La cara y la cruz del mundo pospandemia

Más endeudamiento, tipos limitados, mayor protagonismo gubernamental en la economía y reasignación de recursos serán cuatro factores clave

El mundo pospandemia presenta cuatro rasgos que lo van a definir en materia económica: en primer lugar, será un mundo de niveles de deuda sustancialmente más altos entre los gobiernos y las empresas. Esto supone un aumento del riesgo para la producción de bienes y servicios si el desapalancamiento comienza demasiado pronto o demasiado rápido. En segundo lugar, estará muy limitada la posibilidad de subir los tipos de interés en todo el mundo desde el nivel cero, al que están fijados hoy, y esto complica y resta eficacia a la política monetaria, es decir a poder frenar la inflación mediante el uso del precio del dinero como arma disuasoria. En tercer lugar, los gobiernos tendrán un papel mucho más directo en la economía, sobre todo porque el cambio climático debe pasar ahora de hablarse a hacerse, lo que requerirá una inversión pública y privada masiva. Según un análisis conjunto de la AIE y el Fondo Monetario Internacional, la inversión anual en energía deberá ascender a 5 billones de dólares al año de aquí a 2030 para alcanzar el nivel cero, frente a los 2 billones actuales, lo que supondría un aumento de 0,4 puntos porcentuales al año en el crecimiento del PIB mundial. En cuarto lugar, se producirá una reasignación sustancial de los recursos de los sectores público y privado, en parte para el cambio climático, pero también para la digitalización. Durante este período de transición, el BCE debería adoptar una política para mantener explícitamente bajos los costes de financiación de los gobiernos a fin de facilitar el endeudamiento para financiar sus exigentes y ambiciosas inversiones, necesarias para el cambio climático, la digitalización, etc. Esto también ayudará a retrasar la consolidación fiscal y la reducción del déficit y de la deuda pública.

Y todo esto en un mundo de crecientes tensiones geopolíticas que contribuyen poco a la mundialización; por el contrario, la pueden reducir. En este contexto, los mercados se desbordan demasiado en rumores, especulaciones e información no relacionada para ser una guía confiable para la formulación de políticas a corto plazo, y cuanto más combate el Banco Central Europeo estas presiones, más arrecian a la vista de la subida de la inflación, ahora impulsada, sobre todo, por el alza de las materias primas, en especial el gas y del petróleo. Quizás es debido a que el BCE no ha acertado en los últimos diez años en sus previsiones de inflación y, por muy diferente que sea hoy la situación, ese error sistemático no es un buen precedente para ganar la consideración de los mercados. Europa, y por supuesto España, se beneficiará enormemente en los próximos años de NGEU, pero, con un acumulado de entre el 2% y el 3% del PIB en siete años, no sustituirá la necesidad de un uso activo –e inteligente– de los presupuestos nacionales. Y aquí es donde aparecen las preocupaciones.

En Estados Unidos la minoría republicana del Congreso ha aceptado un aumento moderado (415.000 millones de euros) en el techo de la deuda, situado en 28,4 billones de dólares, y esto aplaza la decisión definitiva hasta el 3 de diciembre y ha evitado que EE UU haya entrado en impago de deuda el 18 de octubre. Sin ampliación, no podrá efectuar nuevas emisiones y tendrá dificultades para pagar los intereses de muchas.

En Europa, afrontar la pandemia del Covid-19, aún sin resolver, tendrá un coste alto que de momento se ve en la caída de recaudación y el alto desempleo que ha descalabrado las cuentas públicas de toda la Unión Europea, pero en España el impacto ha sido más acusado. Con los datos de Eurostat, el déficit público español saltó del 2,9% del PIB, a cierre de 2019, al 11% en 2020, muy alejado del 3% del pacto de crecimiento y estabilidad, y el mayor desequilibrio entre ingresos y gastos de toda la UE. A partir de este umbral se suele activar el procedimiento de déficit excesivo por el que Bruselas exige planes de ajuste, algo que no se aplica en la actualidad debido a que las reglas fiscales de la UE están en suspenso en 2020 y 2021, y se negocia mantenerlas así en 2022. Si eso ocurriese, la UE podría comenzar a solicitar medidas concretas, y el Fondo Monetario Internacional (FMI) ya ha advertido de que, si no actúa para evitarlo, a nuestro país le espera al menos un lustro de déficit excesivo. Por tanto, gestionar los Presupuestos del Estado va a ser más un ejercicio de joyeros que de mineros.

A la eurozona todavía le irá bien en el tercer trimestre, pero a medida que llegue el invierno lo más probable es que la recuperación comience a estancarse. Probablemente se supere el nivel del PIB anterior a la pandemia, finales de 2019, hacia diciembre de este año o enero del próximo (en España se espera para finales de 2022), pero la fase final de la recuperación, el regreso a donde habríamos estado sin pandemia, es decir, la línea de tendencia puede ser mucho más difícil de lograr de lo que se aprecia actualmente.

Estancamiento combinado con inflación desata los nervios de los ya de por sí inquietos mercados, que temen que los tipos de interés vayan por detrás de la inflación. Los juicios evaluativos del BCE suelen ser acertados y apelan al tiempo futuro, sin embargo, sus juicios predictivos han fallado. Para los inversores, consumidores, trabajadores y empresas, un año es mucho tiempo y, si bien los datos respaldan el diagnóstico de que la inflación es temporal, el mercado empieza a temer que no lo sea y el BCE debe convencer a los mercados, de quienes también depende y cuyo reloj registra el tiempo a una velocidad diferente a la de Fráncfort.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y Director de Eurocofin