Los peligros para la salud de la democracia

El índice elaborado por ‘The Economist’ a principios del año pasado mostraba un empeoramiento a nivel mundial de la democracia en 2020

A falta de conocer los datos de 2021, y teniendo en cuenta la suspensión de las libertades civiles que ha provocado la pandemia, la situación no apunta al optimismo

Calidad dela democracia en el mundo Pulsar sobre el gráfico para ampliar

A inicios de 2021, The Economist lanzaba una nueva edición de su índice sobre la democracia. Se trata de un análisis para medir la salud de la que goza este tipo de sistema político a lo largo y ancho del mundo basándose en cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del Gobierno, participación ciudadana en la política, cultura de la democracia y libertades civiles. Dejando fuera de la lupa solo a algunos microestados, 165 países que albergan a la práctica totalidad de la población mundial son sometidos anualmente a este particular chequeo. En aquel entonces, la publicación del informe diagnosticaba que el virus no solo pasó factura a la salud de las personas, sino también a la de la propia democracia.

“En 2020, por primera vez desde 2010, las puntuaciones medias a escala regional empeoraron en todas y cada una de las zonas. Hace una década el motivo de ese empeoramiento fue la desa­fección con los Gobiernos y un colapso en la confianza en las instituciones motivado por la crisis económica. Contrastando con eso, la regresión democrática mundial de 2020 fue debida a las medidas adoptadas por los Gobiernos para afrontar la pandemia, que resultaron en la suspensión de las libertades civiles para poblaciones enteras durante largos periodos de tiempo. En todo el mundo, los ciudadanos experimentaron el mayor retroceso de libertad individual jamás llevado a cabo en época de paz y, quizás, incluso en época de guerra”, detallaba el documento.

A falta de publicarse una nueva edición del análisis que tenga en cuenta 2021, no parece que haya demasiado espacio para el optimismo. Si bien ya los confinamientos masivos parecen cosa del pasado en Occidente, todavía perduran medidas como el pasaporte Covid y asoman nuevas como la vacunación obligatoria que también limitan la libertad individual. Por lo pronto, y según los últimos datos disponibles, la humanidad está completamente dividida. Un 49,4% de la población vive en regímenes democráticos, mientras que el resto lo hace en países autoritarios. Solo un 8,4% de la población tiene el privilegio de vivir en democracias consideradas plenas por el índice. Y tal y como demuestra la caída de Francia de esa categoría en el año 2020, los privilegios se pueden perder.

La quiebra democrática

Javier Moreno Luzón, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense de Madrid, lanza una advertencia antes de entrar en materia: “Generalizar sobre la crisis de la democracia resulta difícil, vivimos en un mundo muy heterogéneo y el asunto es demasiado complicado”. Dada la dificultad de la tarea, el experto remite a la obra de Juan J. Linz, “probablemente el mejor científico social español del siglo XX”. Linz estudió la quiebra de los regímenes democráticos, sobre todo, en el periodo de entreguerras. “Aunque la historia no se repite, nos sirve para reflexionar”, dice Moreno.

“Linz señalaba dos factores fundamentales cuya presencia hacía más probable esa quiebra de la democracia: la ausencia de legitimidad, de apoyo al régimen democrático por parte de la opinión pública y entre las principales fuerzas políticas de cada país; y, en segundo plano, la falta de eficacia y efectividad, de capacidad de los Gobiernos democráticos para resolver los problemas de la ciudadanía”, resume.

Hoy en día otros modelos alternativos a la democracia liberal presumen de eficacia a la hora de afrontar problemas de su población. Un ejemplo de esto sería el autoritario esquema chino. “Predica una especia de partido único, pero no parece muy popular fuera de China. Más partidarios tiene la llamada democracia iliberal, que respeta marcos legales aparentemente democráticos pero luego socava algunos de sus fundamentos, como el respeto a los derechos y libertades individuales o la separación de poderes”, asevera Moreno.

