Gas licuado, el patito feo que se convirtió en cisne

Puede ser parte de la solución en aquellas zonas donde no llega la red de gas natural

Gas licuado, el patito feo que se convirtió en cisne

En todos los numerosos debates que tienen lugar actualmente sobre la transición energética, existe siempre consenso en el destino final de nuestro viaje, en el año 2050 debemos encontrarnos en una economía descarbonizada.

Sin embargo, el camino para llegar allí dista de estar claro y de tener un consenso. Numerosas preguntas siguen sin respuesta clara aún, por mencionar algunas: ¿cuál será el impacto económico y social de la transición energética para los consumidores y las empresas?, ¿cómo podemos aprovechar todas las infraestructuras energéticas que estamos pagando (y de las que queda aún bastante por pagar)?, ¿cómo aprovechar todos los equipos de consumo que tenemos hoy instalados?, ¿cómo mitigar la intermitencia natural de las fuentes renovables?, ¿quién pagará el coste del redimensionamiento de la infraestructura eléctrica necesaria en el horizonte 2050?, ¿cuáles son los problemas ambientales que afrontaremos asociados a un uso masivo de baterías?

Todas estas dudas, y sus posibles respuestas, explican muy bien la diversidad de opciones y ritmos posibles para efectuar el camino hasta la estación (en la que todos coincidimos en cuanto al objetivo) final.

En este contexto, creemos firmemente que en las zonas donde no llega la red de gas natural las soluciones basadas en el gas licuado (y biopropano en el futuro) deben ser necesariamente parte de la solución. Estas zonas, mayoritariamente de carácter rural, merecen toda nuestra consideración ya que son las grandes olvidadas. En lo que respecta a la energía, disponen de muchas menos alternativas que además suelen ser más contaminantes. Debemos hacer un esfuerzo para encontrar soluciones energéticas apropiadas para estas zonas y que, a su vez, también mejoren su calidad de vida. Algunas de ellas, como el caso del gas licuado, son muy fáciles de implementar y no requieren de inversiones previas en infraestructuras sino que se transportan fácilmente por camión y llegan a lugares de lo más remoto.

Y es aquí donde nos encontramos con la curiosa paradoja de que para muchas empresas energéticas tradicionales el gas licuado ha pasado de ser el patito feo al cisne dentro de su portafolio de productos. No es nuestro caso, pues hemos centrado nuestra actividad alrededor de este producto. Y esto es así por muchas razones, de las que queremos destacar tres.

En primer lugar porque es el sustituto más sencillo, directo y eficiente en cuanto a coste frente a los combustibles tradicionales sólidos y líquidos (carbón, fuel, gasóleo); aporta también una significativa reducción de emisiones eliminando prácticamente la emisión de partículas. Y también aumenta la eficiencia de los equipos de uso, que pueden ser convertidos en su mayoría al nuevo combustible de un modo sencillo y económico. A modo de ejemplo la sustitución de una caldera tradicional de gasóleo por una nueva de gas tiene asociado un aumento de la eficiencia directa de más del 20%, un porcentaje nada despreciable.

En segundo lugar, porque es el complemento lógico para todas las soluciones de energía renovables no continuas (como por ejemplo la solar, la eólica,). Es la manera más eficiente de almacenar una reserva de energía sin necesidad de usar las baterías eléctricas, que, como es bien sabido, adolecen de un incontable número de problemas.

Un sistema energético que estuviera basado únicamente en energías renovables y electrificación se enfrentaría a enormes retos para cuadrar producción y demanda. Si esto sucediera necesariamente habría que llevar a cabo inversiones masivas en soluciones de almacenamiento, existiría exceso de capacidad de producción en muchos momentos y habría la necesidad de aumentar drásticamente la capacidad de transmisión de las líneas eléctricas existentes, entre muchas otras medidas. En cambio, una solución basada en el gas junto con la energía solar térmica puede ser la solución ideal para muchos hogares y empresas, minimizando pérdidas. Como ejemplo, para calentar un litro de agua a 90 grados y mantener esa temperatura durante veinte minutos se necesita un 60% más de energía primaria si se hace con electricidad que si se hace con gas. Un diferencial de un 60% es muchísimo y contradictorio con el esfuerzo que se está haciendo a todos los niveles para reducir el consumo energético.

Y en tercer lugar porque puede jugar un rol básico en la descarbonización de la movilidad, responsable del 23% de las emisiones globales de CO2 en el mundo. Esto además permitiría una reducción drástica en emisiones de óxido nitroso, partículas finas y óxido de azufre, que, según un reciente estudio realizado en Alemania y publicado en la revista European Heart Journal, causan en la actualidad y solo en Europa casi 800.000 muertes prematuras al año. Este efecto se podría ampliar bien pronto al sector marítimo también, uno de los que contribuye más a las emisiones de CO2 a nivel global.

Pero la conversión definitiva del gas licuado de patito feo a cisne llega a su máximo con el biopropano, ahora todavía de carácter testimonial, pero con un gran papel en un futuro muy próximo. El biopropano tiene un origen totalmente renovable, permite exactamente las mismas aplicaciones que el gas licuado convencional y contribuye a la reducción de las emisiones de CO2 hasta en un 80%. Este es el futuro.

Xavier Martínez es director de operaciones de Primagas

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