2021, vacunas para el optimismo

La receta es mantener carteras diversificadas, globales y con exposición

a compañías que se beneficien del crecimiento mundial, que llegará

Encaramos, con cierta alegría, la recta final de un año en el que nada ha salido como esperábamos. Nuestra mente está preparada para proyectar el futuro en base a supuestos de estabilidad, pero 2020 se ha empeñado en dar un vuelco a dicha estabilidad, empujándonos a vivir en una realidad que hasta hace poco nos hubiera parecido una distopía. La expansión del coronavirus golpeó a una realidad ya de por sí incierta, y obligó a la economía mundial a paralizar su actividad, abocándonos a una recesión económica de gran magnitud. Las previsiones más actualizadas del FMI, que datan de octubre, esperan una caída en el PIB para el año 2020 del 4,4% a escala global, con una caída aún más acusada en el caso de la zona euro, donde se espera que el retroceso se acerque al 8%.

Los mercados financieros, a diferencia de la economía real, tienen una facilidad pasmosa para adaptarse a situaciones complejas. Después de una sobrerreacción inicial a la baja, a raíz de conocer los primeros confinamientos en Europa durante el mes de marzo, el mercado comenzó a evaluar con más detenimiento el impacto que el cierre de la actividad tendría en las compañías, lo que, unido a la inmediata respuesta por parte de los bancos centrales, que inundaron el mercado de liquidez, y a la imaginación mostrada por los Estados para implementar estímulos fiscales, calmó el ánimo de los inversores. El mercado también identificó cuáles serían los sectores ganadores y perdedores de esta crisis, dejándonos fuertes dispersiones en la rentabilidad, según en qué sector pongamos el foco. Las compañías ligadas a la tecnología o a los nuevos hábitos de consumo sobresalen con ganancias notables, véanse las famosas FAANG, mientras que las más dependientes del ciclo económico, como financieras, energía o el turismo, caen estrepitosamente. Sin embargo, la situación parece haber cambiado últimamente.

Noviembre ha sido, claramente, un mes de inflexión. Los buenos resultados obtenidos por las vacunas, primero de Pfizer y después de Moderna y AstraZeneca, incluyendo la inminente aprobación por parte de las agencias del medicamento para su distribución, suponen un revulsivo de cara a la recuperación económica que cabría esperar para el próximo año, hecho que las Bolsas han celebrado con euforia, asistiendo a un comportamiento espectacular de las compañías que estaban más castigadas en el año. Por poner un ejemplo, el Ibex 35, una de las Bolsas más rezagadas en 2020, se anotaba un 25% en noviembre. Tiene su lógica.

Además, desde una perspectiva fundamental, y en la medida en que bancos centrales y Gobiernos actuaron con celeridad para paliar la falta de ingresos en las empresas, hemos visto cómo la situación financiera de las mismas no ha empeorado de manera significativa. En Europa, por ejemplo, las compañías no han perdido el acceso a los mercados de capitales, lo que les ha permitido emitir deuda relativamente barata, que ha estado dirigida mayoritariamente a reforzar la posición de liquidez de las compañías, ayudando a que la tasa de impagos esperada en la región se encuentre por debajo del 2%. De cara al próximo año, y en la medida en que la actividad se normalice, tocará poner a trabajar esa liquidez para incrementar la línea de ingresos.

Con este telón de fondo, las casas de análisis y gestoras internacionales llevan semanas lanzando sus previsiones para el año 2021, mostrando su preferencia por los principales activos de riesgo, esto es, renta variable y deuda high yield, que deberían ser los más favorecidos en un entorno de normalización de la actividad y de recuperación de los beneficios empresariales. Dentro de la renta variable, la oportunidad reside en sobreponderar los sectores más dañados este año, como el retail, industria o financieras, donde la revisión de beneficios al alza será mayor. A largo plazo, también será importante no perder exposición a los sectores anclados en tendencias de crecimiento secular, como la tecnología o la salud, si bien, la expectativa de un mayor crecimiento y, previsiblemente, de una mayor inflación a futuro podría pesar negativamente sobre la exigente valoración que presentan algunas de las compañías en estos sectores.

Por otro lado, los activos de riesgo encontrarán soporte en la falta de alternativas atractivas de inversión, así como en el exceso de liquidez existente en el sistema, lo que empujará al inversor a tener que soportar cierto nivel de riesgo para aspirar a obtener rentabilidades positivas o para, directamente, no perder dinero. Como ejemplo, el activo sin riesgo en Europa nos asegura la pérdida, al ser el coste de la liquidez fijado por el BCE, del -0,5%. En Estados Unidos, los tipos de interés a corto plazo se sitúan en un rango entre el 0%-0,25%, pero, como inversores europeos, asumiríamos riesgo dólar.

Por supuesto, existen riesgos en el horizonte que nos invitan a ser cautos. A corto plazo, el mercado se está mostrando muy complaciente, con las Bolsas americanas en máximos históricos y Europa habiendo experimentado un noviembre espectacular. Además, la situación actual del virus sigue presentando matices negativos y aún habrá que esperar a la segunda mitad de 2021 para alcanzar la deseada inmunidad de grupo. A nivel político, el desenlace del Brexit parece más cercano, aunque no conviene descartar sorpresas.

Nuestra receta, como casi siempre, es permanecer invertido en carteras diversificadas, globales y con exposición a compañías que se beneficien del crecimiento mundial, que tarde o temprano llegará.

Manuel Rodríguez Torrecillas es selector de fondos de renta fija en Abante