“Linz introducía un concepto interesante: es peligroso para la democracia que existan partidos y movimientos políticos no ya desleales con el sistema, partidarios de otros modelos alternativos, sino semileales al sistema. Es decir, que solo acepten las reglas cuando les favorecen a ellos. Creo que el caso norteamericano, de la mano del trumpismo que se ha adueñado del partido conservador, resulta muy claro: los semileales solo aceptan las elecciones cuando ellos las ganan”, prosigue.

Moreno razona que en muchas ocasiones los peligros para las democracias liberales, de una forma o de otra, proceden de cosmovisiones nacionalistas y populistas, en las que un partido o movimiento, un líder, se considera a sí mismo el único representante legítimo de la patria o del pueblo y por lo tanto ve a los adversarios como traidores a esos organismos sagrados a los que rinde culto. “Esta es, a mi juicio, la raíz de gran parte de las amenazas que hoy se ciernen sobre las democracias”, opina.

Peligro en el desconcierto

El desconcierto provocado por la sensación de que los Gobiernos han ido dando palos de ciego frente a la pandemia tiene la culpa de un desprestigio de la democracia a ojos de José Luis Fernández, doctor en Filosofía y director de la Cátedra de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas. No obstante, no es ni mucho menos el único problema que detecta el filósofo. “El gran drama es pensar que todo está mal y que la causa es el sistema. Cuando alguien dice que da igual que sea un Gobierno o que sea otro, que son todos lo mismo, eso es injusto. Además, es una falacia. Los que mantienen ese discurso no lo hacen por casualidad, es porque les interesa que se compre el relato del catastrofismo”, afirma.

Según Fernández, una vez caídos en el catastrofismo, la población empieza a pensar en sobrevivir, pero sin ilusión y sin entusiasmo. “Una sociedad sin ilusión y sin entusiasmo es una sociedad condenada al fracaso y a la masa. Los ciudadanos pasan a ser carne de cañón y de manipulación”. Y, precisamente, la manipulación es otro de los grandes problemas.

“El pueblo puede ser engañado. Existen potentes redes para mandar información inmediata y una falta de pensamiento crítico. Entonces tenemos sistemas en los que alguien es capaz de conseguir hacer lo que quiera sin rendir cuentas. Y si las da, solo es para sacar pecho. Como la gente no tiene capacidad crítica, compra el relato que le pongan. Es una cuestión peligrosa. Eso no solo atenta contra la democracia y el ejercicio del poder, sino que va a atentar contra algo más básico todavía, que es la libertad personal. Cuando se priva la libertad, la gente se convierte en una pieza de un rompecabezas que no es autónoma”, alerta.

Otro gran problema sería la polarización. Fernández dice que las diferencias son buenas y forman parte de un sistema democrático, pero que lo peligroso es ver al opositor como un enemigo, algo que ya estaría ocurriendo en la actualidad. Desde el punto de vista económico, la desi­gualdad de oportunidades, algo que se ha acrecentado a raíz de la pandemia, es el caldo de cultivo perfecto para otras de las amenazas que el experto destaca: el populismo y la demagogia.

El ecosistema

El filósofo hace una analogía. La democracia es un sistema complejo, con múltiples piezas, y requiere que todas funcionen en una cierta armonía o empezarán a surgir problemas. Por ejemplo, Fernández cita al libre mercado, la separación de poderes, la rendición de cuentas de los gobernantes y el respeto a los derechos humanos como algunos de esos elementos importantes en la ecuación global. Dentro de este ecosistema, la forma de pensar juega un papel importante. La ética imperante en las sociedades.

El filósofo menciona la ética imperante hoy en día en Occidente: el relativismo. Se trata de una corriente de pensamiento basada en la ambigüedad. Ante la falta de autoridades que sean capaces de delimitar claramente lo correcto y lo incorrecto, el relativismo llega a la conclusión de que no se puede llegar a una conclusión. Fernández lo describe como un pensamiento débil que nos dice que da todo lo mismo.

