España, una economía sin suelo

Es hora de construir unos cimientos sólidos, basados en instituciones robustas, tecnología, diversificación productiva y reindustrialización

España, una economía sin suelo

España y su economía, vista como la casa de todos, tiene habitaciones luminosas, con techos altos que despiertan admiración en nuestros vecinos. Como las infraestructuras, con la segunda red de alta velocidad del mundo o la mayor red de autopistas y autovías de Europa, lo que, entre otros factores, le ha permitido convertirse en un referente internacional en mejora de la siniestralidad vial. Es el segundo país del mundo en riqueza patrimonial, según US News, lo que explica que sea también el tercer país del mundo en lugares Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Esto contribuye, junto a nuestras playas, a que sea el segundo país del mundo en llegada de turistas internacionales antes del Covid-19. También tiene otras habitaciones menos suntuosas, pero confortables. Un buen nivel de renta o un destacable nivel de producción industrial, que la colocan en el 25º puesto del mundo en desarrollo humano, según la ONU. Desafortunadamente, también tenemos estancias más humildes, inapropiadas, que nos preocupan o incluso nos avergüenzan, como los resultados en educación del informe PISA, la falta de recursos para ciencia e innovación o la alta tasa de desempleo estructural.

Todas ellas tienen en común que no tienen suelo. Ante cualquier crisis, sea del tipo que sea, nuestro país parece caer sin remisión a un sótano profundo y lúgubre. Es como un castillo de naipes en los momentos críticos. Un perverso efecto dominó en el que las fichas siguen cayendo, unas sobre otras, sin que podamos evitarlo. Se sobrerreacciona como un mal actor en noche de estreno. La falta de suelo hace que vivir en nuestro país sea como montarse en una montaña rusa con los ojos cerrados. Las grandes caídas nos están esperando, aunque no sabemos en qué recodo de las vías.

No hay explicación antropológica alguna que justifique estar entre los que obtienen peores resultados dentro de los países desarrollados durante las crisis. Pasó con la crisis del Sistema Monetario Europeo en 1993 o hace una década con la debacle financiera y la Gran Recesión. Esas caídas traen incontables sufrimientos a los que habitamos este patio de vecinos. Se truncan sueños, oportunidades, proyectos de vida. Se generan aún mayores niveles de desempleo, que obligan a grandes capas de la población a desplazarse a la economía informal o directamente a la emigración.

Si hablamos de crisis sanitarias, nuestros números tampoco son buenos. El sida, la última gran pandemia del siglo XX, se cebó con España. Nuestra tasa de contagio, a finales de los 90, era casi el triple de la media de los países de la Unión Europea. O qué decir de la conocida (y mal llamada) gripe española, que tan desagradable centenario de su último brote estamos conmemorando. Es verdad que no fuimos el país con mayor tasa de mortalidad, pero estuvimos entre los peores. Cálculos recientes de aquella pandemia hablan de una alta mortalidad, en la que en Europa parece que nos superaron Portugal e Italia.

Esta situación quizás era más tolerable en el pasado. Normalmente, tras la fuerte caída había una rápida y dinámica recuperación. Es decir, se sobrerreaccionaba en los malos momentos, pero también en los buenos. La última crisis financiera cambió este escenario. La recuperación fue lenta e insuficiente, e incluso exigua dentro del escenario internacional. Si en el 2008 España era la octava potencia económica del mundo, según el valor del PIB, la crisis nos llevó al puesto decimocuarto, y la recuperación solo nos ha permitido subir hasta un nada glamuroso puesto decimotercero. Posición que este año previsiblemente España volverá a abandonar para seguir cayendo hacia la mediocridad internacional. De hecho, las previsiones del FMI muestran que, de nuevo, España podría perder esa mayor capacidad de recuperación. Para este organismo, de entre los países que más caerán este año, nuestra economía es la que menos crecería en 2021, si descontamos a Ucrania, un país que acaba de cumplir su sexto año en guerra civil de baja intensidad.

Ahora que empiezan los trabajos de la comisión parlamentaria que debe abordar la reconstrucción de nuestra economía y sociedad, permítanos humildemente encargar una tarea. Cierren ese sótano para siempre, construyan un suelo sólido, basado en robustas instituciones como la sanidad, la justicia o la educación, que engrasen el ascensor social. Reorientémonos hacia una sociedad más tecnológica, empezando por las escuelas, en los que nuestras hijas e hijos aprendan a programar, y en la que el modelo de negocio de las plataformas y la robotización de la economía sean el camino más eficiente para diversificar en servicios e intentar un proceso de reindustrialización. Adapten nuestro sistema político al multipartidismo, con nuevas normas que faciliten la consecución de mayorías estables. Construyan una nueva dialéctica ciudadana, alejada del enfrentamiento, en la que el sector público y privado se entrelacen de forma simbiótica. Desarrollen una sociedad y una economía con sistemas de incentivos transparentes y estables, que nos permitan caminar hacia metas más ambiciosas. Las generaciones presentes y futuras de españoles se lo agradecerán.

Santiago Carbó Valverde / José Ignacio Castillo Manzano son Catedrático de Economía de Cunef e investigador de Funcas / Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla