Balance laboral de 2020

El año que se salvaron millones de empleos cogidos con las pinzas de los ERTE

La tasa de paro de España ha escalado hasta el 16% pero distintos cálculos han estimado que, si no hubiera sido por las suspensiones de empleo el desempleo rondaría el 25%

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A principios de este año, el mercado laboral español llevaba varios meses perdiendo fuelle, pero sin que saltaran las alarmas. El ritmo de avance de la ocupación estaba en el 2%. De hecho, en febrero, la Seguridad Social ganó casi 86.000 cotizantes, el mejor dato en ese mes desde que empezó la recuperación del empleo tras la crisis financiera mundial de 2008. Pero el 12 de marzo todo cambió en España. El Gobierno cerraba los colegios hasta nueva orden por la pandemia de Covid-19 que, tras arrasar una parte de China, había desembarcado virulentamente en Italia y España, sobre todo.

Con el cierre de los centros escolares empezó el declive del empleo y, por eso, de forma general, se usa esa fecha del 12 de marzo como inicio de la crisis económica causada por la pandemia. Dos días después, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretaba el estado de alarma y el confinamiento domiciliario de todos los ciudadanos. Con ello, se cerraban bares y restaurantes, los grandes almacenes, las tiendas de moda y todo tipo de comercios con excepción de los de primera necesidad. De un día para otro, España asistió al hundimiento de sectores completos como el transporte, el turismo, la educación, los espectáculos o el deporte, entre muchos otros.

Este gran cierre o gran confinamiento, como se dio en llamar esta situación que se endureció aún más a principios de abril, aprovechando las vacaciones de Semana Santa y que duró hasta finales de ese mes, cuando se anunció el inicio del plan de desconfinamiento, se llevó por delante casi un millón de empleos entre el 12 de marzo y el 30 de abril. Concretamente, la Seguridad Social certificó que en ese mes y medio largo de confinamiento se destruyeron casi 946.000 empleos (884.869 asalariados y 60.692 autónomos).

Este fuerte recorte de la actividad se cebó en los más jóvenes (seis de cada diez personas que perdieron el empleo tenían menos de 40 años) y, sobre todo, arrolló a los trabajadores más precarios, los que tenían un contrato temporal, ya que tres de cada cuatro empleos destruidos eran eventuales (el 75% de los asalariados que desaparecieron del sistema) .

Pero esta destrucción de empleo habría sido muchísimo mayor si no hubiera sido por un conejo que el Gobierno se sacó de la chistera en el primer gran decreto de medidas contra la pandemia, del 17 de marzo. En ese texto se determinó que las medidas de limitación de la actividad para luchar contra los contagios eran una causa para los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) de fuerza mayor. Este tipo de ajustes ya existían en el ordenamiento jurídico laboral español, pero solo se utilizaban para causas de extrema gravedad relacionadas, por lo general con grandes siniestros (como incendios) o catástrofes naturales (inundaciones o terremotos).

Este tipo de ERTE por fuerza mayor, a diferencia de los ERTE habituales por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción (ETOP), no requerían ser negociados con los trabajadores y, lo más importante, conllevaban la exoneración en el pago de las cotizaciones empresariales. Sí exigían, sin embargo, una autorización administrativa, pero esto se solucionó aplicando el visto bueno por silencio administrativo pasados cinco días de la solicitud.

Junto a ello, el Ejecutivo aprobó otros cambios legales para que la consumición de las prestaciones por de­sem­pleo por estos ERTE pandémicos no contaran como prestaciones gastadas. Esta medida afectó también a los ERTE (ETOP), que igualmente siguieron haciéndose, aunque en menor medida.

Con todo ello, fueron miles de empresas en cascada las que empezaron a solicitar ERTE para sus plantillas desde el mismo 18 de marzo. El impacto fue tal que, según el registro de la Seguridad Social, el 30 de abril se registró el máximo de trabajadores afectados por ERTE: una cifra récord de 3.576.078 personas.

