comienzo de década, hará del sector sanitario un vergel en I+D+i gracias a la inversión pública y privada. Veremos sin duda avances muy importantes en campos como el de la cirugía robótica en remoto o el de la edición genética y nanomedicina, mientras que innovaciones actuales como las vacunas mRNA o la monitorización a través de biosensores y big data del estado de salud físico y mental se habrán consolidado.

En definitiva, durante los próximos 10 años viviremos una etapa de la historia que no estará desprovista de desafíos para Occidente, pero del mismo modo plagada de oportunidades que sin duda alguna vendrán de la mano de la innovación científica. Independientemente de las fuerzas que dominen en ese nuevo contexto, las mejores inversiones para la próxima década residen en la economía que está por llegar.

Lucas Maruri es Gestor de renta variable en Gesconsult