De París a Glasgow: ¿vaso medio lleno o medio vacío?

Se puede pensar que no se ha avanzado mucho, pero si se piensa que el resultado implica a 200 países la perspectiva mejora

El año que viene se cumplirán 30 años desde que, en la Cumbre de Río, se acordara la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC), primer instrumento jurídico internacional para afrontar este enorme desafío. El objetivo establecido era estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera para impedir perturbaciones peligrosas, pero no tenía objetivo cuantificado alguno. Tras aquella cumbre, las partes o países se reunieron en una primera COP en Berlín en 1997, y desde entonces, lo hacen con una periodicidad anual, sólo interrumpida por la Covid-19.

La COP 21 alcanzó el Acuerdo de París, un hito por su carácter jurídicamente vinculante, por su grado de ambición, no superar el aumento de temperatura en 2ºC, 1,5 preferiblemente y de participación, casi 200 países. Una valoración de la COP 26 debe, en primer lugar, tener en cuenta los objetivos fijados por la presidencia de la misma. Y de igual modo debe considerar que cada COP es un paso más, de los muchos que habrá que seguir dando, hasta el inapelable y complejo objetivo de la neutralidad climática mundial. Los acuerdos deben adoptarse por consenso, de modo que cualquier país pude bloquear una COP, hecho relevante para hacer una debida valoración.

La COP 26 debía avanzar en compromisos de mitigación (reducción de emisiones). Lo cierto es que, con los nuevos compromisos presentados, se reduce la estimación del aumento de temperatura mundial. Pero cierto es también que no alcanzamos aun el objetivo del grado y medio. El acuerdo de Glasgow manda a los países aumentar sus contribuciones a lo largo de 2022 y pide compromisos a corto plazo, para la década actual, no dejando todos los esfuerzos para más adelante. La COP 27 que se celebrará en Egipto nos dará la medida de la efectividad de lo acordado.

Es la primera vez se hace mención expresa a los combustibles fósiles, pidiendo que se reduzca progresivamente la energía generada con carbón sin captura de CO2 y se supriman los subsidios ineficaces a estos. Además, se ha puesto por primera vez el foco en el metano, con un acuerdo, el Global Methan Pledge suscrito por casi 100 países, centrado en este GEI, con un compromiso de reducción en 2030 de al menos el 30% sobre los niveles de 2020.

La lucha contra el cambio climático requiere una ingente cantidad de dinero. El compromiso de que los países desarrollados hicieran una contribución de 100.000 millones de dólares anuales entre 2021 y 2025 para los países en vías de desarrollo y para aquellos países más vulnerables sigue sin ser alcanzado. Se llama la atención al respecto y se ha acordado un plan de trabajo para establecer la financiación a partir de 2025. No debemos olvidar que la Unión Europea aporta casi la tercera parte de la financiación climática mundial.

En materia de adaptación, se ha establecido un programa de trabajo para definir un objetivo global, y el compromiso de que los países desarrollados dupliquen su aportación colectiva. Entre los objetivos de Glasgow estaba culminar el llamado Paris Rulebook: las normas que posibiliten alcanzar los objetivos del Acuerdo de París. Era necesario para seguir avanzando, para aportar transparencia y hacer comparables las contribuciones de los distintos países. Siendo mejorable, al menos hay normas para regular los mercados de carbono a nivel internacional, uno de los principales mecanismos en la lucha contra el cambio climático.

En su conjunto, podemos decir que el texto lanza una señal política clara sobre la necesidad de acelerar la transición en esta década; se han logrado avances, pero 1,5 no es lo mismo que 2 y, por lo tanto, estos son aún insuficientes. El Pacto Climático de Glasgow es una base para acelerar la ambición en todos los ámbitos de la política climática. Lo más urgente, poner en marcha de inmediato todos los acuerdos alcanzados.

Es obligado poner en valor a la Unión Europea. Cuando nuestras emisiones, debido a nuestras políticas climáticas, suponen cada vez un porcentaje menor, del entorno del 8% mundial, acudimos a Glasgow con lo que, tras la aprobación de la Ley Europea del Clima ha dejado de ser un objetivo para ser una obligación de todos los europeos: la neutralidad climática en 2050, y la reducción de al menos el 55% de los GEI en 2030. Nos anticipamos a París y, en línea con lo demandado en Glasgow, los europeos trazamos una senda climática de modo que no todos los esfuerzos queden para el final.

La solidez del compromiso europeo radica en el reciente paquete legislativo energético y climático más ambicioso nunca presentado, actualmente en negociación, que no estará exenta de complejidad. Supondrá un marco normativo estable que acelerará la transición necesaria, y lo hará considerando a aquellos ciudadanos más afectados por las nuevas medidas, mediante el Fondo Social para el Clima.

Lo cierto es que cada año que pasa es uno menos que tenemos a nuestra disposición para actuar, uno más en que se acumulan GEI en la atmósfera, y un año más en que se consolida la evidencia científica. Cierto es también que cada año se suman compromisos, acciones, financiación, legislación, conocimiento, investigación, desarrollos tecnológicos y nuevas voluntades, decisiones y contribuciones, públicas y privadas.

Podemos pensar que vamos despacio, que el paso dado en Glasgow se ha quedado corto. Si consideramos el acuerdo de casi 200 países por consenso, con realidades, intereses y posibilidades muy distintos, entonces la perspectiva de lo avanzado mejora. Por ello quizá, lo más importante sea que el objetivo del 1,5ºC, sigue siendo posible.