Mover la portería del carbono será una carga desgarradora

La acería de ArcelorMittal en Tarento, en el sur de Italia, es una muestra de las dificultades de la transición

Plantas acereras de la entonces Ilva en Tarento (Italia), en 2012.
Plantas acereras de la entonces Ilva en Tarento (Italia), en 2012. reuters

Al grupo siderúrgico Acciaierie d’Italia se le conoce por su antiguo nombre, Ilva, que llegó a ser sinónimo bajo sus anteriores dueños de contaminar la ciudad de Tarento y enfermar a muchos de sus 220.000 habitantes durante décadas.

La ciudad se enfrenta a la difícil “transición” energética. La palabra es un tanto eufemística, ya que elude el complejo, caro y socialmente desgarrador reto de dejar atrás el pasado mientras se avanza hacia un futuro verde y utópico. Donde las transiciones flaquean es en el medio, cuando la gente corriente tiene que hacer sacrificios extraordinarios.

En 1965, la estatal Ilva construyó un enorme complejo con capacidad para producir 10 millones de toneladas de acero al año para las crecientes necesidades industriales de Italia. Las décadas subsiguientes de mala gestión ambiental, primero por parte del Estado y luego de los dueños privados, dejaron un trágico legado del que la ciudad aún no se ha recuperado.

Si las empresas de países ricos como Italia no pueden reformar sus métodos, es difícil imaginar cómo será posible en India o China, donde el acero y el cemento llevan mucho tiempo representando el recorrido de la pobreza a la prosperidad.

Rinaldo Melucci, el alcalde de izquierdas elegido en 2017, ha convertido Ilva en el enemigo público número uno. A principios de año presentó una ordenanza para cerrar los altos hornos. La decisión contó con la amarga oposición del dueño de Ilva, ArcelorMittal, que está reduciendo su participación en un acuerdo con el Gobierno italiano. El Estado debería de tener la propiedad mayoritaria después de mayo si se cumplen ciertas condiciones.

A finales de junio, Ilva recurrió con éxito una decisión judicial que respaldaba la ordenanza, y pudo mantener los hornos funcionando. Pero la medida había resultado popular en muchos sectores. Los tarentinos son muy conscientes de que sin los hornos la economía se resentirá. Emplea en la ciudad directamente a unas 8.200 personas, y apoya a otras 9.000 de forma indirecta. Es el mayor empleador privado del sur del país. Y aunque Italia tiene menos de la mitad de trabajadores del acero –unos 35.000– que Alemania, el 90% de la producción se utiliza domésticamente, sobre todo en el norte. Alemania solo usa dos tercios de lo que fabrica.

Melucci lo entiende, y dice que la propuesta solo pretendía cerrar la parte más caliente de la planta. Pero habría acabado esencialmente con la capacidad para forjar acero nuevo, en lugar de reciclado. El alcalde apuesta por que el puerto de la ciudad de un millón de metros cuadrados, propiedad del operador turco Yilport, se convierta en portal logístico clave. Y también están los encantos naturales de la zona. “Otros lugares han dejado atrás su sucio pasado industrial, como Bilbao o Pittsburgh. ¿Por qué nosotros no? No podemos seguir siendo una colonia del norte, fabricando acero barato, mientras ponemos en grave riesgo la salud de nuestra gente.”

Esas ciudades experimentaron agobiantes tasas de paro cuando su industria y su acero se vieron aplastados por la competencia mundial, los precios de la energía y las luchas laborales. A lo largo de muchos y dolorosos años, consiguieron diversificar sus economías a través de diversas iniciativas regionales y nacionales, o en el caso de Bilbao, de la UE.

Pittsburgh (EE UU) se convirtió en un centro de I+D con un toque de creatividad, como el Museo Andy Warhol. El bilbaíno río Nervión fue declarado “ecológicamente muerto” en los ochenta. El paro pasó del 3% en 1975 al 25% en 1985. Gracias a un importante programa de renovación urbana, el desempleo de la región, en torno al 11%, es inferior a la media española.

El deseo de Melucci de rehacer Tarento es comprensible, pero difícil de cuadrar con las realidades económicas. También parecen ir en contra de las ambiciones de Mario Draghi de hacer de la transformación de la antigua Ilva una pieza central de su programa ambiental. El Gobierno ha dedicado unos 4.000 millones de su plan de recuperación a la modernización de las operaciones industriales, lo que incluye convertir la ex-Ilva en el mayor productor europeo del llamado acero “verde”. No solo es caro, sino que, por ahora, es en gran medida teórico. La producción de acero sigue siendo un negocio sucio.

Morselli, con un fuerte apoyo de Roma, tiene un plan. Paul Wurth, división de la alemana SMS, está diseñando las nuevas y más ecológicas fundiciones, mientras que la naval Fincantieri planea construirlas. Todo esto llevará tiempo, en parte porque algunas de las nuevas tecnologías aún no son operativas. En Italia no hay suficiente eólica o solar. Y aunque existen prototipos de una planta de hidrógeno verde, no hay ninguna instalación a gran escala en funcionamiento.

El proyecto tardará tres años en prepararse, y eso antes de instalar el nuevo equipo para rehacer el alto horno, lo que puede llevar otros cinco. La renovación de las fundiciones requerirá unos 500 millones, según un ejecutivo de Ilva, y otros 1.500 millones para el resto de las obras. Un alto cargo del Gobierno estima que la factura ascenderá a unos 4.000 millones.

Dadas las décadas de promesas mancilladas de Roma, los tarentinos desconfían. Acciaierie d’Italia ha empezado, después de años de ignorarlo, a patrocinar al club de fútbol de la ciudad –que juega en cuarta división– con 5.000 euros, pero los aficionados pisotean sus carteles publicitarios y la critican en las redes.

El alcalde dice que “si Europa no es capaz de poner a las personas por delante, no hay esperanza para la UE. El ser humano debe estar en el centro del desarrollo económico. Es una cuestión nacional y global, no solo local”. Sus intentos de cerrar la planta pueden no tener sentido económico a corto plazo. Pero tiene razón. Las particularidades de Ilva y Tarento son idiosincrásicas, pero la lucha se desarrolla en todo el mundo. Las transiciones son difíciles. Incluso más duras, quizás, que el frío acero de Tarento.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías