La espada del euro

El hilo conductor de la estrategia económica y financiera de la Comisión Europea es fortalecer el papel internacional de la moneda única

En pocos meses la UE ha tomado decisiones históricas: ha puesto en marcha en el plan de recuperación NGEU, con la consiguiente emisión de deuda europea, ha logrado pactar el Brexit, ha cerrado el acuerdo de inversiones con China … Y hace unos días la Comisión Europea presentó su estrategia para reforzar su sistema económico y financiero.

Esta comprende varios objetivos de gran calado entre los que cabría destacar completar la unión bancaria creando un fondo de garantía de depósitos europeo y seguir avanzando en la unión del mercado de capitales. Como punto clave de toda ella, y que se podría considerar su hilo conductor, estaría el reforzamiento del euro como moneda internacional.

Según los datos de la propia Comisión, la participación del euro en los pagos globales ascendió a alrededor del 38% en noviembre y en las reservas de divisas al 20%, muy por debajo de las cuotas correspondientes al dólar. Los estudiosos de la evolución histórica de las divisas dominantes a escala global coinciden en que el sistema monetario internacional, SMI, ha sido bastante estable. El desplazamiento de una divisa dominante por otra ha llevado décadas. Hasta la Segunda Guerra Mundial la libra fue la moneda hegemónica, en el periodo posterior fue desplazada por el dólar hasta la época actual y, por su parte, el euro se convirtió desde su aparición en la segunda moneda de referencia internacional.

Ya en 2018 la UE se planteó fortalecer el papel internacional del euro sin que ello supusiese un cambio en el statu quo, pero ahora el planteamiento de la Comisión tiene nuevos fundamentos:

1. Se enmarca en la búsqueda de una “autonomía estratégica” que tiene otras dimensiones, además de la económica y financiera; una muy importante: la de defensa.

2. Se produce después del Brexit y, como dice expresamente la Comisión, en un momento en que existe una necesidad y una oportunidad para que la UE desarrolle sus infraestructuras financieras.

3. Entre las lecciones que la UE ha aprendido durante el mandato de Donald Trump está la evidencia de la vulnerabilidad de esas infraestructuras. Por ejemplo, las sanciones que Trump impuso unilateralmente a Irán tuvieron consecuencias para las empresas europeas, algunas tuvieron que renunciar a contratos y el sistema Swift, que opera bajo legislación belga, suspendió el acceso a bancos iraníes lo que provocó dificultades a empresas europeas.

4. La aparición de divisas digitales privadas como la de Facebook pueden suponer un desafío inédito al SMI y de ello ya han tomado nota las autoridades europeas porque, como dice Fabio Panetta, pueden utilizar “sus ventajas, su solidez financiera y su presencia global para ofrecer nuevas soluciones de pago y expandirse en transacciones nacionales y transfronterizas”.

5. Aunque el renminbi no juega un gran papel como moneda internacional, sí reúne las condiciones para jugarlo. De hecho, muchas de las acciones del Gobierno chino van encaminadas a ello, destacando el que en 2016 entrase a formar parte de la cesta de divisas que fundamentan el valor de los derechos especiales de giro, la moneda del FMI.

La pregunta entonces es: ¿qué posibilidades tiene el euro de aumentar su peso como moneda internacional? Dada la inercia del SMI, se puede afirmar que pocas a corto plazo, pero que la estrategia de la UE es correcta.

Si bien es cierto que con las divisas internacionales pasa algo similar que con los idiomas, cuánto más se use uno más gente querrá hablarlo, la pretensión de la UE es colonizar determinados segmentos financieros y comerciales, como los mercados de bonos verdes y los contratos de energía de la UE, que se denominarían en euros, para que a partir de ahí se produzca un efecto contagio y otras operaciones que ya no dependan de la UE sino de terceros países se denominen en euros.

Pero si lograr lo anterior sería difícil y lento, la consolidación del euro como moneda de reserva de los bancos centrales lo sería aún más. Aquí nos encontramos con un hándicap que ha tenido el euro desde su creación: la carencia de un Estado, con lo que ello supone no solo de institucionalidad y capacidad fiscal propia, sino también de fuerza militar.

En esas vías se propone avanzar la UE, pero no basta con declaraciones y todos conocemos las resistencias de los socios para todo lo que suponga mutualizar deudas, y el fondo de garantía de depósitos europeo lo sería.

Por supuesto, lo mismo se puede decir de los bonos europeos. Es cierto que los que se emitan para financiar el NGEU dan profundidad al mercado europeo, pero pueden ser insuficientes para consolidarlo porque no está garantizado que se tomen iniciativas similares en el futuro.

Una mayor internacionalización del euro tendría ventajas evidentes en la situación actual y en la que se avecina, y no solo la de compartir el privilegio exorbitante del dólar, pero también puede suponer desventajas para algunos socios de la UE como Alemania y otros países que tienen superávits comerciales: una moneda fuerte puede dañar sus importaciones lo que provocaría que no estuviesen muy interesados en fortalecer el papel de internacional de euro, como tampoco lo ha estado Japón con el yen.

En definitiva, convertir al euro en una espada que corte muchos de los nudos gordianos decisivos para el crecimiento y la estabilidad de Europa la enfrenta a las contradicciones típicas de todas sus decisiones importantes.

Juan B. Plaza es analista de economía