La biodiversidad como clave del arco de la economía

El desarrollo solo puede ser sostenible, para conseguir coherencia entre el crecimiento de la actividad, los recursos naturales y la sociedad

Cada día es más evidente la necesidad de profundizar en el análisis de las relaciones entre economía y medio ambiente. Los aspectos ambientales deben incorporarse más decididamente en los análisis de la economía, considerando temas tan relevantes como el de la biodiversidad en los indicadores que esta ciencia maneja. El desarrollo solo puede ser sostenible, como única alternativa posible para conseguir homogeneidad y coherencia entre el crecimiento económico de la población, los recursos naturales y la sociedad de manera que se evite poner en peligro la vida en el planeta y la calidad de vida de la humanidad, tanto en el presente como en el futuro.

En este sentido, cada vez aparece más cuestionado el indicador Producto Interno Bruto (PIB), porque no considera los costes imputados por los usos ambientales, causados por el agotamiento de los recursos naturales y por la degradación ambiental. Ligado a esta idea se ha propuesto el Índice de Riqueza Inclusiva, más conocido como PIB verde, que permite estudiar el desarrollo económico de los países en relación con su sostenibilidad ecológica. Este índice parte de datos recogidos en 20 países que representan más de la mitad de la población del planeta y casi tres cuartas partes del PIB mundial y concluía –son datos de la ONU– que, aunque el PIB chino se cuadriplicó con creces en la primera década de este siglo (1.305.249 millones de euros en 2000, 4.593.804 en 2010 –alcanzando los 12.901.904 millones en 2020–), este coeficiente se reduciría hasta el medio punto en el periodo señalado si se hubiera medido su PIB verde; pero, además, este crecimiento lo fue a costa de su capital natural (combustibles fósiles, bosques, minerales, tierras para la agricultura o pesca), que habría disminuido en un 17%.

De los 20 países más representativos de la economía mundial que analizó la ONU, tan solo Japón habría visto crecer su capital natural en los 18 años anteriores a 2009, gracias a la recuperación de sus bosques. Por el contrario, en EE UU, aunque su PIB se incrementó un 37%, su PIB verde se redujo hasta un 13%. El 31% fue el crecimiento de Brasil en el primer indicador, pero quedaría en un 18% en el segundo; Sudáfrica, por su parte, experimentó un incremento del PIB de un 24%, pero su PIB verde llegó a arrojar valores negativos: concretamente un -1%.

De otra parte, en las cuentas nacionales no se considera o se consideran muy insuficientemente los servicios ambientales o ecosistémicos, esto es, aquellos de los que la naturaleza o los procesos ecológicos proveen a los seres vivos y al planeta. Algunos (el aire, por ejemplo) son tan intangibles e invisibles como vitales para todos; otros como, por ejemplo, los bosques, que representan para muchas poblaciones del planeta su única forma de subsistencia, encierran para el resto un valor que los economistas ambientales empiezan a evaluar puesto que una buena parte de los circuitos de comercialización en el mundo (alimentos, agua dulce, productos farmacéuticos…) dependen de

ellos.
Pues bien, los servicios ecosistémicos (servicios de regulación del clima y de la calidad del aire, el almacenamiento de carbono, los servicios de apoyo para la flora y la fauna, servicios culturales: inspiración estética, la identidad cultural; los servicios de abastecimiento: formación de suelo, fotosíntesis, producción de alimentos, ciclo de nutrientes y ciclo del agua… están estrechamente relacionados con el cambio climático. El no hacer nada o hacer muy poco frente a él resulta mucho más caro que actuar para mitigar los efectos del calentamiento y trabajar para adaptarse a este fenómeno. Muchas empresas así lo entienden y han puesto ya en marcha respuestas en el marco de lo que se viene llamando la responsabilidad social corporativa, fabricando productos más respetuosos con la naturaleza o diseñándolos miméticamente.

Conservar la naturaleza no es el objetivo único o el horizonte utópico de ecologistas concienciados, es sencillamente una incuestionable necesidad de subsistencia para los casi 8.000 millones de seres humanos que dependemos de ella. Un dato que proporciona el Swiss Re Institute, uno de los grupos de seguros internacionalmente más importantes: se calcula que la mitad del Producto Interno Bruto (PIB) mundial depende de la naturaleza, por lo que su salud afecta a todas las actividades (la pesca, la silvicultura, la farmacia…), y esta cifra se alcanza considerando además que la forma de calcular el PIB no contempla la depreciación del capital natural, por lo que la base productiva de una economía podría disminuir, incluso cuando el PIB per cápita continúa creciendo.

No podemos seguir externalizando y transfiriendo los problemas ambientales ni a otro espacio (África es el mejor ejemplo) ni a las futuras generaciones. La economía debería incorporar todos los costes ambientales en sus sistemas de cuentas. En relación con el medioambiente la tecnología (por muy tecnooptimistas que seamos) no puede ser la única respuesta. No malgastar, no maltratar, no derrochar, no ensuciar, no consumir innecesariamente en el marco de la llamada economía circular son algunas de las medidas y repuestas necesarias, pero no son suficientes.

Se precisa (y ya algunos países como el Reino Unido lo están haciendo) evaluar los beneficios económicos de la biodiversidad y los costes económicos de su pérdida, así como determinar las medidas que pueden proteger y mejorar tanto la biodiversidad como la prosperidad económica. En román paladino, plantearnos preguntas como: ¿Cuánto vale un metro cúbico de agua dulce?, ¿cuánto una hectárea de fértil tierra?, ¿cuánto una colegiata románica?, ¿cuánto un paisaje de montaña prístino?, ¿cuánto un arrecife de coral? El cálculo es sin duda complejo, pero ya conocemos algunos datos sobre las consecuencias económicas de su desaparición.

Biólogos y ambientalistas nos alertan, por ejemplo, de que sin las abejas en cuatro días desaparecería el hombre y en diez días desaparecería la vida, lo que las convierte, según la Royal Geographic Society, en la especie viva más valiosa del planeta. Prosigamos con el resto de las especies y actuemos colectivamente en consecuencia, responsabilidad que es tanto de los poderes públicos, como de las empresas privadas y, por supuesto, también de nosotros, los ciudadanos, como consumidores.

La pandemia (que es ya una sindemia) nos demuestra, que, en nuestra historia, la salud de la humanidad nunca ha estado tan ligada a la salud del planeta.

Pedro Reques Velasco es catedrático de Geografía Humana de la Universidad de Cantabria y miembro del Consejo Científico español del Programa MaB (Man and Biosphere) de la Unesco