Los prejuicios y disputas que acompañan al debate del MEDE y los ‘coronabonos’

El sur teme quedar encasillado si el fondo de rescate conlleva intereses y condicionalidad

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. REUTERS

Ha pasado un mes desde que la Unión Europea comenzó a moverse para atajar los efectos del Covid-19. Sin embargo, más allá de los primeros paquetes de ayudas movilizados por Bruselas, de la flexibilidad en cuanto a las reglas de gasto impulsada desde la Comisión y de la inyección de 700.000 millones del Banco Central Europeo, los países no han sido capaces de fijar una respuesta fiscal común.

A un lado están España, Francia, Italia, Portugal, Bélgica, Irlanda, Luxemburgo, Eslovenia y Grecia, acompañados de instituciones como el BCE, el Banco Europeo de Inversiones (BEI) o la propia Comisión. Piden, a grandes rasgos, activar buena parte de la potencia del MEDE con una condicionalidad nula o simbólica, emitir coronabonos y crear un seguro comunitario contra el paro. En frente están Alemania, Holanda, Finlandia y Austria, contrarios a compartir riesgos y deuda, y reacios a que el uso del fondo de rescate salga gratis. Hasta aquí, un breve resumen del punto en el que se encuentra un conflicto que tiene parte de su origen en las secuelas de la crisis financiera de 2008 y en las visitas de los hombres de negro de la Troika.

Qué es el MEDE

El Mecanismo Europeo de Estabilidad es el fondo de rescate europeo creado tras la crisis económica de 2008, que cuenta con una capacidad de fuego inmediata de 410.000 millones de euros. “Es un mecanismo que funciona con la lógica de asistencia financiera”, explica el responsable de economía en Analistas Financieros Internacionales (Afi), Gonzalo García. La política monetaria es común y las políticas fiscales son nacionales, prosigue, pero en el momento en el que un país no puede financiarse por sí solo, “de manera conjunta se emite liquidez y se le presta”.

De esta manera, el MEDE emite dinero con el respaldo del capital que van poniendo los miembros, haciendo que la deuda sea compartida. Lo que subyace detrás de todo esto, señala García, es que “hay quienes piensan que el MEDE debe ser el embrión de un tesoro europeo, mientras que Alemania y Holanda lo rechazan” y abogan por poner al préstamo ciertas condiciones menos o más duras. Tal y como sucedió en la Grecia de la Troika. De hecho, añade, en el caso de quitar ese interés, la cantidad movilizada “sería baja”.

Según los cálculos de Esade EcPol, indica su director, Toni Roldán, el plan de choque de España, con una movilización de 200.000 millones, podría colocar la deuda pública en el 140% del PIB en 2030. Haciendo uso del MEDE sin condicionalidad se podría estabilizar el ratio de deuda pública al 125% del PIB, “haciendo que España se ahorrase unos 150.000 millones en pagos de intereses acumulados entre 2020 y 2030. Con unos tipos muy bajos del MEDE, el esfuerzo fiscal de cada país es sostenible”, cuenta.

Nada de ‘coronabonos’

Otro debate es el de la emisión de los coronabonos, que permitiría compartir la deuda en igualdad de condiciones, dando pie a una salida paneuropea y conjunta. A su vez, detalla Roldán, “ofrecerían mayor garantía que la deuda soberana de cada país, ya que la responsabilidad estaría mancomunada”. Además, el acceso a los mercados y a la liquidez sería más fácil, ya que el riesgo del conjunto sería menor que el de cada individualidad.

El problema, más allá de las posturas divergentes, es que los fondos disponibles del MEDE no serían suficientes, por lo que los socios tendrían que invertir un esfuerzo extra. “Encontrándonos en una situación excepcional y simétrica”, alega Gonzalo García, tendría sentido que una parte de la respuesta fiscal fuese conjunta, “y no ver a cada país emitiendo deuda en el mercado por separado”.

Prejuicios

El coronavirus está afectando de manera muy dispar a unos países y otros. Mientras que en España e Italia los muertos se cuentan por miles, no ocurre así en Alemania y Holanda. La respuesta fiscal difiere en los mismos términos. “Aunque la situación sea dramática, la sensación en el norte es que los países que están en crisis vuelven a ser los del sur. Y que están así porque no se han preparado en materia sanitaria, se han endeudado demasiado y no han creado un colchón presupuestario”, dice Miguel Otero-Iglesias, analista sénior en el Real Instituto Elcano.

En los mismos términos se expresa Toni Roldán, que cree que hay unos prejuicios heredados de la crisis de 2008 que están condicionando el debate y que se juntan con la mala suerte de que la pandemia haya empezado a golpear a Europa en Italia y España “por razones aleatorias”, explica. Esto no significa “que no haya errores de gestión, pero la dinámica de deudores y acreedores es un legado político muy difícil de extirpar”.

A esto se le suma, prosigue Otero-Iglesias, un aspecto cultural que determina por completo el debate en torno a la activación del MEDE o la emisión de coronabonos. “En el norte son muy críticos con el concepto de subsidio, de dar ayuda sin corresponsabilidad u obligación posterior. Es algo propio del ordoliberalismo. Por eso, toda ayuda viene con condicionalidad y con tipos de interés, porque el objetivo es que no vuelvan a pedirte dinero. En los países del sur, por el contrario, hay más laxitud”, expone.

Estos prejuicios, prosiguen los expertos, también han llegado a los países del sur, donde hay cierto pavor a recurrir a un MEDE con intereses y condiciones que los encasille de por vida, como sucedió en cierta manera con Grecia. Por eso el sur reclama una condicionalidad nula.

Mutualizar riesgos

Esta diferencia cultural, comenta Toni Roldán, es la que hace que en países como Alemania u Holanda, la emisión de eurobonos se perciba como un sistema de transferencias permanente en el que la estabilidad del Estado se pone en riesgo por una circunstancia que en teoría le es ajena. La situación sería diferente, aventura Gonzalo García, si la gravedad y el golpe devastador del virus llegase con la misma fuerza a estos países.

A la propuesta que viene desde el sur, en opinión de Otero-Iglesias, le falta, no obstante, algún matiz que otro: “La emisión de deuda conjunta no se puede decidir así como así, porque también debería venir acompañada por una mutualización del control de los recursos. El sur puede pedir compartir deuda, pero debe acompañarlo de una mutualización del control posterior, que debería definirse, probablemente, con una cesión de soberanía y una intromisión de Bruselas en las cuentas públicas”.

Secuelas políticas

Para el director del Barcelona Centre for International Affairs, Pol Morillas, esto ya no es una disputa entre norte y sur, sino entre quienes quieren encarar esto como algo conjunto y los que ponen por delante el punto de vista nacional. “Si no se llega a un acuerdo, habrá quedado muy herido el proyecto de comunidad compartida, porque no se habrá hecho frente a una cuestión de vidas humanas que no tiene que ver con la gestión económica previa”. Se reforzaría, advirtió, la “lógica lapidaria de ‘mi país primero’, demasiado común en las últimas crisis”.

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