La pandemia y el papel de los cisnes

La salida de la crisis de 2008 se delegó en los economistas (‘black swan’) mientras la actual se ha delegado en los científicos (‘green swan’)

La pandemia y el papel de los cisnes

La pandemia de Covid-19 nos está permitiendo completar el mapa íntegro de la globalización a través de esta distopía que nos ha tocado vivir. El cambio climático, las migraciones de origen económico y ambiental, los ciberataques o los contagios financieros entre los mercados eran las grandes amenazas que asociábamos a la globalización. Faltaban las pandemias globales, bien sean accidentales (zoonosis) o intencionadas (guerras biológicas), para poner de manifiesto nuestra vulnerabilidad definitiva ante esta obsesión desmedida, poseuclidiana y falsamente heraclítea en torno al cambio acrítico y a la promesa de progreso que nos inoculó para siempre el siglo XIX y su idea de acumulación indefinida.

Esta obsesión por el cambio nos ha hecho perder las referencias, las pocas verdades metafísicas y los horizontes de certeza que deben ser esenciales a la naturaleza humana para poder gobernar su destino y para la propia consecución de la felicidad. La sobrevaloración del cambio, la obsesión y el desasosiego por tomar riesgo, por salir sistemáticamente de la zona de confort, simplemente por el prurito de sentir la sensación de vértigo y quedarnos agarrados a la brocha cuando nos quitan la escalera, es la idea que subyace en el concepto de especulación en los mercados y que nos han hecho autoimponernos en nuestro día a día. Nos hemos acomodado en el pensamiento débil y posmoderno, en los ridículos modelos de autocura que invaden nuestro entorno y las redes sociales, habiendo quedado prácticamente desarmados en el ámbito crítico y ético-ontológico mientras se desarrollaba a nuestro alrededor un mundo intencionadamente complejo que sistemáticamente sobrevaloraba cegadoramente el cambio, la exponencialidad y los modelos de innovación no lineales, dejándonos sin cimientos intelectuales para enfrentarlos.

Los mecanismos de toma de decisión democráticos no nos han sido muy útiles cuando las decisiones, especialmente cuando aparecen cisnes negros, o verdes, según sea el caso del Covid-19, se delegan en los sistemas expertos. La salida de la crisis de 2008 se delegó en los economistas (black swan); y la salida de esta crisis se ha delegado en los científicos (green swan). Para qué invertir tanto en educación y participación políticas, en democracia, o en el propio principio de precaución, que es el gran valedor de la democracia ante la invasión ilegítima de los sistemas expertos y de los lobbies, si al final en los momentos decisivos deciden ellos. Precisamente aquellos que nos han instalado en sus modelos de complejidad y exponencialidad acríticos e inasumibles.

Las dos últimas crisis que hemos vivido han estado basadas en esquemas de exponencialidad y de contagio (falta de confianza). La primera se basó en la ley de capitalización compuesta, que rige los mercados financieros y que explica cómo la economía financiera crece muy por encima de la economía real (lineal) sin posibilidad de redención. La consecuencia no es una economía basada en los bienes, como probablemente hubiera dicho Aristóteles, en los activos, que se dice ahora; sino una economía basada en la deuda, en los pasivos: en las perversas ideas de reserva fraccionaria, de dinero basado en la deuda, de las ventas en descubierto, de los derechos a contaminar y otras tantas perversiones que va generando nuestro sistema de acumulación y nuestra economía de casino. Por no hablar de las innovaciones eufemísticas en el ámbito financiero de llamar, por ejemplo, a un bono, que es un título de deuda, activo financiero. Y la segunda, la crisis del Covid-19, basada en la curva exponencial de contagio de cualquier epidemia y que nos ha sobrecogido a todos, no tanto por sus efectos, pues en la historia ha habido crisis epidemiológicas con mayor impacto sanitario, sino por su integración en el sistema económico y por ser el síntoma, aparte del cambio geoestratégico entre China y EE UU, de un problema ambiental sin precedentes: pérdida de biodiversidad, cambio climático, ciclo del nitrógeno, acidificación de los océanos, etc.

En esta crisis los mercados no han funcionado. Los modelos de terciarización o de temporización de la cadena de suministro han mostrado su vulnerabilidad. La obsesión por la rotación de las cosas (obsolescencia programada y economía lineal) y de las personas nos genera problemas ambientales e infelicidad. El riesgo moral y el riesgo de agencia han campado a sus anchas. No estaba previsto un sistema de seguros para hacer frente a una catástrofe de esta índole, que era considerada en términos gaussianos como un problema de cola, y no la reconocimos cuando llegó (como tampoco la crisis financiera de 2008). Los Gobiernos se han visto más débiles que las grandes corporaciones para poder proveer de material sanitario y preservar la seguridad de los ciudadanos. Y lo que es mucho más grave, ha habido un cambio sustancial en las externalidades. Las externalidades negativas, como la del Covid-19, se han hecho transversales y/o globales. Las empresas y la economía financiera trasladan hoy más riesgos que costes a la sociedad. Cada vez más riesgos específicos se van convirtiendo en riesgos sistémicos, con importantes consecuencias en términos de desigualdad (socialización de los costes de las crisis y privatización de las ganancias) y distribución de la carga impositiva, de capacidad de diversificación y gestión de los riesgos, o de gobernanza.

Precisamente el reto de la gobernanza está en la generación de certidumbre y horizontes de certeza. Ya sabemos que el mundo es incierto y azaroso, que todo está sometido a las leyes del cambio, pero no podemos permitir que las instituciones humanas (Gobiernos y empresas, por ejemplo) sean las que aceleren la incertidumbre, incrementen la entropía y eludan la planificación ante la fungibilidad y el cambio omnipresentes. El fetichismo que nuestra sociedad siente por el cambio nos ha llevado a generar esquemas de exponencialidad a los que no estamos acostumbrados, ni nuestra economía ni nuestra salud mental. Todos deberíamos pensar cómo aportar certidumbre a nuestro entorno, tanto a nivel individual como institucional. Esa debe ser nuestra licencia social para operar: la clave de la confianza a la que debemos enfrentarnos. Y confiar no es eludir el espíritu crítico. La multilateralidad, la seguridad jurídica, la planificación a largo plazo, el marco ético y la relación a largo plazo entre las personas e instituciones, la cooperación, la integración institucional, y tantos otros mecanismos que conocemos, deben ser los elementos y prácticas habituales en nuestras vidas, y a los que deben propender nuestras instituciones. No a generar entropía, incertidumbre y riesgo. Con una economía destruida, una sociedad con miedo y una población gravemente afectada psicológicamente por el confinamiento, en términos cartesianos y de alforjas, qué nos queda de toda esta experiencia si eliminamos todo lo accesorio. Nos queda la duda y la ética. La duda moderna, asociada al principio de precaución. Y la ética, la gran expresión moral de una sociedad que ha apostado por preservar la salud frente a la economía, aun sospechando que los resultados iban a ser los mismos. Capitalicemos esto y reconstruyamos desde aquí.

Francisco Cortés García es Profesor de Finanzas de la UNIR