Crisis en la frontera sur: nada es casual, pero sí causal

Lo que está sucediendo con Marruecos es un desafío de poder fáctico a la timorata política exterior de España

Todo se ha precipitado. La diplomacia de intereses esta vez sucumbe a los intereses de la diplomacia. El goteo incesante de marroquíes llegando a Ceuta no se detiene. Está perfectamente dosificado y ordenado. Nada es casual, sí causal. En solo 24 horas la tensión no ha podido elevarse más. Salvando mucho, muchísimo las distancias todo parece evocar aquella Marcha que muchos de nuestros padres y abuelos recuerdan en la retina vidriosa de la historia y cómo Rabat supo elevar la tensión en un jaque mate soberbio.

La diplomacia vive momentos de enorme sordera. Rotas demasiadas reglas del derecho y las relaciones internacionales, las formas quiebran, los discursos cobran ambivalencia calculada y cínica y todo se vuelca hacia una galería de confusión y amenaza. ¿Qué ha cambiado y qué ha hecho saltar por los aires la siempre enervada, pero soterrada tensión en las fronteras entre Ceuta y Marruecos, sin olvidar Melilla? Ya no solo se trata de vallas, ni de antidisturbios, tampoco de concertinas y el goteo del África subsahariana; se trata de un desplante en toda regla, desafío de poder fáctico a la timorata política exterior española.

La tensión viene generándose desde hace varios meses entre Marruecos y el Frente Polisario, donde la escalada es algo más que verbal. En las últimas semanas el hecho de que un dirigente y líder del Frente Polisario, Brahim Gali, por, en principio, el Covid-19, haya sido hospitalizado en España ha sido la excusa perfecta. Algunos medios destacan la pasividad de la gendarmería marroquí. No se trata de pasividad, sino de una aptitud deliberada. No se movilizan más de 8.000 personas para que en menos de dos días pasen al otro lado de la frontera. Inabordable. Inmanejable. Inasumible. Pero absolutamente inaceptable la presión por la fuerza de los hechos.

Una vez más el drama migratorio (aunque en este caso irreal) es dotado como moneda de cambio. Riadas, filas interminables. Familias enteras. Incluso menores y bebés. Y esto no se improvisa de un día para otro. Ni tampoco ninguna ciudad española es capaz de gestionar tamaña oleada de personas.

Bruselas ha mandado un recado inmediato, Ceuta es frontera de la Unión Europea. Y la emergencia es real. La entrada irregular de miles de personas está siendo en las últimas horas seguida de devoluciones, pero sin la complitud de las medidas formales. Como en otras ocasiones, cuando el número de ingresos es alto, la asistencia letrada comparece. Ahora no. Y en este campo no es menor en importancia la presencia de menores y la situación específica de los mismos sobre los que no pende, en principio, un acuerdo de devolución.

No es creíble como se ha dicho que la relación con el gobierno marroquí sea absolutamente fructífera en materia migratoria. No es descartable que con la llegada del verano la oleada de pateras y cayucos se dispare. Como también la tensión en el Tarajal. Hace semanas que Rabat advirtió que tomaba nota de lo que sucedió en un hospital de Logroño. Esta es la plasmación de esa advertencia. Contundente y categórica. Los actos tienen consecuencias, pero ¿cuáles son y serán las que se sigan las próximas semanas de esta tensión artificial?

Por parte de España, la respuesta, aun enviando efectivos antidisturbios que poco pueden hacer, en verdad, ante la magnitud del desafío, y de la presencia del ejército, está siendo la de la prudencia y rebajar absolutamente la tensión. Al tiempo que acallar cualquier posición española respecto del Sáhara. El gran problema irresuelto por la diplomacia internacional y Naciones Unidas después de los fracasados y enterrados planes Baker de los noventa.

Malos tiempos para no decidir y tener criterio propio. Malos tiempos para contemperar y querer contentar a todos desde la equidistancia vacía. Hace mucho que la política alauita tiene tomado el pulso a España y a su política exterior. El titubeo y las oscilaciones acaban teniendo un precio muy costoso. Piense usted, lector, si la ciudad en la que vive de un día para otro se convierte y es Ceuta y Melilla. Piense usted, lector, en la tensión permanente y sensación de frontera, o que desde el otro lado siempre se está cuestionando el status quo.

Nada es casual, como tampoco la tensión migratoria que está viviendo Arguineguín y los puertos canarios. El puzzle migratorio es un drama que no puede convertirse en un bumerang de ida y vuelta. Como tampoco la presencia o la manipulación mediática de la presencia de menores de edad.

Estamos asistiendo a una ola migratoria de una proporción inusitada, donde también se está midiendo los límites y la capacidad de actuación y llevando el órdago a un nivel de resistencia superior y que escapa a los cauces más discretos de los teléfonos diplomáticos. España no puede tener complejos ni medios. Y la capacidad negociadora del Gobierno no puede nunca minusvalorarse ni tampoco supeditarse a los intereses de la contraparte. En este ámbito no cabe discrepancia ni tomas de posición partidistas y particulares. No es una cuestión de que diferentes líderes políticos viajen unas horas a Ceuta y Melilla a hacerse una foto y azuzar el ambiente. Es tiempo de consensos y de posiciones comunes. Pero también de firmeza y de recabar el apoyo absoluto de Bruselas. El drama migratorio y la presión de las fronteras es hoy en el sur, pero mañana puede ser en París o en Berlín.

Queda, en la retina, como la de aquellos años de la Marcha, la sensación de que nos han desbordado por todos lados. Y la cintura política una vez más, ha fallado.

Abel Veiga es Profesor y Decano de la Facultad de Derecho de Comillas ICADE