La única amenaza para la prosperidad americana

La política comercial de Trump es el decisivo factor que puede restar fortaleza a la economía

Donald Trump y Jerome Powell
Donald Trump y Jerome Powell

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal (FED) y Donald Trump no se entienden. Entre la bajada de tipos de interés de finales de julio de este año y la reciente de mediados de septiembre –en ambos casos un recorte de 0,25% dejando los tipos, hoy, en el intervalo 1,75% y el 2%– median 50 tuits de Trump en los que llama a Powell de todo, menos bonito. El presidente de EE UU quiere una fuerte bajada de tipos para estimular el consumo de los hogares y la inversión empresarial, como si estuviéramos al borde de una recesión. Pero no es así, al menos en Estados Unidos.

Powell toma decisiones conforme los datos económicos llegan y sus economistas los analizan dibujando escenarios. Por este motivo, la FED dijo en su comunicado, tras su última bajada de tipos, que “aunque no veía motivos para bajar más los tipos –o hacerlo de nuevo en el futuro inmediato– no dudaría en bajarlos si la situación económica lo requiriese”. Para un economista, es una visión técnica, pragmática y realista. No es así para un político en el poder que busca la reelección y pretende remover cualquier potencial obstáculo. Si la situación económica se deteriorara y, en 2020 hubiese recesión económica en América, los demócratas que aspiran a ser presidentes en las elecciones de noviembre de ese año tendrían argumentos más fuertes con los que atacar a Trump.

Hoy, los candidatos demócratas no pueden derrotar al presidente en el frente económico –que es lo que más importa a los estadounidenses, cuyo consumo constituye dos tercios del PIB– y lo hacen en cuestiones sociales, raciales, sanidad, desigualdades, cambio climático, etc. Pero si la economía fuese a peor, el discurso demócrata dispondría de artillería pesada con la que atacar a Trump: hoy, el presidente suspende ante la opinión pública, pero en la gestión de la economía su saldo es positivo, mayoritariamente entre republicanos, pero también entre demócratas e independientes.

Más allá del enfrentamiento entre Powell y Trump, están los datos. Está el fuerte consumo de los hogares (+5,2%), el bajo desempleo (3,7%), la estable creación de empleo mensual (190.000 cada mes en 2018, 156.000 en 2019), la favorable evolución de los mercados de valores que, si removemos de la ecuación las subidas y bajadas puntuales, mantienen un perfil estable, con un crecimiento medio de los principales índices bursátiles (Dow Jones, SP-500 y Nasdaq) del 15%-19% en 2019.

El 18 de septiembre de 2019, tras al anuncio de la bajada de tipos de la FED, los mercados no se movieron: Powell no adelantaba nuevos recortes, excepto en caso de necesidad. En cambio, se han movido a la baja el 23 de septiembre, cuando el acuerdo comercial entre EEUU y China se aleja en el horizonte. De hecho, Powell, en su rueda de prensa tras la bajada de tipos, insinuó que el único motivo de preocupación para la economía es la volatilidad de las negociaciones comerciales entre Trump y el premier chino, Xi-Jinping: un día parecen concretarse y otro, al contrario.

China, con su milenaria “paciencia”, aparenta querer acuerdos puntuales y Trump desea un acuerdo global. La consecuencia ha sido otro frenazo en las negociaciones, y los inversores, ante la inseguridad, han hecho caja en todo el mundo. Esa es la historia del mes de agosto, el más volátil para la Bolsa americana desde 1987. La rentabilidad de los bonos del Tesoro cada vez es más atractiva, tanto a diez años como a tres meses, y aunque la curva de rendimiento favorece el corto plazo (signo que anticipó las cinco recesiones previas en EEUU), lo cierto es que el diferencial entre el largo y el corto se está cerrando. El oro sigue acumulando ganancias y el precio del barril de petróleo Brent aumenta el 0,3%, hasta los 63 dólares. La inflación estadounidense está controlada hace años, gracias a su independencia energética: hace cinco que Estados Unidos consiguió convertirse en el primer productor de crudo y gas natural del mundo. Nixon prometió independencia energética en 1972 y Obama lo consiguió en 2015.

Para América es un gran alivio no depender del crudo de Arabia Saudí o, peor aún, del iraní. El ataque a las instalaciones petrolíferas saudíes, presuntamente perpetradas por Irán en respuesta a las sanciones económicas norteamericanas, afecta negativamente al 50% de su extracción y producción de petróleo. Arabia Saudí está comprando crudo para mantener sus exportaciones. Desde Yemen –donde hay cuatro guerras civiles al mismo tiempo, en las que, directa e indirectamente, Irán y Arabia Saudí están implicadas– avisan que habrá nuevos ataques iraníes a los saudíes. Todavía resulta increíble que Arabia Saudí, que invierte en defensa una parte muy importante de su PIB, no detectara a tiempo los ataques con drones. Y su principal proveedor es Estados Unidos, como lo es de Israel.

En definitiva, los norteamericanos no tienen que hacer colas durante horas para llenar el tanque de gasolina. Tienen de sobra en suelo patrio. Con mucho empleo y mejores salarios, los norteamericanos gastan/consumen mucho y, además, ahorran mucho. Resulta increíble, pero les da para todo. La tasa de ahorro, en 2018 (respecto a 2017) aumentó 18%. Y, al mismo tiempo, el consumo (+5,6%) impulsó el PIB frente a la cautela empresarial para invertir (+7,8%). En 2019, la tasa de ahorro es el 8,2%, superior a la previa a la Gran Recesión de 2007-2009.

Con estos datos, un único factor pone en peligro la economía americana: la política comercial de Trump.

Jorge Díaz Cardiel es Socio Director Advice Strategic Consultants. Autor de ‘Hillary vs Trump’, ‘Trump año uno’, ‘Trump año de trueno y complacencia