El sueño del soberanismo inglés

El Reino Unido podrá ahora controlar la inmigración procedente de países de la Unión Europea, pero esta nueva capacidad la va a pagar muy cara

El primer ministro del Reino Unido ha saludado el reciente acuerdo comercial con la Unión Europea como una fecha histórica en que su país recupera la soberanía e independencia nacional, recobrando el control de su política comercial. Desea transmitir con ello la impresión de que su gobierno gozará ahora de una libertad sin límites para operar en materia comercial como mejor le interese. Nada más lejos de la realidad.

El acuerdo significa que los productos que el Reino Unido exporte a la Unión Europea deberán cumplir con una serie de trámites aduaneros y controles que antes no eran necesarios. Aunque el compromiso de no imponerse mutuamente aranceles y cuotas evita males mayores, no por ello representa una situación equivalente a la de ser miembro de pleno derecho del Mercado Único Europeo, ya que en la actualidad los aranceles han perdido relevancia entre las trabas que aún limitan la libre circulación de mercancías entre países desarrollados. Ahora es más relevante conocer quién establece cuáles son las regulaciones, las normas técnicas y los estándares de protección a los consumidores y al medio ambiente a las que deben someterse las mercancías que se intercambian, y el Reino Unido ha tenido que aceptar de entrada un ‘compromiso de no regresión’ en las normas de referencia en materia laboral, social, y medioambiental, de tal modo que no podrá rebajar unilateralmente los niveles vigentes de protección en estos aspectos para otorgar una ventaja en términos de coste a sus empresas. Los productores del Reino Unido que deseen abastecer los mercados de su país y los de la Unión Europea deberán cumplir con todas las regulaciones propias de ambas áreas, pero con una novedad importante, y es que ahora su Gobierno no podrá participar en la elaboración o reforma de las normas de una Unión que ha abandonado.

No parecen tampoco muy compatibles con esa visión heroica de la soberanía recobrada ofrecida por Boris Johnson algunas de las consecuencias del acuerdo sobre el interior del propio Reino Unido. En su momento la propuesta de salida de la Unión Europea obtuvo un apoyo mayoritario entre los ingleses, pero fue mayoritariamente rechazada en algunas otras de las nacionalidades que conforman el país, y no sólo ha reforzado la pulsión secesionista en Escocia, sino que además ha introducido una barrera comercial en el Mar de Irlanda, entre la parte británica de la isla de Irlanda y el resto del Reino Unido. Por ello se ha tenido que recurrir a una solución complicada para evitar crear una frontera terrestre entre el Norte y el Sur de Irlanda, lo que significaría desandar buena parte del camino de los acuerdos de paz entre comunidades irlandesas históricamente enfrentadas por motivos políticos y religiosos. En virtud de ella, la parte británica de la isla permanece dentro del Mercado Único Europeo, lo cual necesariamente obliga a controlar y supervisar el tráfico comercial entre Gran Bretaña e Irlanda del Norte, para que productos elaborados por ejemplo en Manchester no se cuelen en Dublín, o desde allí en otras partes de la Unión Europea sin pasar por aduana. O bien para evitar que algunos productos de terceros países puedan entrar en el Mercado Único europeo a través del Reino Unido cuando los aranceles británicos para el comercio con dichos países sean inferiores a los europeos. En la práctica todo esto significará mucho papeleo, y entre otras cosas aplicar controles sanitarios sobre los alimentos que una parte del Reino Unido – Gran Bretaña – ‘exporte’ a la otra parte, la que limita con la República de Irlanda.

Los proveedores de servicios financieros, una de las principales actividades económicas del Reino Unido, aún lo van a tener peor. Antes del Brexit una entidad financiera ubicada en la City de Londres podía ofrecer sus servicios en la totalidad del territorio comunitario, beneficiándose del llamado ‘pasaporte financiero’ que permitía que la regulación en origen de su actividad, en este caso la británica, fuera válida para toda la Unión Europea. Ahora esta ventaja desaparece y en el futuro queda a expensas de que la Unión acepte reconocer como equivalente la normativa británica. Y los profesionales de la salud – médicos, dentistas, veterinarios etc.- ya no se beneficiarán de un reconocimiento a escala europea de su cualificación profesional, sino que deberán satisfacer los requisitos a los que les obligue la normativa particular de cada país.

Es ya evidente que el Reino Unido ha tenido que aceptar un amplio conjunto de condiciones para mantener un acceso relativamente amplio a un mercado europeo al que seguirá destinando la mayor parte de sus exportaciones de bienes y servicios. Los sueños ultraliberales de algunos partidarios del Brexit, que confiaban en obtener grandes mejoras de competitividad frente al mercado mundial basadas en una completa desregulación de la economía se han quedado exactamente en lo que eran, es decir en meras fantasías. Es cierto que el Reino Unido podrá ahora controlar la inmigración procedente de países de la Unión Europea, pero esta nueva capacidad la va a pagar muy cara. A la hora de trazar líneas rojas siempre es conveniente recordar que hay alguien al otro lado de la mesa negociadora.

En un mundo tan interdependiente como el actual la exaltación de la soberanía nacional justifica a ojos de sus devotos los sacrificios sustanciales que exige, que sin embargo resultan de difícil comprensión para quienes no participan del credo. La historia nos recuerda que a lo largo del siglo XX se ensangrentó repetidamente el suelo de Europa en nombre del sagrado ejercicio de la soberanía nacional, y que por ello la Unión Europea se alzó a continuación para hacer imposible que esos acontecimientos se repitieran. En el siglo XXI los sacrificios exigidos por el soberanismo parecen limitarse a aceptar renuncias en términos de bienestar material y progreso económico. Algo hemos avanzado.

Ernest Reig es investigador del Ivie y catedrático de la Universitat de València.