Estados Unidos y China: hacia la segunda Guerra Fría

Aunque la pandemia ha hecho que la tensión pase a segundo plano, así se califica la relación en círculos diplomáticos, políticos y económicos

Estados Unidos no debe hablar a China desde una posición de superioridad”, espetó el ministro de Exteriores chino, Wang Yi, al secretario de estado estadounidense, Anthony Blinken, cuya respuesta fue expresión de la política oficial de EEUU respecto a China: “competición estratégica es el marco en que EEUU ve su relación con China y la enfocará desde una posición de fuerza; defenderemos nuestros intereses y valores, junto a nuestros aliados, en el ámbito económico, enfrentándonos a la agresiva y coercitiva actuación de Pekín; mantendremos nuestra ventaja competitiva militar y la de nuestros aliados. Y, en Naciones Unidas, nos enfrentaremos a Pekín cuando violen los derechos humanos”.

Este intercambio sucedió en marzo pasado, en Alaska, donde ambos países mantuvieron su primera reunión siendo Biden presidente. Blinken trabaja con Biden hace 20 años y fue miembro del equipo de Barack Obama. Y decían de la retórica incendiaria de Trump, que consideraba China la mayor amenaza para EEUU. Biden no se queda atrás y ha llamado thugh (criminal violento) al presidente chino muchas veces. ¿Anecdótico? No. En círculos económicos, diplomáticos, políticos y militares de ambos países se habla abiertamente de Guerra Fría, que afecta a todos los ámbitos de la vida, porque América y China representan dos visiones opuestas del mundo: democracia versus comunismo.

Es serio. La pandemia y la crisis económica hacen que el mundo no se preocupe del enfrentamiento entre China y EEUU. Desde 2013, cuando Xi Jinping se convirtió en presidente vitalicio, los objetivos de China son claros, verbalizados por Jinping: “convertirse en primera economía mundial en 2028” y “ser primera potencia del mundo en 2049, primer centenario de China”. Xi Jinping aspira a la dominación mundial, lo que implica economía, empresa, tecnología, sociedad, valores, ejército, finanzas y demografía.

El 3 de mayo pasado, Anthony Blinken reiteró la posición estadounidense a Norah O’Donnell en una entrevista en la cadena de televisión CBS (60 minutes): “Nuestra relación económica con China se resume en una palabra: competencia. China aspira al liderazgo mundial, pero la administración Biden-Harris se enfrentará a las prácticas abusivas, injustas e ilegales de China. Invertiremos en casa y protegeremos a los trabajadores y negocios estadounidenses. Mantendremos nuestra ventaja tecnológica y las innovaciones científicas, sin apoyar las prácticas malignas de China. Y [a diferencia del enfoque de Trump, de enfrentarse solo a China] trabajaremos con nuestros aliados para derrotar las prácticas abusivas y coercitivas de China en comercio, tecnología y derechos humanos”. Los frentes de batalla son muchos. En comercio, América tiene un fuerte déficit en sus intercambios con China. Trump impuso sanciones que Biden no ha levantado, porque le dan una posición ventajosa para negociar. El 26 de mayo, la representante de comercio norteamericana, Katherine Tai, dijo a su homóloga china, Liu He, que “las sanciones se mantendrán hasta alcanzar un justo equilibrio y que China abandone el dumping”.

Esta segunda Guerra Fría es distinta a la primera, porque China es una potencia económica y la URSS nunca llegó al 40% del PIB estadounidense. El 17% de la deuda pública norteamericana está en manos chinas. Es un tópico decir: “China es la gran fábrica del mundo”. En realidad, es mucho más. Es el primer socio comercial de la Unión Europea, de Australia, Japón y Corea del Sur, aliados de EEUU. En el llamado South China Sea, donde China reclama la propiedad del 80% de un mar que es 2,5 veces más grande que el Mediterráneo, China ha construido islas artificiales con objetivos militares (amenaza a Malasia, Filipinas, Vietnam, que también quieren su parte del mar) y, sobre todo, para explotación de materias primas, porque en el subsuelo del mar hay gas natural y petróleo. Occidente abandona las energías fósiles en pro de las renovables para acometer el cambio climático, pero China no cambia, pensando en sus intereses.

Las consecuencias son militares, entre otras: China ahora tiene portaviones y flota militar. EEUU tiene dos portaviones paseándose permanentemente por el South China Sea. Son los carriers más grandes del mundo (Ronald Reagan y Enterprise, atómicos y acompañados de 70 buques). China no se queda corta y, si hace diez años no poseía carriers, ahora tiene tres operativos y un cuarto (nuclear) en construcción. Los portaviones chinos Liaoning y Shandong (que inauguró Xi vestido con traje Mao) se cruzan con los americanos sin llegar a las manos, aunque han tenido enfrentamientos con buques filipinos y han violado el espacio aéreo taiwanés muchas veces.

China pisa fuerte y estrecha alianzas con los enemigos de EEUU: Rusia (a cuyo presidente, Vladimir Putin, llamó asesino, Joe Biden), Irán, Venezuela (obviamente, Corea del Norte). “China nos ha robado billones de dólares en propiedad intelectual”, clama Biden, quien mantiene la guerra tecnológica de Trump con China, donde empresas como Huawei, Xiaomi, Alibaba, Tencent, Baidu y TikTok (Bytedance) son consideradas enemigas por, en última instancia, pertenecer al estado chino a través de sus fuerzas armadas. Están en juego hackeos chinos continuos a empresas y agencias de inteligencia norteamericanas, seguridad nacional, ciberseguridad, cloud, IA y el dominio tecnológico de Silicon Valley: Apple, Alphabet (Google), Amazon, Microsoft, Facebook, etc. China tiene mucho que ver con la escasez de chips/semiconductores que afecta a Intel, Nvidia, AMD y Qualcomm.

Biden expresó su objetivo el 29 de abril, en su primera intervención ante el Congreso: “Mientras yo sea presidente, en la guerra por la primacía del mundo, no permitiré que China nos sobrepase como el país más poderoso del mundo: not on my watch”.

 Jorge Díaz Cardiel es Socio de Advice Strategic Consultants