Cómo el dinero de los opioides costó su buen nombre a la familia Sackler

Los dueños de Purdue Pharma escaparon en gran medida a sanciones graves, pero han perdido toda su reputación

Botes de OxyContin, de Purdue Pharma.
Botes de OxyContin, de Purdue Pharma. reuters

Isaac Sackler no dejó a sus tres hijos casi nada “aparte de su buen nombre”. Un nuevo libro examina cómo sus descendientes utilizaron repetidamente tácticas nocivas para impulsar fármacos adictivos y construir una fortuna valorada en más de 10.000 millones de dólares, al tiempo que escapaban en gran medida a sanciones graves. El único daño que ha sufrido el clan ha sido el de su reputación.

Purdue Pharma, la empresa propiedad de los Sackler, puso en marcha una epidemia de opioides cuando introdujo OxyContin en 1995. Desde entonces, casi medio millón de estadounidenses han muerto por sobredosis. Sin embargo, el primer tercio de Empire of Pain: The Secret History of the Sackler Dynasty (Imperio de dolor: la historia secreta de la dinastía Sackler) se centra curiosamente en Arthur Sackler, que murió en 1987 y cuyos herederos vendieron su participación en Purdue a los hermanos de Arthur, Mortimer y Raymond, por 22 millones. Aunque es un desvío demasiado largo, Patrick Radden Keefe expone de forma convincente cómo el hermano mayor creó el manual familiar de marketing agresivo, secretismo, captura regulatoria y filantropía.

Aunque Arthur Sackler se formó como médico, dejó su huella como empresario. Su firma, junto con otra que poseía en secreto, fue pionera en y dominó la publicidad de medicamentos. Un acuerdo con el gigante suizo Roche lo puso a cargo de la comercialización de Valium, con honorarios crecientes por el aumento de las ventas. Los anuncios resultantes promocionaban el tranquilizante para casi cualquier enfermedad, ayudando a crear el primer medicamento de 100 millones de dólares.

Los reguladores se mostraron igualmente flexibles. El jefe de la sección de antibióticos de la FDA de EE UU editaba una revista financiada silenciosamente por Arthur Sackler a cambio de una parte de los ingresos por publicidad. Y aunque pocos sabían cómo ganaba el dinero este, no se privaba de poner el nombre de la familia en los museos a cambio de donaciones. Aún hoy, los visitantes del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York pueden admirar un templo egipcio en el ala Sackler.
Las otras dos ramas de la familia utilizaron la misma fórmula para obtener recompensas mucho mayores. Al principio, Purdue era una farmacéutica menor que se concentraba en la venta de artículos como laxantes y limpiadores de oídos. Pero el desarrollo de un opioide de liberación retardada desató riquezas mucho mayores.

A principios de los noventa, los médicos se dieron cuenta de que muchos pacientes no recibían un tratamiento adecuado para el dolor, por temor a que se volvieran adictos al tratamiento. Purdue intervino, ayudada por la percepción, muy promocionada por ella, de que OxyContin era más seguro.

La FDA le permitió decir que se “pensaba” que el recubrimiento del fármaco reducía su abuso. No era así, pero un año después Purdue contrató al jefe de regulación con un sueldo de unos 400.000 dólares. A los vendedores, con un potencial de bonus ilimitado, se les instruyó para decir que los pacientes podían usar el fármaco durante toda la vida y hacer la afirmación patentemente falsa de que menos del 1% se volvía adicto. Los médicos que hacían muchas recetas recibían viajes a “seminarios sobre el dolor” en soleados centros turísticos.

Los daños resultantes acabaron por alcanzar a Purdue. Los abogados del Departamento de Justicia de EE UU descubrieron pruebas de que sabía que OxyContin era adictivo, que se comercializaba de forma engañosa, que una gran parte de sus ventas eran a adictos y que los ejecutivos habían mentido al Congreso. Sin embargo, Purdue se libró con un relativo tirón de orejas. Tres ejecutivos, ninguno de ellos de la familia, fueron acusados de delitos menores y la empresa pagó una multa de 600 millones. Purdue y los Sackler mostraron poco remordimiento. Poco después, la empresa dio pagos multimillonarios a dos de los ejecutivos acusados, amplió su fuerza de ventas y volvió a tener el mismo comportamiento.

Los pequeños acuerdos se convirtieron en el coste de hacer negocio. Purdue pagaba una multa, no admitía su culpabilidad y se aseguraba de que las pruebas quedaran selladas, lo que dificultaba que otros demandantes o el público pudieran reconstruir el contexto. Mientras, los Sackler empezaron a sacar mucho más dinero de la empresa. Cuando un desfile de demandas acabó por alcanzar a Purdue, los tribunales no estaban preparados para afrontar el resultado. La empresa era relativamente pobre, y la riqueza de las familias estaba escondida en múltiples fideicomisos, muchos en el extranjero.

En 2019 Purdue se declaró en bancarrota. Su oferta de acuerdo consistía en gestionar la empresa como un fideicomiso, distribuyendo las ganancias de la venta de medicamentos, incluidos los opioides. Los Sackler han ofrecido hasta 4.300 millones, pagados a lo largo de años, para ayudar a resolver unas 3.000 demandas y liberarse de responsabilidades legales. Aunque parece generoso, los documentos publicados ahora por un comité del Congreso muestran que los miembros de la familia propietarios de la firma tienen un patrimonio de unos 11.000 millones. Pero la propuesta de acuerdo podría ser suficiente para convencer a los demandantes desesperados por el dinero y a un tribunal que espera una resolución relativamente rápida. [La semana pasada quince Estados que bloqueaban el plan desistieron su empeño, ahora solo nueve persisten en el rechazo].

La ironía es que mientras los reguladores y el sistema judicial han fallado en gran medida al público, los museos, las universidades y las organizaciones sin ánimo de lucro han encontrado una forma de justicia. El Museo del Louvre y la Universidad Tufts (Boston), entre otros, han retirado el nombre Sackler de varios edificios, creando una cascada de mala publicidad. Las familias Sackler probablemente legarán una gran riqueza a sus descendientes, pero no dejarán un buen nombre.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías