Fusiones bancarias: y cayó la primera ficha

La posible fusión de CaixaBank y Bankia no es expansiva, sino defensiva. Será la primera de una previsible ola de operaciones para reducir costes

La semana pasada el ex ministro de Guindos volvía a presionar a los bancos europeos para que aceleraran sus procesos de fusión. El BCE lleva años insistiendo en que esta es la vía adecuada para buscar una necesitadísima eficiencia en los costes para mejorar su solvencia y su liquidez.

Caixabank y Bankia han sido las primeras fichas en el tapete, aunque en el tablero de juego había muchas potenciales parejas. Este movimiento no se esperaba, y más después de que en 2012 ya hubiese un acercamiento entre ambas entidades sin resultado. La fusión, según las malas lenguas, se frustró por los egos de los mandatarios de las dos “Cajas”, el Sr. Fainé, ni el Sr. Rato, que no parecían dispuestos a no presidir la entidad resultante de la fusión; y también pesaron razones políticas en el eje Madrid-Barcelona. Desde entonces ha corrido probablemente más tinta que sobre la posible salida de Messi del Barca.

Lo que está claro es que la intención del BCE no es crear bancos europeos más competitivos frente a los de otras geografías, sino lograr la supervivencia de un sector que ya era frágil antes del Covid-19, en un entorno de tipos de interés negativos y con un crecimiento económico nulo.

Y es que la posible fusión de Caixabank y Bankia es un movimiento defensivo; comer antes de que te coman. No se realiza para crecer, ganar cuota de mercado u otros motivos que mencionan los manuales, sino para poder sobrevivir. El principal objetivo de esta fusión es la reducción de costes, única vía que tienen los bancos para tratar de ser rentables, a través del cierre de sucursales y la reducción de plantillas. No olvidemos que desde la crisis financiera de 2008 el número de sucursales bancarias en nuestro país se ha reducido a la mitad, de 46.000 se ha pasado a 23.000, lo que ha llevado a la destrucción de 100.000 puestos de trabajo de los 250.000 existentes en 2008. En ese año contábamos con más de sesenta entidades entre bancos y Cajas. Ahora apenas quedan algo más que una docena y bajando. Lo que es evidente es que esta operación corporativa, como las que están por venir, contribuirá a engordar estas cifras: una auténtica revolución del sector.

El valor en Bolsa de los bancos está por los suelos, incluso muy por debajo de su valor en libros, y podrían ser opados fácilmente. ¿Para qué entonces fusionar dos negocios basados en un negocio principalmente doméstico y que no puede ser rentable en el contexto actual? La respuesta es muy sencilla: sobrevivir. Sobrevivir reduciendo costes.

Y no hay muchas partidas en la cuenta de resultados que se puedan reducir para tratar de hacer rentables a los bancos en un entorno donde su materia prima, el dinero, es una mera commodity; cuando además han de competir con las Fintech, que tienen estructuras de costes mucho más ligeras; y con un panorama por los efectos de la crisis del Covid19 que traerá consigo una elevada morosidad y una falta de crédito elegible. Pocos movimientos pueden hacer los bancos para intentar reducir costes y el principal pilar es un viejo conocido: cerrar oficinas, adelgazar las estructuras de los servicios centrales y reducir la masa salarial mediante EREs y bajas incentivadas. Probablemente el Sr Fainé, que es el que sigue mandando en Caixabank a través de su fundación, ha decidido que es mejor dar el primer paso y comer a ser comido.

Ahora bien, desde un punto de vista estratégico esta fusión no tiene ningún sentido. Ambas entidades tienen una concentración importante en retail y pendiente una asignatura fundamental: crear una significativa presencia internacional. Sus principales competidores BBVA y sobre todo Santander sí hicieron sus deberes a tiempo y cuentan con gran presencia fuera de nuestro país, lo que les permite diversificar riesgos y hacerlos competitivos frente a sus peers europeos e internacionales.

La partida no ha hecho más que comenzar y se esperan nuevos movimientos con fichas que se emparejen o que coman a otras. Lo hemos visto en Alemania con la fusión de Deutsche Bank y Commerzbank; y en Francia con BNP y Societè General, que han intentado fusionarse en más de una ocasión, aunque no lo han logrado. En una segunda etapa llegarán las fusiones transfronterizas, mucho más complejas porque conllevan la adaptación de entidades de países con culturas e idiomas distintos.

Cabe imaginar el choque cultural que pudo suponer la mayor fusión intercomunitaria del sector bancario que protagonizaron en 2005 el grupo italiano Unicrédit, el banco alemán Hypovereinsbank y el austriaco Bank Austria. Se ha tardado años en que los alemanes en Munich entendieran la mentalidad italiana y viceversa. Ahora Unicredit es un banco italiano, pero la integración ha costado mucho esfuerzo y tiempo.

Comenzó pues el juego y ahora toca remover la fichas y estar muy atento al tapete para ver nuevas jugadas. Eso sí, no olvidemos que el objetivo es la supervivencia del sector y ello debería ser, populismos aparte, positivo para todos. El objetivo es contar con unos bancos solventes y un sistema financiera sólido.

Ricardo Zion es Profesor de Finanzas en EAE Business School