Mitología de la economía sin Gobierno

Lo mejor para la actividad sería una gran coalición estilo alemán o pactos políticos para reformas consensuadas

Mitología de la
economía sin Gobierno

No me atrevo a valorar qué efectos económicos puede tener que ayer no se lograra formar Gobierno, pero tal vez es interesante analizar en qué situación queda la economía española y qué alternativas podrían haberse producido o producirse en el futuro. Se prodigan las bromas que sugieren que la economía va mejor cuando no hay Gobierno, cuando este está en funciones o entre convocatorias electorales. Forma parte de una idea general de que existe una inercia que permite el funcionamiento económico de un país y que, incluso, reduce la confrontación y dificulta que haya desviaciones presupuestarias. Esta es una hipótesis que puede encontrar alguna evidencia ocasional y sobre la que se discutió ampliamente cuando Bélgica estuvo más de 500 días sin gobierno y, sin embargo, mejoró en un amplio espectro de indicadores macroeconómicos.

 La base institucional permite (menos mal) que las cosas sigan funcionando a pesar de que existan bloqueos políticos. Pero es precisamente esa base la que se deteriora cuando no hay un Gobierno activo y augura un largo plazo más oscuro. El armazón de un país tiene una resistencia limitada y debe transformarse acorde con los cambios en el entorno. Bélgica, mitos de automatismo aparte, enfrenta problemas que se agravaron precisamente por no tener un Gobierno que pudiera presentar reformas y que pueden tener un impacto negativo en pocos años. Por ejemplo, contar con una deuda pública más elevada.

Sin embargo, el ejemplo tal vez más claro de oxidación silenciosa es el de Italia. Se trata de uno de los países europeos en los que ha habido más inestabilidad política y recurrente alternancia entre partidos. Italia se engancha a los ciclos de crecimiento de la eurozona. Es una economía abierta y con cierto peso poblacional y estructural. Eso sí, ese enganche se produce con notable debilidad e incapacidad para superar pírricas tasas de crecimiento o, en la mayoría de las ocasiones, un estancamiento que parece secular. La razón fundamental es que el italiano es un caso de fuerte resistencia a las reformas por imposibilidad de acuerdos políticos. Algunos culpan a un sistema electoral tan abierto que dificulta enormemente conformar mayorías, aunque sea mediante coalición. Hoy por hoy, entretenidos como andamos con guerras comerciales intermitentes, tensiones en torno a la energía y en proceso de reconstitución de instituciones políticas europeas, se habla poco del tema, pero el italiano es un caso enormemente preocupante y, de hecho, su Ejecutivo actual mantiene un pulso con Bruselas en relación a los ajustes que son necesarios para que los desequilibrios de su economía no se desboquen.

De vuelta a España, vivimos en la contradicción económica de desear coaliciones entre el desdén por el rival. La alternativa que se ha intentado fraguar estos días trataba de conformar un Gobierno de izquierdas, pero ha fracasado. Tal vez los matices que introducía esa posible coalición no eran del gusto de mercados e instituciones europeas porque señalizaban una posible tendencia a un mayor gasto y a decisiones institucionales más heterodoxas. A un Gobierno en minoría que ya contaba con dificultades lógicas para sacar adelante propuestas con consenso, esa nueva configuración podría no haberle favorecido. También podría opinarse que, de haber cuajado esa coalición, el nuevo Gobierno hubiera echado a andar y se hubiera enfrentado a su realidad, de modo que aquellos a favor y en contra de él y, sobre todo, los que se mantienen en un territorio de dudas, podrían haber evaluado sus acciones a pleno rendimiento.

Tal vez la asociación que mejor hubiera venido a España desde el punto de vista económico –y la más irreal desde el político– es esa gran coalición de la que tanto se ha hablado, al estilo alemán. Lo que ocurre es que en Alemania existen consensos respecto a temas como gasto, deuda, inflación y política industrial que en España no se observan. En todo caso, sería un enorme paso para modernizar el edificio institucional patrio el que pudieran aprobarse por parte de los grandes partidos (y todos los que quisieran sumarse) reformas sobre las que podría alcanzarse un consenso, salvo que lo que se haya venido diciendo se haya hecho con la boca pequeña. Entre ellas, estaría –precisamente para evitar un impasse disfuncional como el actual– una reforma electoral. Podría sumarse también, una reforma que reforzara la independencia de los órganos de justicia respecto a los poderes políticos, una simplificación de la estructura administrativa, una estrategia común de digitalización e innovación o una política de reducción de emisiones contaminantes transversal territorialmente. Cierto es que en todos estos aspectos no existe hoy en día un consenso, pero podría llegarse. Al menos, en algunos de ellos. Los pactos que se han firmado contingentemente a dos en algunas ocasiones lo han revelado y han mostrado conjuntos de intersección que podrían valer igualmente para tres partidos e, incluso, para cuatro. Suficiente para que el país avance antes de iniciar otra contienda electoral.

La alternativa final con la que quedamos, en todo caso, es la de un Gobierno en funciones y en franca minoría que enfrenta, en el camino hasta los nuevos comicios, desafíos territoriales considerables y un entorno internacional inestable en lo comercial y en lo energético, sin olvidar el Brexit. Entre tanto, sin nuevos presupuestos y con un número importante de proyectos por concretarse. No se nota hoy, pero mañana sí.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de CUNEF y Director de Estudios Financieros de Funcas

Normas