Manolo Millares, una vida en dibujos

Más de un centenar de obras del artista canario reflejan su biografía en una muestra de la Fundación Botín

Un visitante observa la obra 'Homúnculos' (1964) de Manolo Millares.
Un visitante observa la obra 'Homúnculos' (1964) de Manolo Millares.

Se percibe. En 1969, el artista canario Manolo Millares (Las Palmas, 1926 - Madrid, 1972) decide hacer un viaje por el Sáhara junto con Elvireta Escobio, su mujer, y unos amigos. Allí encuentra la luz, los espacios abiertos, los restos de animales en la arena que, sin querer, le devuelven a su sueño de la infancia de ser arqueólogo. Y en el Centro Botín, la transición entre las pinturas recargadas de negro y rojo de la tercera sala y las de la cuarta, cargadas de iluminación, dejan notar este hecho como si fuese el mismo Millares, vestido de blanco como en sus últimos años, quien explicara cada evento importante de su vida.

Hasta el próximo 15 de septiembre, el centro exhibirá en El grito silencioso. Manolo Millares en papel un centenar de obras de su pintura en este formato, de las que aproximadamente la mitad nunca se han mostrado ante el gran público (8€ para visitantes, gratis para quienes presenten del Pase cántabro, disponible para empadronados o nacidos en la región). "Se dice que la última etapa de mi padre es la etapa de la luz, pero a mí me parece más potente que la etapa oscura. En realidad, es la etapa de la ceniza, de cuando ya no queda nada", explicó ayer Coro Millares, hija del pintor.

"Hemos querido que la muestra fuera total y absoluta. Porque Millares dibujó siempre, intensamente. Buscábamos al artista que representara mejor la pintura sobre el papel, y en mi opinión Millares es el mejor de la segunda mitad del siglo XX", comentó también sobre el sentido total y biográfico de una muestra que, para la comisaria María José Salazar, no se puede deslindar de las obras del artista en otros soportes como la arpillera. Algunas producciones, contó Salazar, salen de museos como el Reina Sofía; otras, llegan desde un archivo familiar que aún se está terminando de catalogar; y un tercer grupo, las que más costó localizar, sus obras de juventud, proceden de fondos particulares en Canarias. Es el caso de las manos y los autorretratos que abren la primera sala: dibujos de un joven pintor que adiestra su pulso en un soporte, el papel, considerado menor por todos en España precisamente hasta la llegada de artistas como él. La exposición, centrada en este formato, busca subrayar el carácter rompedor del retorno a la base: una gran hoja en blanco y la mano alzada. "Detrás de un gran artista abstracto siempre hay un excelente dibujante. Mi padre nunca abandonó del todo la pintura figurativa, no solo por la técnica, sino porque decía que tenía algo profundamente humano", aclaró la propia Coro Millares sobre este interés de su padre por los fundamentos más elementales.

Con los años, la obra del canario se volvió un grito contra su realidad: la Guerra Civil de su infancia, la II Guerra Mundial de su adolescencia. Un mundo roto. Adscrito, por generación, a la escuela de los informalistas, el nombre de Millares comienza a hacerse conocido a partir de los años 50, cuando los tecnócratas del Gobierno de Franco entienden que su pintura y la de algunos de sus coetáneos como el recientemente fallecido Martín Chirino, que se miraban en el reflejo de pintores como Miró o Dubuffet, podía servir de instrumento para mostrar una cara más moderna del régimen. Millares no se dejó seducir. En el 55 se instala en Madrid, desde donde viaja (produjo menos entre los años 59 y 63), funda el grupo El Paso, entra en contacto con el formalismo europeo y el expresionismo abstracto americano y, finalmente, tras largos años de investigación y búsqueda, el artista halla su propio lenguaje: "En el 64 Millares emprende un camino personal. A través de la tinta china expresa lo que siente. Es un luchador, libre, intransigente, disconforme con la sociedad de su momento. Son obras fuertes, valientes, enraizadas en su verdad. Esa fuerza transmiten las líneas de la tercera sala. Negros que impregnan rojos", analizó Salazar.

Obra sin título de Manolo Millares.
Obra sin título de Manolo Millares.

Son los años, por ejemplo, de los Homúnculos, reflejos de todo un mundo interior atormentado, así como de obras donde la denuncia social se deja notar con más claridad: curas aterradores y escenas de Mussolini y su amante Clara Petacci colgados boca abajo en mitad de Roma. Después, el viaje al Sáhara, un cáncer cerebral del que no quiso saber nada ("Si me voy a morir y me lo decís, me muero en ese mismo momento", había dicho a su familia) y una muerte que llegó demasiado pronto.

Millares falleció joven, a los 46 años. A pesar de ello, su modo de producir, casi obsesivo, arroja una producción pictórica de más de 500 obras y un número de producciones en papel que aún está por determinar. "Es un caso curioso. Es como si, de algún modo, supiera que no iba a tener demasiado tiempo y se hubiera dado prisa", explica Antonio de la Torre, autor de un catálogo. Y en cada obra de su producción, una protesta: "Mi madre comentaba que nunca fue un guerrillero, pero sí que lo fue entre las paredes de su estudio. Nunca abandonó la denuncia social", terminó de explicar la hija del artista.

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