La justicia, el último baluarte contra los abusos del poder

Nuestro sistema jurídico sufre serios problemas, pero es justicia

Los líderes independentistas catalanes, durante el juicio del procés celebrado en el Tribunal Supremo.
Los líderes independentistas catalanes, durante el juicio del procés celebrado en el Tribunal Supremo.

El Tribunal Supremo ha sentenciado a Oriol Junqueras a 13 años por sedición con malversación y a entre 9 y 12 al resto de encarcelados por el procés. Y la resolución, de casi 500 folios, está siendo y será debatida hasta la extenuación, acaparando opiniones de todos los gustos y colores.

Quien la lea encontrará en ella errores, contradicciones, omisiones… Pero se ha hecho justicia y no porque se haya dado la razón a uno u otro o porque se hayan calificado jurídicamente los hechos así o asá, sino, sencillamente, porque el tribunal competente de un Estado democrático y de Derecho ha dictado la sentencia que, en conciencia y libremente, ha considerado la más adecuada a los hechos que ha declarado probados. Y por ello deberíamos sentirnos afortunados, al vivir en un país en el que existe algo así.

Con toda probabilidad, todas las sentencias que se han dictado hasta el momento por todos los órganos de justicia, en todas las jurisdicciones del mundo, han sido consideradas injustas por alguien. En muchos casos, incluso, dejan insatisfechos a todos. Y no puede ser de otra manera.

Discutir un pronunciamiento judicial, dudar de su acierto, considerarlo jurídicamente equivocado… es algo que los prácticos del Derecho hacemos todos los días. Y con razones, siempre con buenas razones. O eso creemos. Y tantas veces concluimos que la sentencia, si la hubiera dictado otro juez, en otro lugar o en otro momento, habría sido diversa. Y es verdad. Es lo que tiene la condición humana, que vivimos sujetos al tiempo y al espacio, que nos condicionan. Y de qué manera.

Cualquier juez, al dictar sentencia, no puede despojarse de quién es, de su historia, de su pensamiento, de sus certezas, de su forma de ser, de todo aquello que le hace ser él y no otro. No puede impedir totalmente que su entorno más directo, las cosas que ve y oye, las circunstancias que a él o a sus seres queridos les toca vivir, le influyan, aunque sea inconscientemente, a la hora de llegar a una u otra conclusión.

Y sí, hay jueces buenos y jueces malos, como hay abogados buenos y malos, y vendedores de carne mechada buenos y malos… Es decir, siempre hay gente que intenta hacer bien su trabajo, que se esmera, que no le da lo mismo 8 que 80; y otros que, por la razón que sea, puede que incluso con una intención decidida de hacer lo contrario de lo que deben, hacen su trabajo mal o muy mal. Todos lo sabemos y lo sufrimos en nuestras carnes.

Pero nada de esto permite poner en duda la validez de nuestro sistema de justicia. No es perfecto. Y es que no puede serlo. No lo es ninguno. Pero, aunque resulte mejorable, es justicia y es independiente, salvo situaciones patológicas.

En este sentido, generar inseguridad o desconfianza sobre la administración de Justicia no le hace bien a nadie; desde luego, no al ciudadano, que encuentra en este sistema el último baluarte contra los abusos del poder.

Nuestro sistema jurídico sufre serios problemas que hemos de afrontar todos los que intervenimos en él. El más grave de todos, en mi opinión, sería la lentitud en que incurre en muchos casos. Pero es justicia. Y solo quien ha vivido en un estado sin justicia o con un sistema jurídico en manos del poder aprecia lo que es contar con un juez que va a decidir libremente o todo lo libremente que puede ser. De ahí el deber de acatar las sentencias. De ahí la responsabilidad de respetar la Justicia.

Juan Sánchez Corzo es socio de Life Abogados