¿Logrará Macron impulsar la ‘soberanía europea’?

La visión del presidente francés parece orientarse no solo a potenciar

la hegemonía comercial de Europa, sino también la política

La Unión Europea (UE) se encuentra en una difícil encrucijada y el comienzo de un nuevo año es un buen momento para recordarlo. A su ausencia en las primeras posiciones de las listas de grandes empresas tecnológicas se une su debilidad frente a Estados Unidos o China y su dependencia energética de terceros países, incluyendo a la Rusia de Putin. Sufre el desafío del populismo en Polonia y Hungría y grandes dificultades para dar una respuesta coherente a la presión inmigratoria. Ese es el panorama al que se enfrentará Francia cuando el 1 de enero asuma la presidencia rotatoria semestral del Consejo de Ministros y, aunque esa posición no otorgue grandes competencias, ha hecho concebir esperanzas de que el relevo ocurra cuando un europeísta convencido ocupa la presidencia de la República francesa.

Macron desea aprovechar la oportunidad para impulsar lo que denomina soberanía europea, que entiende como un aumento de la capacidad de actuación europea en la escena internacional. Bajo ese concepto incluye un mejor control de las fronteras y la creación de un mecanismo de gestión política para el área Schengen, un refuerzo de la política común de defensa, ofrecer perspectivas claras de futuro en relación a la UE a los países de los Balcanes Occidentales, y una ambiciosa transición tecnológica y medioambiental. Nadie puede asegurar, sin embargo, que tras este discurso existan las condiciones que permitan avances concretos. El semestre coincidirá con la campaña de las elecciones presidenciales francesas y, anteriormente, otras gesticulaciones grandilocuentes ya ocuparon titulares de prensa sin mayor trascendencia posterior, como la refundación del capitalismo reclamada por Sarkozy durante la pasada crisis económico-financiera. Existe el riesgo de que simplemente se pretenda ahora dar cobertura europea a algunos movimientos unilaterales de la política exterior francesa.

Sin embargo hay motivos para alentar esperanzas, al darse una afortunada coincidencia con la llegada al poder en Alemania de una coalición semáforo marcadamente europeísta. El programa de gobierno de la coalición, un documento de 177 páginas, incluye una declaración sobre la soberanía estratégica de la UE y la intención de dar continuidad a las ideas surgidas de la actual Conferencia sobre el Futuro de Europa mediante un proyecto constitucional conducente a un Estado federal europeo. A este objetivo, aún lejano y utópico, contribuye la intención de aumentar el peso de las decisiones tomadas por mayoría en el seno de la Unión, frente a las que requieren un consenso pleno, en diversas áreas de política que incluirían las relacionadas con la defensa y la diplomacia internacional de la Unión. No hay que olvidar sin embargo que los políticos alemanes son mucho menos favorables que los franceses a la autonomía estratégica europea si por tal se entiende un alejamiento, siquiera relativo, respecto a Estados Unidos.

También en el terreno de la política económica aparecen discrepancias en el interior del potente eje franco-alemán, que se anotó un éxito importante con la aprobación del gran programa Next Generation EU para hacer frente a las dificultades económicas derivadas de la actual pandemia. El nuevo Gobierno alemán no desea garantizar que ese precedente de mutualización de la deuda pública de los países miembros vaya a convertirse en un rasgo permanente de la política fiscal europea. Es verdad que tampoco rechaza de plano la pretensión francesa de reformar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, pero insinúa que quizás este no requiera alteraciones dado que “ha funcionado con suficiente flexibilidad”. Afirmación correcta si por flexibilidad se entiende incumplimiento sistemático, que es precisamente una de las razones para reformarlo y simplificarlo. En cambio, el presidente francés no solo dirige un país cuyas finanzas públicas presentan una situación muy distinta a la de Alemania, sino que percibe los límites que el pacto establece como una losa que impide a Europa financiar planes ambiciosos de reconstrucción económica y de política exterior, a diferencia de China y Estados Unidos (entrevista en The Economist 7/11/2019). La coincidencia alemana con Macron es en cambio mayor frente a las actitudes de los Gobiernos de algunos países del Este que desafían los valores y las normas que han presidido la construcción europea.

¿Son coincidentes la soberanía europea planteada por Macron y la apuesta por el Estado federal europeo del nuevo Gobierno alemán? La visión del presidente francés parece orientarse hacia una concepción de la soberanía entendida como una potenciación del reconocimiento de la Unión Europea como agente con peso político y no solo comercial en la escena internacional, sin afectar demasiado al papel en otros órdenes de los Estados nacionales que la conforman. La perspectiva alemana, aun compartiendo las referencias a la soberanía, podría ser a la vez más federal en el plano interno y menos reactiva ante los retos exteriores agudamente percibidos por Macron.

La sociedad europea necesita percibir la utilidad de las políticas comunitarias para solucionar los problemas que le afectan, y lo cierto es que obtener avances significativos en las áreas destacadas por Macron es importante pero difícil. La integración europea fue una historia de éxito y avanzó con rapidez cuando la diversidad de preferencias entre los ciudadanos de los Estados miembros le otorgaba un impulso favorable: derribar las barreras al comercio intraeuropeo facilitaba a consumidores y empresas el acceso a una inusitada variedad de productos en un mercado común en continua ampliación, a la vez que el consiguiente aumento de la competencia inducía mejoras de productividad.

Pero cuando no se trata de vender frutas, automóviles, textiles o maquinaria industrial de diverso origen y características, sino de ofrecer bienes públicos como seguridad, defensa, protección frente al desempleo, salud pública o cooperación con terceros países, la diversidad de preferencias entre los electorados nacionales no juega a favor sino en contra de la integración, ya que la oferta de estos bienes por los poderes públicos debe adaptarse de algún modo a unas preferencias que pueden diferir mucho por razones históricas y culturales.

 Ernest Reig es profesor emérito de la Universidad de Valencia e investigador del Ivie