El uso intensivo de los ERTE en esta crisis cobra su verdadera dimensión cuando se compara con la utilización de esta herramienta en los últimos años. Si se suman todos los trabajadores afectados por cualquier tipo de ERTE desde 2003, se observa que en los últimos 17 años 2,4 millones de asalariados han pasado por alguno de estos ajustes, frente a los 3,5 millones a los que se les ha aplicado en solo mes y medio este año.

Prórrogas

Después de esto, el Gobierno y los agentes sociales han firmado dos acuerdos de prórroga de las condiciones ventajosas para los ERTE de la pandemia, y ahora negocian un tercero que se aplicará a partir del 31 de enero. En la actualidad, tras los rebrotes de la pandemia surgidos este otoño y con ellos las nuevas limitaciones a la actividada han frenado en seco la salida de trabajadores de los ERTE, cuyo número ha vuelto a crecer y roza ya los 800.000 asalariados inmersos en una de estas suspensiones de empleo de algún tipo.

Este mecanismo de ajuste ha evitado que la tasa de paro se haya disparado. Según la última Encuesta de Población Activa (EPA), el desempleo afecta al 16% de la población, dos puntos más que antes de la crisis. Pero, según distintos cálculos, de no haberse activado los ERTE como se hizo, esta tasa de paro habría escalado al entorno del 25%. Si esto hubiera ocurrido, la economía española habría vuelto a destruir más empleo que sus competidores, como había hecho en anteriores crisis, y muy por encima de las caídas de PIB. Sin embargo, los ERTE han frenado en seco esta anomalía española.

Por tanto, dada la relevancia del ajuste a través de las suspensiones de empleo, para analizar bien el impacto de la crisis en el mercado de trabajo, en lugar de tomar las cifras de afiliación u ocupación conviene estudiar el comportamiento de las horas de trabajo. Lo explica el economista y experto en mercado de trabajo Manuel Hidalgo, profesor de Economía Aplicada en la Universidad sevillana Pablo de Olavide: durante los tres primeros trimestres de la crisis de 2008 por cada punto de caída de PIB la ocupación descendía 1,7 puntos. Mientras que en los tres primeros trimestres de la actual crisis el retroceso del empleo por cada punto de PIB ha sido de 0,2 puntos.

Sin embargo, según continúa explicando Hidalgo, las horas no han modificado tanto su relación, ya que, por cada punto de PIB, en 2008 las horas totales bajaban en 1,7, mientras que en la recesión actual lo hacen en una proporción de 1,1. El uso de los ERTE, que ha ajustado la producción vía horas y no despidos, es el artífice de esta mejora. “Gracias a los ERTE, el empleo se ha desa­coplado de la producción. Es por ello que el indicador laboral correcto para seguir el ajuste del mercado de trabajo a los envites de la crisis no debe ser la ocupación, sino las horas”, concluye este economista. Así, los datos de las horas trabajadas que arroje próximamente la EPA del cuarto trimestre dejarán un dibujo más exacto del impacto del Covid-19 en la ocupación.

Recuperación lenta e incierta

  • Desigual. Tras la destrucción de 900.000 empleos entre el 12 de marzo y el 30 de abril, el mercado laboral ha ido recuperándose marcado por las etapas de la desescalada del confinamiento primero y por los rebrotes de la pandemia después. Según los últimos datos de la Seguridad Social a 30 de noviembre, se habrían recuperado algo más de 550.000 puestos de trabajo, lo que equivaldría a seis de cada diez destruidos. La recuperación de la ocupación está siendo muy desigual. Así, mientras ya se ha recuperado prácticamente todo el empleo destruido entre los autónomos o los mayores de 40 años, entre los menores de esa edad aún restarían por recuperarse más de la mitad de los desaparecidos.
  • Previsión. El economista de la Universidad Autónoma de Barcelona Josep Oliver cree que el empleo que tenía España en 2007 no se recuperará hasta 2026.
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