Ante la exuberancia, lo mejor es la cordura

La sumisión, la rebelión y la paciencia son las tres opciones actuales para el inversor

Mario Draghi, presidente del BCE.
Mario Draghi, presidente del BCE.

Llevamos cierto tiempo escuchando y viendo cómo palabras como inflación, crecimiento o productividad se van difuminando y entremezclando con la política monetaria expansiva que han iniciado casi al unísono los bancos centrales occidentales –con la excepción de Japón, pioneros aquí, a la vez que ha ido cediendo su liderazgo tecnológico– con el afán de incrementar estos factores.

Decía Hayek que el buen economista no lo es por el mero hecho de ver lo que todos ven, ni siquiera saber analizar correctamente lo visible y obtener conclusiones plausibles sobre los efectos de estos. No, Hayek caracterizaba al buen economista por su capacidad para ver los efectos no visibles, colaterales, o de segundo orden, que es donde se centra la verdadera peligrosidad de toda idea que parte de la buena intención.

En otras palabras, es lo que se conoce comúnmente como pensamiento lateral o pensamiento de segundo orden; tan importante en los sistemas educativos anglosajones, tan denostado en nuestra actual Europa.

Decíamos que las políticas expansivas a menudo se relacionan con objetivos inflacionarios, de crecimiento y productividad. Si bien la realidad es que ningún economista ha sido capaz de probar la benevolencia de la inflación, salvo para salvar a Estados y entidades en dificultades económicas a costa de socializar la pérdida de poder adquisitivo general del ahorrador, de crecimiento: la falacia de la demanda agregada –aquella proveniente de que los impulsos estatales funcionan como reactivador económico– ha sido puesta de manifiesto innumerables veces, o de productividad, que es básicamente un fenómeno que tiene que ver con la eficaz asignación del capital, no con la compra indiscriminada de bonos ni la monetización de la economía en su completo.

Usando el paradigma de la política ultraexpansiva actual (Japón), que es donde tenemos la mayor muestra de datos e información disponible hasta el día de hoy, podemos ver cómo la inflación sigue una clara tónica desde 1980: una curva de rendimientos decrecientes... que tiende a 0. Desde niveles del 8% hasta el 0,5% actual.

La productividad por hora trabajada ajustada por inflación y poder adquisitivo, según datos OCDE, ha aumentado desde 1980 desde los 20 dólares hasta los 40 actuales, un +100%, donde lleva estancada más de una década. Países como Alemania o EE UU se encuentran en la cota de los 65 dólares, desde la década de los ochenta un +295% y +185% respectivamente.

Por último, en cuanto al crecimiento, el PIB japonés ha caído desde niveles de crecimiento del 4% hasta el nimio 0,80% actual. En el caso de Alemania, donde no se practicaba política monetaria expansiva hasta la formación del euro, los crecimientos han sido igualmente minúsculos.

En los anteriores párrafos, comprobamos cómo no tiene relación directa la política expansiva con la inflación o la productividad; en este último comprobamos cómo con políticas monetarias tan diferentes, las diferencias en el crecimiento pueden ser imperceptibles. ¿Qué se nos escapa? Será más fácil de comprobar el crecimiento entre países que han utilizado la misma política monetaria, pero diferentes reformas estructurales. Por ello, el siguiente caso a analizar será el de Irlanda, que vive en el mismo entorno monetario que Alemania, pero ha realizado otro tipo de reformas: en detrimento de la hipertrofia estatal y a favor de la liberalización de sectores. ¿El resultado? En 1980 el PIB per cápita se situaba muy por debajo de ambos países, en torno a los 17.800 dólares en comparación con los 26.000 dólares de Alemania o los 28.000 dólares de Japón. En el año 1997 y 1998 consiguió superar a ambas economías, respectivamente.

En la actualidad, se sitúa a 30.000 dólares de distancia respecto del japonés, alrededor de los 78.000 dólares, frente los escasos 48.800 de este y, donde lleva estancado la friolera de 15 años, cuando ya rondaba los 41.000.

Ante esta tesitura, donde la renta fija gubernamental y corporativa viven al calor del condicionamiento ultraexpansivo monetario, ajenos de los factores básicos que permiten a un ente ser solvente y pagar sus deudas, – crecimiento, productividad o inflación en detrimento del ahorrador – y que sabemos que esta última no puede por sí sola ser una aproximación ni mejorar significativamente a los anteriores, nos vemos obligados a no participar de este mercado. Dicho de otra manera: ante la exuberancia, cordura.

Se nos plantea entonces un panorama complejo, con no demasiadas opciones (3) con las que gestionar nuestras carteras, y con efectos de cola importantes en varias (2) de ellas, según nos situemos en una u otra. A saber:

1. Sumisión: Caer ante la panacea del banco central, que nos dice que el riesgo no existe y, por tanto, tampoco la rentabilidad. “Pase lo que pase, lo terminaré incluyendo en mi balance”. Comprar todo, y en especial, renta fija pública. Mientras la música siga sonando, la fiesta continuará y la rentabilidad del fondo quedará bajo la dependencia de constantes entradas de nuevo dinero real en deuda, como ha sucedido en el año, con entradas de más de 7 billones de dólares en ETFs de renta fija.

2. Rebelión: luchar contra el banco central, ya que, el riesgo existe y la rentabilidad de los bonos tiende inexorablemente a poner en precio este hecho. No comprar nada, vender las curvas de aquellos países con mayor riesgo crediticio e inestabilidad política/presupuestaría. Tiene sentido… pero puede que por el camino te arruines.

3. Escepticismo y observación: no creernos nada de lo que está sucediendo. Calma y sangre fría: comprar deuda pública no tiene sentido porque el riesgo es real y luchar contra los bancos centrales es muy peligroso (en especial para un cliente conservador). Ante esto tenemos la obligación ética y moral con nuestros partícipes de mantener altos porcentajes de liquidez y aprovechar coyunturas de estrés en emisiones de alta calidad para sentarnos sobre ellas, sin exponer nuestro patrimonio a la sumisión ni a la rebelión.

Por tanto, la estrategia de sumisión es tanto como aceptar que el modelo de negocio de Madoff era viable; tu rentabilidad futura depende de la entrada de nuevo dinero como condición sine qua non. Seguir la rebelión como modelo de gestión en un entorno como el actual, sería tanto como aceptar la evasión de impuestos como forma de elevar la rentabilidad de una inversión; es posible que ganes mucho dinero, pero seguramente acabes en la cárcel. Y por último, nos queda ser pacientes y observar hasta que llegue el momento oportuno. Porque a pesar de que muchos no contemplen esta opción, no actuar es también una acción, y en determinadas circunstancias extremas de mercado, es la única viable.

 Thor Vega es Analista de inversiones de Gesconsult