La promesa prematura del hidrógeno verde

Como las tecnologías están aún en sus inicios, creemos que no está aún en su momento de madurez

La transición a un modelo económico nuevo y limpio exige soluciones novedosas para nuestras necesidades energéticas. La energía derivada del hidrógeno ofrece un camino potencial, con la promesa de transformar algunas de las industrias que más carbono emiten. Sin embargo, a corto plazo sigue siendo una tecnología embrionaria y costosa que carece de ganadores obvios en la carrera por la ampliación.

Incoloro, inodoro y muy inflamable, el producto químico más ligero y sencillo no está, por desgracia, todavía disponible a bajo precio en grandes cantidades mediante tecnologías limpias. Producido a partir de recursos renovables, el hidrógeno tiene la ventaja de no emitir dióxido de carbono cuando se utiliza. Sin embargo, el llamado hidrógeno verde sigue siendo una fuente de energía costosa de producir, difícil de almacenar y que tiene algunos efectos secundarios incómodos, como ser explosivo y, por ejemplo, hacer que algunos metales se vuelvan frágiles.
Las tecnologías del hidrógeno aún no tienen la capacidad de resolver todas nuestras necesidades de energía limpia, pero pueden contribuir a reducir las emisiones de CO2 de la fabricación pesada, como la producción de hierro, acero y hormigón, que en conjunto representan casi la mitad de la contaminación industrial por carbono.

Un espectro de producción
El hidrógeno verde es la forma más limpia, pero también la más cara, ya que se produce a partir del agua mediante electrólisis con electricidad renovable. La industria de las energías limpias clasifica por colores otras fuentes de hidrógeno, según su forma de producción. El hidrógeno marrón utiliza carbón, por lo que es el más sucio y barato, mientras que el hidrógeno gris es la forma más común, hecha con gas natural. El hidrógeno azul trata de compensar el impacto medioambiental del hidrógeno gris almacenando el dióxido de carbono resultante bajo tierra, lo que se conoce como captura de carbono, y se está explorando como una alternativa, o un complemento, al verde.

Un factor que frena el hidrógeno verde es el coste. La esperanza es que, a medida que la tecnología mejore y la escala aumente, el hidrógeno verde alcance la paridad de costes con el hidrógeno gris contaminante. La cuestión es la rapidez con la que el hidrógeno se convertirá en una solución a gran escala.

En las próximas tres décadas, se espera que la demanda se multiplique por ocho, con el apoyo de la normativa y la financiación gubernamental. Gran parte de esa transición solo será posible mediante la inversión gubernamental en la construcción de la enorme infraestructura necesaria para competir con los combustibles fósiles, incluidas las redes de distribución de hidrógeno y los sistemas de transporte.

La rentabilidad del hidrógeno también depende de la correcta fijación de los precios de las emisiones de carbono y de las subvenciones públicas, como ya han demostrado las industrias eólica y solar.

A medida que se reducen los costes de producción de la energía del hidrógeno verde, sus defensores afirman que el punto de inflexión es inevitable. Según la Agencia Internacional de la Energía, el precio de la producción de hidrógeno a partir de fuentes renovables de electricidad puede bajar un 30% esta década, y una reducción del 50% lo haría tan barato como el hidrógeno gris.

Esto lo convierte en una herramienta necesaria en la transición hacia una economía más sostenible e integradora, pero no en la respuesta a todos nuestros problemas energéticos. El hidrógeno limpio, según la Comisión Europea, podría dar respuesta a una cuarta parte de las necesidades energéticas del planeta en 2050, multiplicando por diez las actuales, lo que supondría unas ventas de energía por valor de 630.000 millones de euros anuales.

La Unión Europea es el líder indiscutible en materia de hidrógeno limpio, con más proyectos renovables anunciados o ya en marcha que en cualquier otro lugar. El bloque se ha comprometido a reducir sus emisiones de CO2 a más de la mitad antes de 2030, y la Comisión Europea calcula que los compromisos de inversión en hidrógeno, que ascienden a 470.000 millones de euros en las próximas tres décadas, pueden generar hasta 5 millones de puestos de trabajo. Por otro lado, si se quiere llegar a la escala industrial completa se necesitarán ayudas públicas de casi 2.000 millones hasta 2027 para la inversión.

China es un rival potencial, con muchos proyectos de hidrógeno que incluyen soluciones para el transporte, así como aplicaciones industriales como la siderurgia y la generación de energía. En Estados Unidos, el Gobierno de Joe Biden se ha comprometido a producir hidrógeno verde más barato que el gris a partir de gas de esquisto, y la empresa energética SGH2 está construyendo una instalación, en Lancaster (California), que promete ser la mayor del mundo.
Inversiones en fase inicial

Las inversiones en tecnologías del hidrógeno han demostrado ser volátiles. Si bien algunos fabricantes de pilas de combustible y electrolizadores registraron grandes ganancias en el precio de sus acciones el año pasado, desde entonces han caído como parte de la rotación cíclica más general de las acciones. Muchos aún no han obtenido beneficios. Las asociaciones con los proveedores de energía existentes deberían de proporcionar modelos de negocio más sólidos.
En todo el mundo, el éxito de la transición a la energía sostenible y el cambio fundamental en el suministro energético dependen de una serie de fuentes alternativas, entre ellas el hidrógeno. Ante la necesidad de sobreconstruir infraestructuras energéticas sostenibles para compensar el suministro naturalmente irregular de la energía eólica y solar, el hidrógeno tiene que formar parte de la solución a nuestras necesidades energéticas.

Como las tecnologías están todavía en una fase inicial, y la gran mayoría de la producción procede de los combustibles fósiles, creemos que el hidrógeno no está aún en su momento de madurez.

Stéphane Monier es CIO de Lombard Odier