El mito del salario mínimo interprofesional

La teoría económica neoclásica considera que el trabajo es homogéneo, cuando en realidad es del todo heterogéneo

La mayoría de los países desarrollados tienen un salario mínimo interprofesional (SMI), y en la UE son 22 los países que lo han instaurado. Pero, desde hace mucho tiempo, siempre que se han anunciado subidas del mismo se han generado amplios debates sobre sus efectos en el nivel de actividad económica y de empleo, objeto de consideraciones divergentes.

España no ha sido ajena a ello. Desde que el SMI aumentó un 22%, en 2019, hasta situarse en 900 euros, tampoco ha estado exento de polémica, como en la mayoría de las revisiones efectuadas, con abundante literatura económica tanto a favor como en contra de dicha medida. Sus efectos en el empleo son uno de los temas más debatidos en economía laboral.

Para ampliar la polémica, el Banco de España acaba de publicar un informe en el que utiliza diferentes datos y enfoques para analizar el impacto sobre el empleo del incremento del SMI en 2019. En él se concluye que la economía dejó de crear 180.000 empleos debido al aumento del SMI, con un mayor impacto adverso sobre el empleo de los colectivos de mayor edad y una reducción en el flujo de creación de empleo para los jóvenes.

Sin embargo, analizando los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) elaborada por el Instituto Nacional de Estadística podemos observar cómo, en 2019, el empleo creció en más de 402.000 personas, lo que representa un 2% de incremento. Un dato que coincide con el de la Seguridad Social. Por su parte, el desempleo se redujo en más de 112.000 personas (-3,4%).
Si se analizan los datos por grupos de edades se constata que el empleo de los mayores de 55 años aumentó en más de 227.000, con un crecimiento interanual (6,7%) muy superior a la media del período (2%). Mientras, para los menores de 25 años el empleo creció en 57.000, lo que representa aproximadamente el 7% de crecimiento, frente al 2% de la media.

Para unos el aumento del SMI tiene efectos negativos para el empleo, mientras que para otros es todo lo contrario, ya que sus beneficios serán mucho más importantes que sus costes. Según la teoría económica neoclásica el aumento de los salarios mínimos conducirá a una reducción del empleo. Es decir, al aumentar los costes laborales de las empresas, por el aumento del SMI, se verán obligadas a aumentar los precios de sus productos y servicios, lo que implicará una reducción de la demanda por parte de los consumidores o compradores internacionales por el aumento de los precios. Además, al encarecerse el coste del trabajo, las empresas pueden decidir sustituir trabajo por máquinas (efecto de sustitución de trabajo por capital).

Además, de todo ello, constituye un factor de rigidez sobre el mercado de trabajo y un obstáculo para la disminución del desempleo, en particular para los trabajadores poco cualificados. En el mercado de trabajo, los procesos de asignación se rigen por el mecanismo de los precios.
Otras teorías, basadas en supuestos diferentes, adoptan otros puntos de vista. Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los salarios más altos no solo elevan los costes laborales para los empleadores, sino que también aumentan la demanda de consumo entre los trabajadores con salarios bajos y sus familias. Suponiendo que no se generen grandes efectos negativos sobre la competitividad externa (como podría ser el caso en las economías muy orientadas a la exportación) o sobre la inversión, esos “efectos de consumo” positivos pueden dar lugar a aumentos de la demanda agregada y el empleo.

En nuestra opinión, la teoría neoclásica considera el mercado de trabajo como un mercado único que funciona como cualquier otro, es decir, un mercado que funciona con la ley de la oferta y demanda. De esta forma, se ha considerado que el trabajo es homogéneo cuando en realidad es completamente heterogéneo. En efecto, los trabajadores y trabajadoras se diferencian cualitativamente, ya que tienen distintas habilidades y preparación. No existe un único mercado de trabajo, ya que existen tantos como sectores de actividad. Cuando los puestos de trabajo son tan distintos, cualquier agregación introduce serias limitaciones en el análisis.

A ello hay que añadir que en ocasiones la demanda no varía solo por la ley de oferta y demanda sino también por los cambios en las preferencias de los consumidores. Por ejemplo, la caída en la venta de los automóviles no se puede explicar solo en función de su precio sino también por factores personales que influyen en la compra de los consumidores, bien sean de índole económica, ecológica, incertidumbre, confianza, otro tipo de movilidad o modas. Las cuestiones emocionales hay que tenerlas en consideración. 

Keynes señalaba que, de la misma manera que las enfermedades se propagan por contagio, igual lo hace la confianza o la falta de ella, y añadía: los espíritus animales (en inglés animal spirits) son la causa principal de la fluctuación de la economía. De modo que para comprender la economía conviene entender de qué forma se ve afectada por los espíritus animales. En definitiva, cuando las personas son realmente humanas se dejan influir por sus estados de ánimo (opiniones, emociones y sentimientos, son los espíritus animales). Si las personas sienten confianza salen a comprar, pero cuando desconfían se recluyen y venden.

En este contexto, los estudios específicos sobre los efectos de un incremento del SMI de momento han resultado imperfectos e insuficientes para resolver la polémica. Resumir la vasta literatura académica y estudios efectuados sobre la demanda es una tarea desalentadora. Nadie ha llegado a conclusiones sólidas, debido a que hay muchos factores en juego. Recientemente, el presidente del Consejo Económico y Social, Antón Costas, manifestaba: “No hay una evidencia consistente que diga que hay destrucción de empleo. Para evaluar la bondad de una política tienes que ver todos sus efectos, tanto los que pueden ser negativos sobre el empleo como los efectos sobre el bienes­tar y el consumo agregado”.

Como dijo el filósofo argentino Mario Bunge: “Nadie tiene la última palabra, simplemente porque no hay última palabra, la ciencia está constantemente en revisión” (Interpretando a Bunge, de Alfonso Barceló).

Vicente Castelló Roselló es profesor de la Universidad Jaume I y miembro del Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local