El doble rubicón de los bancos centrales

Cómo hacer frente a la inflación y la decisión de emitir o no monedas digitales son las dos grandes cuestiones que deberán afrontar estas instituciones

Un banco central ha sido siempre, por definición, una institución relevante. El avance producido en la consolidación de su imprescindible independencia ha hecho de ellos, además, centros de decisión de gran importancia en diversos ámbitos, entre los que destaca la política monetaria. Esta importancia se ha visto, sin duda, incrementada con las sucesivas crisis que hemos padecido en los últimos años, al tiempo que ha ido surgiendo una nueva superestructura global (y también regional) que ha ido facilitando su coordinación, como el Banco de Pagos Internacionales de Basilea (el BIS) o el Banco Central Europeo (BCE).

No cabe duda de que la crisis financiera global marcó un antes y un después en esta tendencia. Todos recordamos no solo las decisiones épicas y sin precedentes que hubieron de adoptarse (el arsenal de medidas disponible para los bancos centrales cambió para siempre), sino también a los grandes banqueros centrales que tuvieron la determinación (y el conocimiento) de adoptarlas.

La reciente pandemia ha demostrado que, por una vez en la historia, la humanidad ha aprendido de sus errores pasados, y la respuesta a la crisis ha reunido una serie de caracteres que la hacen única, como la coordinación de la tipología de medidas adoptada, su celeridad, la coordinación entre política monetaria y política fiscal, la actuación decidida en ambos ámbitos y también, y no menos importante, que el trabajo realizado entre las dos crisis ha permitido al sector financiero abordar esta desde una posición de mayor fortaleza.

Todo lo anterior permite mirar al futuro con optimismo. Iniciada la recuperación económica global, aunque con distintos retos y velocidades en las diferentes regiones y países, el foco de atención vuelve a centrarse en los bancos centrales a la espera de decisiones trascendentes que habrán de adoptar próximamente.

La primera de ellas tiene que ver con cómo responder al repunte de la inflación que se está produciendo en distintas geografías. Esta situación, considerada inicialmente transitoria, está ciertamente motivada por factores coyunturales, como los problemas en las cadenas de suministro o el alza de los precios de la energía. Sin embargo, tanto por su intensidad como por su duración, amenaza con convertirse en algo más, sobre todo en economías que, como la española, se encuentran fuertemente indexadas.

Los bancos centrales tienen ante sí una difícil alternativa: combatir la inflación o continuar contribuyendo a una recuperación económica que todavía es débil. Por el momento, y aprendiendo de las lecciones de su pasado reciente, han optado por la prudencia. La Reserva Federal ha dado un paso más, al iniciar la retirada paulatina de su programa de compras de activos mientras que el BCE ha preferido dejar las cosas como están.

No obstante, la economía y los mercados modernos se rigen por expectativas y, claramente, la expectativa actual es la de que los programas de compras de activos tiendan a reducirse y que, a medio plazo (no inmediatamente), los tipos de interés puedan llegar a subir, lo que sería un gran cambio para los países de la eurozona. Esta expectativa debería llevar a las compañías a repensar sus estrategias de financiación y a los Estados a ir ajustando sus niveles de déficit y deuda públicos para preparar escenarios menos complacientes con la situación actual. Esto ya sería un cambio importante.

La segunda decisión a adoptar por los bancos centrales se refiere a la emisión de monedas digitales (las conocidas como CBDC, por sus siglas en inglés). Sobre este tema, desde el final del verano vienen publicándose innumerables documentos desde todas las instancias financieras internacionales (FMI, BIS, BCE…). El panorama es que, mientras algunos Gobiernos ya han tomado la decisión de ir adelante, y, de hecho, se encuentran ya muy avanzados con sus iniciativas, como sucede en China con el yuan digital, la actitud del resto de los bancos centrales es de extremada prudencia, ponderando los riesgos y beneficios asociados con estas iniciativas no solo para las economías en su conjunto sino también para el sector financiero regulado.

Se adivina entre ellos su reticencia a abordar una iniciativa para la que no ven una necesidad clara. De hecho, la Reserva Federal ha llegado a cuestionar la existencia de una ineficiencia en el mercado que la justifique. También se valoran los riesgos implicados, como los que tienen que ver con la privacidad, el riesgo de exclusión financiera o, sobre todo, los efectos potenciales para el sector financiero.

Estos temores han llevado a que, por ejemplo, el diseño del euro digital trate de aunar respeto por la privacidad, compatibilidad entre el euro actual (físico) y euro digital y hayan optado por minimizar el impacto para el sistema bancario, aunque algunos efectos serán difíciles de evitar cuando la eliminación de fricciones en el ámbito de los pagos transfronterizos es una de las justificaciones fundamentales de la iniciativa.

Pero, al mismo tiempo, existe una aproximación netamente defensiva: el temor a las iniciativas que se desarrollen desde el ámbito privado. No debemos olvidar que la emisión de moneda es una de las manifestaciones más importantes de la soberanía nacional y que existen ya aproximadamente 10.000 monedas digitales privadas ya emitidas. Al margen del fenómeno bitcóin, debemos estar atentos a la evolución de libra (ahora diem), la moneda digital de Facebook/Meta. No es difícil adivinar su potencial.

En fin, se trata de un momento decisivo para los bancos centrales, que habrán de adoptar decisiones muy relevantes para nuestro futuro con información que, una vez más, será muy limitada.

Estemos atentos a los próximos acontecimientos.

Francisco Uría es socio responsable global de banca y mercado de capitales de KPMG