La complejidad, el riesgo y el sector agrícola

El interés de la inversión institucional en la agricultura como activo alternativo en las carteras está potenciando las prácticas especulativas

En los últimos años se está generalizando la sensación de un aumento exponencial del riesgo y de la incertidumbre en todos los niveles en nuestra sociedad: desde el ámbito más genérico, geoestratégico y global, hasta los ámbitos más específicos, personales e inmediatos. La esperanza de que una sociedad más digitalizada, con un mayor desarrollo institucional público-privado, y con una mayor capacidad de generar conocimiento y, por consiguiente, una más precisa y rigurosa capacidad de planificación, se ha frustrado de forma prácticamente irreversible.

Si bien las instituciones cuentan entre sus funciones históricas con la generación de certidumbre y predictibilidad, podemos decir que en la actualidad están añadiendo con sus decisiones, con sus prácticas y con su actividad más incertidumbre que nunca. Si tradicionalmente antiguas incertidumbres (eventos que no se pueden medir y que, por lo tanto, solo podemos referirnos a ellos en términos de posibilidad) se han ido convirtiendo en riesgos (eventos medibles en términos de probabilidad y severidad) con el avance tecnológico, el desarrollo institucional y la planificación, en la actualidad estamos viendo cómo determinados riesgos se convierten en incertidumbre, invirtiéndose la idea convencional de progreso humano. Por no olvidar que muchos riesgos que tradicionalmente eran considerados como idiosincrásicos o no sistémicos (diversificables) se están convirtiendo en sistémicos (no diversificables). De ahí que planifiquemos cada vez más a corto plazo, si es que llegamos a planificar de forma real y convincente, y vivamos en una situación cada vez más preocupante caracterizada por el desasosiego y la angustia.

Existen dos vectores, aunque no son los únicos, que están introduciendo exponencialidad y complejidad al sistema, y que están acentuando la sobrevaloración del cambio a todos los niveles. Tanto las finanzas como la tecnología tienen comportamientos exponenciales en la actualidad. Las finanzas, por su propia regla de crecimiento: la ley de capitalización compuesta, a la que Einstein llamó la octava maravilla del mundo, que ha permitido que la economía financiera crezca muy por encima de la economía real. Por su parte, la tecnología, debido a la propia ley de Moore, que describe el crecimiento en capacidad computacional (hecho que se acentuará mucho más con el nuevo paradigma de la computación cuántica). Dada la importancia de estos dos ámbitos en la sociedad globalizada y líquida actual, podemos decir que actúan como verdaderas palancas del cambio impactando a todos los sectores económicos y, en general, a todos los ámbitos de la vida.

Todo esto está generando una dinámica perversa y claramente preocupante en la forma de comportarse de los agentes económicos sin excepción: estos, en vez de descontar escenarios, descuentan el cambio, por lo que los comportamientos son cada vez más volátiles, errátiles e impredecibles, facilitando nuevas oportunidades de especulación y arbitraje que permiten reciclar el proceso y aumentar la espiral de complejidad.

La pandemia, la catástrofe del cambio climático, los potenciales parones de los sistemas informáticos a escala global, y otros tantos eventos disruptivos que pudieran presentarse, bien como cisnes negros (Taleb) o como rinocerontes grises (Wucker), son claros ejemplos de la saturación del sistema, de su complejidad y de las dificultades de su gobernanza. En esta línea, los efectos económicos no se están dejando esperar en plena recuperación económica, en la que se está poniendo de manifiesto que, entre otras causas, la pérdida de capacidad instalada por la hibernación de la economía, unida a un incremento de la demanda, al aumento de la intensidad de la participación de China en los mercados, y a un despunte de la inflación, asociados al rebote económico, estén provocando problemas vinculados a determinados aprovisionamientos industriales (microchips, papel, etc.), a subidas de los precios de la energía y del transporte, o a tensiones inflacionarias.

El sector agrícola, a pesar de ser un sector esencialmente anticíclico, y esencial durante la pandemia, no escapa a toda esta problemática. En concreto, la inversión institucional cada vez está más interesada en la agricultura como activo alternativo para sus carteras, por lo que en el sector se están incorporando con cada vez mayor intensidad prácticas especulativas, con una lógica de gestión más global y menos local. Por lo tanto, en el sector se están ampliando de forma significativa las posibilidades de especulación y arbitraje en todos los ámbitos y niveles: corporativo, producción y factores productivos, distribución… Sin ir más lejos, los fondos temáticos agrícolas analizados por Mornigstar están produciendo en la actualidad unos retornos, en algunos casos, superiores a los de los fondos tecnológicos.

Además, el sector está en el punto de mira de la descarbonización de la economía. La agricultura es parte del problema, pero también es parte de la solución en lo relacionado con la mitigación del cambio climático. Por un lado, es un gran emisor de gases de efecto invernadero, pero también puede actuar como un auténtico sumidero. Además, está expuesta a importantes riesgos físicos relacionados con el cambio climático. Por no olvidar que se trata de un sector transversal en lo relativo a la consecución de los objetivos de desarrollo sostenible, así como para garantizar el control ante los nueve límites planetarios: ciclo de nitrógeno, ciclo del fósforo, biodiversidad, etc.

El sector tiene que asumir importantes desafíos relacionados con la reducción de fertilizantes, el aumento de la superficie de producción ecológica, el uso eficiente del agua, el control de la pérdida de nutrientes, etc. Por lo tanto, se está viendo obligado a una gran transformación y reconversión que va a implicar un ingente esfuerzo económico, productivo y organizativo. Para ello la generación de confianza y de certidumbre va a ser fundamental.

Francisco Cortés García es Profesor de finanzas de la UNIR