“Hay una línea de trabajo muy potente llamada axiología. La filosofía de los valores. Esta corriente defiende que hay cosas que tienen valor independientemente de que estén de moda o no lo estén. Esa filosofía estaba en auge hace cien años en Europa. Tenemos que volver a poner el subrayado en los valores, porque no todo da lo mismo. Hay cosas que valen y otras cosas que directamente son antivalores. Hace falta valentía y llamar a las cosas por su nombre. Volver a lo básico. Que las familias delimiten claramente lo que se puede y lo que no se puede hacer a los hijos, que en las escuelas se enseñe que el respeto es bueno y el no respetar es malo. Hay que volver a cosas muy básicas porque, si no, el relativismo que impera beneficia solamente a los que quieren enturbiar el agua para luego pescar”, reflexiona.

El experto no es optimista y reconoce que queda mucho trabajo por delante para garantizar la salud de las democracias. “Si se generaliza la apatía hacia la democracia tenemos muy complicado salir de esta. Ese estado de decepción en el que ha caído parte de la población, ese escepticismo solo beneficia a los gobernantes que piensan solo en sus propios objetivos. Hay que volver a hacer un ejercicio de pedagogía, fomentar el pensamiento crítico y que la gente distinga lo bueno de lo malo. La democracia está en peligro y además todos tenemos que entonar el mea culpa. Tenemos que ser ciudadanos, implicarnos, exigir y aportar lo mejor de cada uno de nosotros en todas las facetas de nuestras vidas. El mundo no se va a arreglar solo y dejarlo en manos de los poderosos de turno no es una buena política, porque ellos tenderán a mirar más por sus intereses que por el bien común”, concluye.

Una vieja preocupación

Polibio

La preocupación por el régimen de gobierno no es ni mucho menos nueva. Tiene miles de años. En Grecia, en el siglo II antes de Cristo, Polibio, historiador griego, analizó un total de seis sistemas de gobierno basándose en la obra aristotélica. De un lado, estaban tres organizaciones iniciales: la monarquía, la aristocracia y la democracia. Cada uno de esos regímenes llevaba aparejada una forma de posible degeneración del sistema. La monarquía, según Polibio, podía decaer hasta convertirse finalmente en una tiranía si el rey no actuaba bien; la aristocracia, en una oligarquía si los gobernantes de élite miraban más por sus propios intereses que por otra cosa, y la democracia, en la oclocracia o el gobierno de la muchedumbre.

Degeneración

En la concepción pura de la democracia, el pueblo toma partido en la política y va trazando un rumbo mirando en teoría por el bien común. En la oclocracia, muchedumbres, oclos en griego, marcan el rumbo a seguir en el conjunto de la sociedad pensando en su propio y exclusivo beneficio o en el de otros si son engañados. El filósofo José Luis Fernández responde a la pregunta de si hemos degenerado en este tipo de sistema.

Falsa sensación de libertad

Fernández argumenta que corremos el riesgo de caer en una falsa libertad en la cual, aunque creamos que estamos haciendo lo que queremos y pensando por nuestra cuenta, en verdad no sea así. “El estatalismo autoritario, y más ahora, el cibertotalitarismo que amenaza con venir, va a hacer que hagamos lo que quieran que hagamos y que encima estemos encantados de hacerlo. Entonces habremos degenerado en la palabra oclocracia. En ese régimen, el pueblo es tan vulgar, tan inculto y manipulable que le meten en vena el qué hacer”.

El antídoto

El doctor en Filosofía cree que se necesita una gran lucidez para no comprar absolutamente todo el relato de una parte. “El peligro es que nos convenzan de que ya estamos en el mejor de los mundos posibles, que la tecnología nos va a solucionar todos los problemas, que con la sostenibilidad seremos maravillosos. Si se compra el relato de que con ir a votar cada cuatro años ya está todo arreglado, entonces se habrá descafeinado un instrumento potente que es el que más sirve a la hora de organizar la sociedad para tratar de vivir bien”, advierte.

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