El teletrabajo creará su mercado sin vigilancia ni intervencionismo

La actividad laboral en remoto debe respetar la voluntariedad, pero también el compromiso con la eficiencia, la cultura empresarial y la creatividad colectiva

Dícese que el físico y matemático Isaac Newton sacó lo mejor de su privilegiada mente durante el prolongado confinamiento al que la peste sometió a la sociedad británica en la segunda mitad del siglo XVII, cuando escribió, entre 1665 y 1687, los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural, aunque él siempre creyó que se aprendía más viendo que leyendo. Unos pocos centenares de años después, y como todo termina cayendo por su propio peso, veremos pronto que el covid ha desarrollado pocos ingenios, aunque haya sido una oportunidad para estimular determinadas actividades, entre las que los españoles han descubierto el teletrabajo.

El uso intenso del trabajo en remoto desatado desde mediado marzo por la emergencia sanitaria ha generado un debate no menos intenso sobre las posibilidades de este formato laboral, que ha aflorado desde el escepticismo con el que era percibido hasta ahora hasta el integrismo que vaticina el fin del trabajo presencial. Seguramente en el medio camino estará la virtud, aunque algunos estudiosos de la economía aseguran que más de la mitad de las profesiones de dentro de veinte años no existen aún; en todo caso, cada análisis debe partir del conocimiento de una economía que exige obligada presencialidad en la inmensa mayoría de las actividades, y que tiene un recorrido limitado en aquellas fundamentadas en herramientas intelectuales. Que en esta crisis sanitaria el 30% de la masa laboral haya teletrabajado no quiere decir que sea el ideal, porque si lo fuese, lo habríamos descubierto antes, sin esperar a los rigores de la peste.

Ni abundan aquí los cerebros privilegiados de Newton ni esto es Finlandia como para haber descubierto el elixir laboral del siglo. El 70% largo de las actividades económicas que hace este país precisan físicamente de trabajadores, por mucha penetración tecnológica que tenga la construcción, los servicios turísticos, la fabricación de automóviles, la industria alimentaria, la sanidad o la distribución comercial. Y en el 30% corto de actividades con intensidad intelectual, aunque el trabajo en remoto sea una opción, ha quedado bastante demostrado que no es la mejor: jornadas extenuantes, dificultades técnicas, adaptación apresurada, sedentarismo, productividad más aparente que real.

Algunos ejemplos. El desempeño educativo de este año escolar es manifiestamente mejorable en todos los niveles, por mucho esfuerzo que hayan hecho los enseñantes y los enseñados, porque nada puede sustituir la química intangible que se crea en un aula entre un profesor y sus alumnos. Los periodistas han hecho periódicos que aparentemente alumbrábamos con la misma facilidad que los trabajados presencialmente, pero todos sabemos que nada enriquece más los contenidos periodísticos que un buen debate espontáneo entre el ruido de una redacción, como sabemos que las historias hay que buscarlas en la calle para garantizar la autenticidad, y no capturarlas funcionarialmente desde una pantalla líquida sin ponerle cara y ojos a cada emisor.

Hasta la banca, una labor penetrada hasta el tuétano por la tecnología en los últimos años, que ha generalizado las operaciones telemáticas y ha encajado como ninguna la promiscuidad comercial de la clientela más joven, ha vuelto rauda a las oficinas para cultivar el metro cuadrado de toda la vida y rescatar el contacto personal como único asidero sólido del negocio. Solo las administraciones públicas han extendido una forma de trabajar que debería quedarse, cual es la provisión de servicios documentales sin necesidad de la presencia física de los administrados ante una ventanilla; es común en la Agencia Tributaria y debería consolidarse en la Seguridad Social y en todos los trámites autonómicos y locales, y aprovechar el paso del Pisuerga por Valladolid para ajustar a la necesidad verdadera el número de funcionarios.

La dimensión real del teletrabajo terminará siendo la que la economía admita, por mucho esfuerzo que se haga en extenderlo o en limitarlo. Pero esta puntual expansión del formato ha desatado las tradicionales convicciones intervencionistas del Gobierno para tratar de regularizarlo, cuando está ya desarrollado someramente en el Estatuto de los Trabajadores (artículo 13), y cuando debe ser en cada empresa, o lo sumo en cada sector de actividad, donde los patronos, que tienen la potestad de la organización del trabajo, y los representantes legales, que pueden negociarla, deben dibujar su propio terreno de juego.

El redactado de vigilancia enfermiza del Ministerio de Trabajo se ciñe al garantismo propio de los sindicatos que lo conciben como un derecho del que la empresa no puede sacar ventaja alguna, acotando jornada, la carga de los costes o la desconexión. Las empresas ya han advertido de que si todo son pegas, optarán por las alternativas mejores en las contrataciones nuevas, en el bien entendido de que el mercado laboral llega más lejos que las costuras peninsulares.

Lo cierto es que a los sindicatos no les hace muy felices el teletrabajo, y no es porque pueda hacer felices a quienes optan por trabajar desde su casa. El trabajo en remoto, propio de actividades intelectuales, fomenta el individualismo, construye una suerte de aristocracia laboral en torno a quien lo practica y debilita seriamente la acción colectiva en la que siempre se ha anclado la labor sindical. Si ahora el fenómeno se expande a actividades de menor valor añadido que puedan ser paquetizadas y solventadas tecnológicamente, como una evolución lógica de la subcontrata de labores concretas de la cadena de valor en la empresa, la clientela sindical, especialmente la que puedan aportar las nuevas generaciones, estaría tan dispersa que diluiría su poder en las relaciones industriales.

Los cerca de 300.000 riders asalariados que pedalean ahora en las ciudades, en una de las muestras más palpables de aprovechamiento de la tecnología y de degradación laboral a la vez, han demostrado que pueden sindicar sus demandas también telemáticamente, y los sindicatos han buscado la forma de llegar a ellos en los numerosos conflictos colectivos que ya han tenido pese a ser una actividad relativamente joven. Pero no es lo mismo. Pueden activar su fortaleza en un conflicto empresarial o sectorial, pero la movilización con formatos telemáticos de una afiliación virtual y esporádica para causas mayores en las que a los sindicatos les pirria intervenir se antoja complicada.

La garantía de otros derechos como la conciliación, el cuidado de hijos o de mayores tendrá un recorrido importante del trabajo en remoto, como muestra el botón del acuerdo en la Administración General del Estado, donde todo el mundo puede teletrabajar un día a la semana (seguro que los viernes y los lunes están ya todos reservados), y hasta cuatro quienes tengan a su cuidado hijos o mayores dependientes. Al final, las empresas tratarán de utilizar el teletrabajo de sus asalariados hasta donde les sea útil, eficiente y productivo, y siempre respetando la regla de oro de la voluntariedad, pero ejercida dentro del margen que proporciona al empresario la tutela de la organización del trabajo; esto es: voluntariedad personal, pero con el permiso del jefe.

El teletrabajo también erosiona la cultura empresarial, el patriotismo laboral de las corporaciones empresariales, aunque sea España una economía de pyme y minifundismo, además de fragmentar las plantillas, un fenómeno arriesgado por mucho que el empresario siempre haya ambicionado una relación laboral individual o personal con la parte elegida de su fuerza laboral.

En definitiva, un fenómeno ya existente ha dado el estirón con la crisis sanitaria, pero buscará su estatura media con el tiempo, echando raíz en las labores intelectuales que sumen y que no supongan un menoscabo de la creatividad colectiva inherente a determinadas actividades.

José Antonio Vega es director adjunto de Cinco Días