Negro sobre blanco: no hay que lanzar las campanas al vuelo

Hay que sumar para que las ayudas y los fondos lleguen a todos los que tienen que llegar y evitar su canibalización solo por unos pocos

Tiempo de estío. Insoportable abotargamiento. De lo público, sobre todo. Presidente del Gobierno y oposición aprovechan casi el último día de julio para hacer balance. Anuncios precipitados de ruedas de prensa. Negro sobre blanco. Parecen dos países. Dos situaciones antitéticas. Y lo económico sigue a la gresca, objeto nervial de la política y las posibilidades de ser la perfecta arma arrojadiza para instalarse o perpetuarse en La Moncloa. No puede negarse que la vacunación va bien. Podía ir algo mejor, pero va bien. Como también que empieza a remontar la economía y a recuperar a niveles precrisis inmediata el empleo, pese a la cifra de desempleo y sus tasas, en un 15%. Pero escuchar a uno y a otro, aunque se cuele una tercera persona de un partido que apenas tiene ya futuro y quizás presente para analizar la vida política, es vivir en planetas circunflejos. O en órbitas tan equidistantes como sórdidas a la vez.

Quedémonos con dos datos: los resultados que están arrojando ahora mismo las principales empresas, sobre todo cotizadas, y el volver al reparto del dividendo, también bancario, toda vez que Bruselas ha levantado sus reticencias, si bien no representan a la inmensidad del tejido empresarial español, mayoritaria y abrumadoramente pequeña y mediana empresa. Y el otro dato es de esos que nadie quiere leer ni menos hacer frente, la pobreza y sobre todo la pobreza infantil que crece en nuestras ciudades. Perfecta arma arrojadiza en las Cortes hace unos años mientras unos hacían bandera y otros la negaban con vehemencia. Pobreza y vulnerabilidades que producen desequilibrios, desigualdades y mucha exclusión social.

Pronto resuena en mi cerebro una canción genial perdida en el álbum Entre amigos, justo antes de esa pieza maestra, Las cuatro y diez: sí, me refiero al artista total y probablemente más completo que hemos conocido en las últimas décadas, Aute, con aquella canción Rojo sobre negro. Sánchez casi dibuja un país y una situación idílica. Y Casado, el pesimismo más indolente y casi la catástrofe que solo él puede salvar. No puede negarse que en tres años entre tumbos y tumultos propios el líder del PP ha sabido, no sin suerte, resistir y habida cuenta que entre los suyos ya ninguno peleará por la atalaya de Génova, tiene el camino abierto. Méritos y deméritos son solícitos entre los políticos, pero ha sabido resistir a tanto golpe propio y ajeno no sin una dosis de suerte extraordinaria acompañada o, mejor, aderezada, de errores ajenos.

Sánchez ha querido cerrar su curso de estío con una conferencia de presidentes que todos sabemos que no sirve para nada ni para repartir fondos. Todo está condicionado, porque no ha habido presidente que no haya concedido más de lo que debía a vascos y catalanes. Hay y existe un precio por una foto. Al tiempo, un indisimulado desprecio hacia otras 15 autonomías. Sigue el privilegio, la prebenda, la desigualdad. No tiene ninguna comunidad más derecho ni más privilegio que cualquiera otra. Por mucho federalismo asimétrico que desde las cátedras se pronuncie. Erre que erre, insistente y permanente. Y al pellizco, amén del cupo que no se actualiza, y por el que todos blanden sus soflamas por las esquinas tabernarias de un país de acólitos oportunistas y de aprovechados que no cejan en desangrarlo si hace falta, mientras algunos vendan lo que sea por un día más de poder y gloria. Que se lo digan a quien en horas de tener la legislatura arreglada vio cómo una moción de censura y el cambio de parecer de sus amigos nacionalistas le envió a un final anticipado de la política.

Hemos permitido, hemos consentido y hemos callado a cambio de nada, pero sí de prebendas económicas y financieras, cuando no disimilitudes de competencias autonómicas dispares que unos pocos condicionen, exijan y llegado el caso, planten y planeen órdagos y desórdenes. Y no hemos conseguido nada, menos que el patio y el solar patrio se deje de tanto revoloteo de un parvulario cansino y desdichado.

La España que ven unos y otros políticos cada vez empieza a ser muy distinta a como la vemos los españoles de a pie sin necesidad de anteojeras ni que emponzoñen sus señorías el lenguaje.

Pero de lo que no cabe duda es de que la economía se está recuperando no sin dificultades y no sin que algunos sectores paguen un precio demasiado oneroso. Sacrificios que no se solucionarán con el maná de ayudas públicas o de subvenciones que en ocasiones confunden la finalidad y la razón de ser y se convierten en un instrumento perfecto de dilapidar dinero público y crear proyectos empresariales sin recorrido, pero que nacen al albur o rebufo quizás de la ayuda diseñada en ministerios, consejerías autonómicas o institutos de promoción económica. El pulso de la actividad empresarial no siempre se ausculta debidamente y menos se escucha o se entiende.

La creación de empleo en el último trimestre ha sido fuerte, pero no es motivo para lanzar a la ligera las campanas al vuelo. Desde donde veníamos, todo lo que está sucediendo es lógico y el crecimiento tras tocar prácticamente suelo es el normal. No es malo que desde organismos económicos internacionales se sitúe a España a la cabeza del crecimiento para 2022. Sí, han leído bien. Lo que hay que tener es cabeza, sentido común, buena gestión y, de una vez por todas, sumar. Sí, repito, sumar: es voluntad de muchos, no solo de uno. Sumar los actores políticos y económicos y sociales para que las ayudas y los fondos lleguen a todos los que tienen que llegar y evitar su canibalización solo por unos pocos. Movamos palancas, aunque sean de distintos grosores, porque como la lluvia fina acaba empapando. Seamos por una vez, inteligentes. Aunque sea casi por vez primera.

Abel Veiga Copo es profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade