Lecturas demoscópicas ante las elecciones

El ruido y la demagogia distraen del verdadero problema: la economía y la falta de ideas políticas

Lecturas demoscópicas ante las elecciones

No, no es creíble la oleada de datos y escaños que la última de las encuesta del CIS sobre intenciones de voto acaba de hacer públicas. Hablamos de intenciones. Volatilidad en suma, con la excepción de aquel voto rocoso, férreo e imperturbable que hasta 2015 atesoró el Partido Popular hasta caer en picado en abril pasado.

Pero ahora mismo, una horquilla tan amplia de 20 escaños prácticamente, entre 133 y 150, se antoja, sencillamente, misión imposible y ningún estratega de campaña electoral se atrevería a manifestar. Ciertamente la misma se llevó a cabo con anterioridad a los gravísimos altercados de Cataluña –a ver qué harían otros en La Moncloa ante la situación, hablar es barato y fácil– y la exhumación de los restos de Francisco Franco.

A estas alturas del partido, exhumar a Franco no regala votos. Todo eso está amortizado hace mucho. La indiferencia y el darlo por bueno ha sido la pauta y la tónica pese al chirriar de unos pocos. Este pueblo ha cambiado y sabe distinguir ciertas cosas, no todas, pero algunas sí, y no está dispuesto a dictaduras, ni de un lado ni de otro, con sus inviernos rusos, pues baste recordar y airear lo que hicieron los agentes estalinistas y algunos de aquí en las checas y el Madrid de San Antón y la Modelo.

Lo malo de este país es que es selectivo en su amnesia. Incluso habría qué preguntarse por qué el Lenin español, Largo Caballero, tiene en verdad una suntuosa y extravagante escultura gigante en plena Castellana de Madrid. Miren lo que decía y hacía en las revoluciones de 1934. Pero ya se sabe, aquí solo se es sectario a conveniencia. Pero no da votos, señor Sánchez. Es la economía y el no saber cómo afrontar el tema catalán. El sempiterno tema catalán. Ningún presidente en la democracia, y van unos cuantos, ha sabido otra cosa que ceder y dar, otorgar y diferenciar Cataluña del resto y acallar el hambre insaciable del nacionalismo. Hoy estamos donde estamos por no saber decir no y plantarse. Demasiado tarde.

No hay voluntad de retornar algunas competencias, entre ellas educación, que nunca se debieron otorgar a ninguna comunidad autónoma si al menos no era leal y preocupada precisamente por eso, la educación y no el sectarismo y el adoctrinamiento. Pocas escapan de ello en este ruedo ibérico.

Pero al margen de la exhumación y Cataluña, el ruido de las hélices distrae del verdadero problema: la economía y la ausencia de ideas políticas y públicas a implementar. A los políticos se les ha secado el manantial de las ideas y la iniciativa política. Todo lo que dicen ya está dicho con anterioridad. No saben qué hacer o recurren a que ellos son los guardianes de las esencias y la economía. Discurso hueco y efímero sin recorrido alguno.

Un país acostumbrado a las subvenciones, con millones de parados, de jubilados y de funcionarios a los que apenas se les controla su labor efectiva, tiene un serio problema. Si a ello le sumamos los contratos basura, la temporalidad y precariedad y el inmenso agujero de las pensiones, presente y futuro, es para pensárselo dos veces. Estos barbilampiños deberían tener simplemente capacidad política y de sentarse a hablar de verdad de lo que verdaderamente preocupa y dejarse de fuegos de artificio, veleidades y discursos ramplones y vacuos que otros les escriben bien pagados.

Al menos, el CIS le otorga un bálsamo de esperanza a la caída en barrena de Rivera, no de Ciudadanos, sino de Rivera, nunca un partido le va a deber tanto a un solo hombre y sus torpezas y egoísmos. Veremos si Vox aguanta, toda vez que se airean una y otra vez pasados y profesiones de sus líderes emergentes, pero repetitivos en mensajes y soflamas.

Podemos aguanta y el joven narciso de la transversalidad política puede llevarse un buen varapalo electoral y ni siquiera formar grupo político. Todo está abierto, inclusive que la recuperación del partido popular no sea tal. Hoy sacan pecho con una cifra, 100, pero hay miedo a no llegar a ese umbral de escaños.

Todo puede pasar en estos diez días. Incluso una insufrible y tediosa campaña telúrica y esperpéntica donde lo que hablen parecerá de otro planeta.

Afortunadamente muchos sabemos qué votar. Ya no se engaña tan fácilmente, incluso aunque alguien vote en blanco. Porque democracia es votar. Siempre votar. Nuestros abuelos y padres hubo un tiempo en que no lo hacían. Ahora parece fácil. Pero no lo es. Respetemos el sistema democrático, pero hagámoslo respetándonos a nosotros primeros en una sociedad de valores, abierta, dinámica, tolerante y que ponga freno a la corrupción y a la sinvergonzonería manifiesta.

Votemos por mucho que nos repitan sorpassos o nos digan que no saldremos del bloqueo. No es la sociedad la que bloquea, son las cúpulas de los partidos, prisioneros de su propia endogamia y egoísmo, los que no son capaces de pensar en los españoles anónimos. Así de simple.

Abel Veiga Copo es Profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas